-
Ella tenía un amante. Lo intuí. Al principio me dije que eran divagaciones, que los fantasmas que me atormentaban no eran otra cosa que mis propias
inseguridades. Mi obsesión por la mujer con la que estuve casado 15 años, mis
ansias desproporcionadas y el profético pavor de que me abandonara, de que una
tarde hiciera las valijas y sin explicaciones huyera con otro. El triste y
común desenlace al que le teme cualquier esposo devoto, cualquier hombre
profundamente enamorado.
-
Pero no fue así.
-
No. En parte, no.
-
¿Qué pasó, entonces?
-
No lo sé. Fue todo muy confuso.
-
¿Sabe quién es?
-
¿El otro tipo? Sí.
-
Dígame.
-
Eso no importa. Lo importante es lo que pasó.
-
Lo importante es a dónde está. ¿Usted lo sabe?
-
Está enterrada como un tesoro.
-
¿Dónde, Benítez? ¿Usted la enterró?
El
guardia abre la puerta de hierro.
-
Se acabó el tiempo - dice.
-
Estamos terminando - replico.
-
Ya pasaron cinco minutos. No tiene más tiempo. Por favor, firme el acta y
salga.
-
Abogado - Benítez se despide, intentando un torpe apretón de manos con las
esposas puestas.
-
Hasta el martes, Benítez.
Apoyo
el papel sobre el escritorio de madera oscura y maciza, y firmo debajo de mi
nombre. Abogado interviniente: Dr. Pablo Espina. Hago un garabato sobre la
inscripción. Luego, me dirijo hacia el sempiterno pasillo que comunica la
sala de interrogatorios con la oficina que antecede a la salida del penal. A un lado y al otro se filtran gritos, insultos,
golpes, estruendos metálicos, chicharras, pero no se puede ver más que dos
paredes descascaradas. Hay un aire denso en Olmos. Aún en la calle, puedo sentir el tufo del presidio impregnado en mi ropa. Busco las llaves del Taunus y lo pongo en marcha. Por hoy, es suficiente.
La
mañana se asoma tras los barrotes amurados delante del ventiluz que
está en la esquina izquierda de la sala, en donde me espera Benítez. El servicio penitenciario de La
Plata está frío, helado. El patio del penal estaba lleno de escarcha. El guardia escolta a mi cliente. Lo trae esposado hasta la sala, en donde lo aguardo. Benítez se sienta.
-
¿Cómo está? ¿Pudo dormir?
Hace una breve pausa.
-
Algo. La ansiedad me está matando.
-
Entiendo, le traje unos libros. Algunos clásicos, algo de
Poe, Kafka. ¿Usted es creyente? No sabía si traerle la
Biblia o no.
-
Sí, soy. ¿Podría comprarme tabaco? Lo que más me urge es fumar. Me
preocupan demasiado mis perros. ¿Alguien les da de comer? ¿Los
llevaron a una perrera?
-
No. El juzgado resolverá qué
hacer con ellos. Le averiguo. Mire, este proceso va a
ser difícil. Puedo traerle un par de atados, sí.
-
Se lo agradezco. Son infinitas las horas en la celda y en el patio no se
consiguen cigarrillos. Ya lo intenté, incluso con tres carceleros y
nada.
- A cambio de algo. Necesitamos
que coopere, usted y yo. Hoy nos dieron 20 minutos. Tiene que hablar, Benítez.
¿Dónde está el cuerpo de su mujer?
-
Ya le dije. Le di cristiana sepultura.
El
guardia va y viene por el pasillo. Se oyen sus pasos detrás de la puerta.
-
¡Privacidad, por favor! ¡Necesito dialogar a solas con mi cliente! - le
grito.
El
tipo refunfuña y se aleja.
-
¿Dónde estábamos?
-
Usted dirá.
-
Mire, Benítez, si no colabora se las va a tener que arreglar con un defensor
oficial. Se lo advierto. Me da algo sustancioso hoy o no me ve más. ¿Me
entiende? A usted se lo acusa de homicidio. ¿Le parece joda eso? ¿Dónde
está el cuerpo? ¿Dónde lo enterró? ¿¡Dónde!?
Me exaspero, elevo el volumen,
me irrito. El gran reloj circular colgado al centro de la pared que está a mi derecha
descuenta cada segundo. Las piernas de Benítez se agitan y marcan un ritmo
nervioso al chocar la suela de goma contra el piso de cemento.
Está inquieto.
Se acaricia la barbilla
mecánicamente. Tiene las manos gruesas como un ancho de
bastos, la boca levemente fruncida hacia abajo - como la Gioconda,
pero al revés-. La barba semicanosa apenas crecida. La frente
amplia: una avenida que se interconecta con dos túneles que conducen a una
pronunciada calvicie. El pelo que le queda por debajo de la coronilla es
castaño.
Me
mira fijo, pero no habla. Sus ojos son un impenetrable pantano cubierto de
moho, un enigma. Pudo haber sido un tipo fornido hace algunos
años. Ahora tiene los hombros vencidos como dos colgajos y un abultado
abdomen que lo mantiene inclinado siempre hacia adelante.
Luego
de la pausa, retoma el aliento:
- Cuando lo supe me sentí morir.
El alma se me fue toda del cuerpo. Fueron quince años de entrega total,
de pasión desmedida, de admiración, de éxtasis, de goce celestial. Ella
era mi amada, mi locura, mi corazón. Durante nuestro matrimonio sólo quise
complacerla. Me hice, por voluntad propia, su ciervo, su lacayo. ¿Cómo no iba a
enterrar a mi reina? -Llora, se angustia, respira para calmarse y sigue - Apenas puedo conciliar el
sueño por dos o tres horas. Tengo pesadillas. Despierto a los gritos. Me quedo
mirando el techo hasta que aclara. ¡Qué
injusticia, Dios mío! ¿Cómo pudo?
-
No lo sé. Son cosas que pasan. Las mujeres son impredecibles. ¿Usted la vio?
¿Cómo lo supo?
-
Fue ese día.
-
Cuénteme, ¿Qué recuerda?
-
No tanto. Caía una garúa
intermitente, molesta. Era uno de esos días en los que la humedad deja las calles desiertas. Llegué temprano, a eso de las tres. Las persianas del living estaban
cerradas. Entré a casa. Los perros ladraban con insistencia. La radio había quedado encendida sobre el
vajillero del comedor, una pieza de jazz, creo. Fui hasta la cocina, un par de platos sucios, ollas. Salí al jardín. Dos de los boxer se
estaban trenzando. Les tiré un baldazo de agua. Cuando se ponen rabiosos,
se muerden hasta lastimarse, mejor pararlos en seco. Pasé de nuevo por la
cocina. Seguí hasta el dormitorio. La encontré en la cama tendida boca
abajo. Estaba desnuda con el torso descubierto.
-
¿Había fallecido?
-
No.
-
Siga.
-
Intenté despertarla. No pude. Parecía inconsciente. La tomé de los brazos para
girarla. Un peso muerto. La cabeza se le inclinaba hacia atrás o hacia los
costados, según la moviera. Le quité las sábanas. Observé que no tuviera lesiones. Parecía que nadie la había forzado, pero emanaba de su vientre
un penetrante olor a sexo.
-
¿Olor a sexo?
-
Sí, a semen. Toqué, casi rozando, sus partes íntimas. Sobre el monte de Venus y
en la entrepierna, pude palpar un líquido viscoso, pegajoso. Tuve náuseas, quise
vomitar.
-
Entonces, ¿usted luego de presenciar el supuesto postcoito, entró en un cólera
bestial y la mató, y luego la enterró? - Apresuro.
-
No. No fue eso lo que pasó.
-
Entonces, ¿por qué no dice dónde está y nos dejamos de jugar a las
adivinanzas?
La
pesada puerta de hierro se abre. El guardia es un tipo robusto, no muy alto.
Con suerte pasa el metro setenta y cinco. Tiene un acento que no es de
acá. Podría ser de Misiones o de Formosa. Lleva el uniforme diario: pantalón gris y campera de nylon con el escudo celeste del servicio penitenciario bordado debajo del hombro izquierdo. Es un hombre de expresión adusta, de piel curtida, de ojos oscuros y fieros.
-
Doctor, es la hora. Tiene que firmar y retirarse.
-
Ya salgo - le advierto para que no se impaciente.
Tomo
mi atelier con los papeles para presentar en la mesa de entrada del juzgado
de turno. Delincuentes comunes, algún violador que otro, algún cadáver, lo
usual. Antes de irme, le digo:
-
Benítez, recuerde que el juez solicita que lo evalúe un equipo de peritos
psiquiatras para determinar si está usted hábil, antes de fijar fecha para elevar la causa a juicio. Lo mantengo informado. Hasta luego.
Camino
por el descascarado pasillo que conduce a la oficina que antecede a la salida
del penal. El guardia va adelante. Tiene los botines marrones desgastados,
sobre todo las suelas. Con una mezcla de reticencia y hastío, se da
vuelta y me dice:
-
Es un tipo raro.
No
respondo. No puedo hablar de mis clientes. Me despido.
Acomodo
el saco en el asiento trasero del auto. Abro la guantera para buscar un
casette. Me decido por Pescado Rabioso. La cinta está empezada. Va por la
mitad del lado B. "Y así verás lo triste y dulce que es vivir",
desafino. La ruta está despejada. Paso por el despacho. Una ristra de documentos. El microcentro es un caos, como de costumbre.
Llego
a casa pasadas las ocho. Los sonidos de la avenida
se cuelan a través del enorme ventanal del comedor, desde donde se ve
iluminada la noche de Retiro. La efervescencia de las vacaciones de invierno
hace latir una Buenos Aires vertiginosa. Aunque estoy en un octavo de paredes
anchas, las bocinas, las sirenas, los colectivos interrumpen cualquier
paz.
-
No paro de pensar en Benítez. Lo vi dos veces esta semana. Pocos avances. ¿Por
qué no habla este hijo de puta? El psiquiatra a cargo del peritaje es
Frömann. Parece un chiste - hago una mueca, una sonrisa mal lograda. Laura me
escucha atenta durante la cena- ¿Los chicos, bien? - cambio de tema. Son casi
las nueve y no sé ni dónde están mis hijos.
-
Sí, están en lo de mamá. ¿Te acordás que se quedan a pasar la noche ahí?
-
No, disculpame. Tengo la cabeza en cualquier lado.
-
¿Quién es Frömann?
-
Es el psiquiatra designado a cargo del peritaje en el
caso Benítez. Es un pelotudo. Una eminencia en criminología, pero un soberbio.
-
Bueno, al menos van avanzando. Esas son buenas noticias, ¿no? ¿Por qué es
un pelotudo?
-
Sí, no sé cuánto se está adelantando. Con el tipo tuve un altercado fuerte hace
un par de años. Me dijo que era un insolente porque pedí revisión de parte en varios de sus informes. Ya me había tragado un par de sapos y este imbécil me
fue a mojar la oreja. Me encaró entrando a Tribunales como si yo hubiera sido un
meritorio que cose expedientes en un
archivo. Casi terminamos a las trompadas.
-
¿Y cómo sigue esto ahora?
- Serán
dos sesiones. A lo sumo tres. Le van a hacer entrevistas, las van a grabar. Lo
habitual, desde el test de Rorschach en adelante. En fin, veremos qué pasa
mañana en la audiencia con el fiscal. Gracias por los canelones, estaban
exquisitos. Me voy a dormir, no doy más. - Me levanto, le doy un beso en la
frente. Llego al cuarto, no sé cómo, me quito la ropa y me acuesto. No duermo.
Al igual que Benítez, me quedo mirando el techo.
-
Pablo te quedaste frito- La voz de Laura me despierta.
-
¡No jodas! ¡La audiencia! - me froto los ojos, me quito las lagañas- ¿Qué hora
es?
-
Las ocho y media.
-
Anoche me desvelé. Recién me dormí como a las cuatro de la mañana.
Laura
va a la cocina a prepararme un café. Me visto rápido. El traje del día
anterior, una camisa planchada, los mocasines negros de
cuero, un cinturón negro cualquiera. Con el nudo de la corbata a medio
armar, me dirijo hacia el palier.
-
Si tomo el café no llego, amor. Desayuno después en el bar del gallego. Gracias -
Son
las once. La audiencia con el fiscal duró casi dos horas. Estoy yendo al
penal. El cielo está oscuro, renegrido. La lluvia revienta furiosa contra el
asfalto. Una mañana de chaparrones. El Camino General Belgrano está atascado por una procesión de autos que no se mueve. Un accidente a la altura
de la República de los Niños anuncia un locutor desde la emisora. Llego a Olmos más tarde de lo previsto.
-
Se están acercando, Benítez. Me dijeron que tienen un testigo. Un tal
Cárregas, un obrero portuario que asegura que vio a un hombre de sus
características enterrar un bulto de proporciones semejantes a las de un cuerpo
humano la madrugada del 4 de mayo en la costa del Paraná, cerca de Rosario.
¿Era usted? El fiscal es un sabueso viejo, la va a encontrar. Si los forenses
determinan que usted estuvo involucrado, nos van a reventar. Van a pedir que la
carátula sea homicidio agravado por el vínculo, seguido de sustracción del
cuerpo. Sumando la presión de la opinión pública, es perpetua más quince.
¿Escucha lo que le digo?, ¡Lo van a procesar con cuarenta años de reclusión! Es
mejor que hable conmigo, Benítez.
Él me
mira con furia. El guardia se asoma.
-
En 15 minutos, Doctor- Está ronco como si anoche se le hubiese ido la mano con el tinto.
-
Gracias.
-
No sé de qué 4 de mayo ni de qué Rosario habla - me increpa Benítez- Usted
cree que la maté. ¡Ya le dije que no!
- ¿Por
qué la oculta?
-
Para preservarla.
-
¿De qué?
-
Piensa - ¿Usted es casado?
-
Sí.
-
¿Ama a su mujer?
-
También.
-
Entonces, entiende.
-
No. Explíquese, por favor.
- Un esposo ferviente, que ama
con un afecto visceral que le sale como fuego de las entrañas es capaz de
cualquier cosa. Incluso, de perdonar. ¿Para qué quieren exhumarla?
- Piense en los próximos 40 años. Treinta y pico con suerte. ¿A quién protege? Mire, la verdad...
Esta muerta - Interrumpe-. Esa es la única
verdad. ¿Qué más quieren saber?
- ¿Cómo murió? ¿No quiere que se haga justicia?
- No me hable de justicia. La
Justicia es virtud de pocos. Quieren profanar su cuerpo, filtrar fotos, ver su cara en la tapa de los
policiales. ¡Me dan asco! - lanza con bronca un escupitajo al suelo- ¡No!
Yo no voy a engordarles el morbo. Está muerta. ¡Y a los muertos se los
respeta, carajo! - la voz se le quiebra.
El guardia anuncia que se acabó
el tiempo. La misma dinámica: me despido, firmo el acta y camino hacia la
salida del presidio. Regreso al despacho. Antes, paso por
el bar del Gallego que está en la esquina.
- Estoy famélico, Pepe.
Traeme un sándwich de milanesa y una Coca, por favor.
Como sentado en la barra.
Mastico, trago, hojeo el diario.
- Un negro salió campeón en
Wimbledon. No me sorprende, siempre fueron superiores. ¿Me traés
la cuenta, Gallego? Me rajo.
Ni bien pongo un pie en el estudio, el secretario me comunica que llamaron de Paraná. También de Alsina, varias veces. Parece que hay novedades.
-Está visto que los
muchachos nos quieren poner a laburar hoy – me dice en tono
jocoso-.
- ¿Ah, pero mirá qué
simpático que estás hoy, Salerno? Andate hasta Paraná y pedí que te pasen un
memo. Después pasá por Alsina, debe estar el resultado de la primera pericia.
Haceme el favor, ida y vuelta pata pata. Me quiero ir a casa temprano. Anoche
prácticamente no dormí.
Tomo el café doble que me quedó pendiente
desde la mañana, pero en lugar del espumoso del Gallego, me conformo con lo que quedó en la cafetera. Lo que bebo, mientras le pego un
tubazo a Laura, es un compuesto recalentado de petróleo y jugo de
caucho.
- Hola - contesta del otro lado
de la línea.
- Lau, soy yo. Llego más o menos
en una hora. ¿Paso por el almacén o tenés todo cocinado?
- Hoy cenamos en lo de
mamá. ¿Te acordás? Quedamos en que buscábamos a los chicos y comíamos
ahí.
- ¡Cierto! - La cara se me
transfigura. Lo único que me falta es terminar la jornada en lo de mi
suegra. ¡Tengo unas ganas de llegar a casa que no puedo más! - ¿Y si los dejamos hasta mañana? - sugiero con un ápice de esperanza.
- Imposible. Los jueves tiene
torneo de bridge. Además, no la vamos a
plantar. Conociéndola, nos espera con el peceto en el horno y la mesa
puesta - ríe. Te espero en lo de mamá a las siete y media.
- Ok, un beso - digo con
resignación y cuelgo.
Salerno llega con la frente
transpirada. Deja dos carpetas de tapa blanda sobre la mesa. Ambas están rotuladas
a máquina con el título "Caso Benítez". Las guardo en el
maletín.
- A domani, gente.
- Hasta mañana, Doctor - Salerno
y un pibe nuevo se despiden al unísono, en una suerte de canto gregoriano.
En la esquina de Suipacha y
Tucumán me encuentro con el Vasquito Ortíz. Tiene la misma cara de atorrante
que hace veinte años. No lo veo al menos desde hace dos.
- ¡¿Qué hacés,
Vasco?! ¿En qué andás?
- Bien, como
siempre -Sonríe y me da una palmada en el hombro -¿Estás para un cortado?
- No, te lo debo. Me rajo a casa a pegarme
una ducha. Mi mujer arregló para cenar en lo de mi suegra y vengo durmiendo
pésimo. O me despabilo o me desmayo sobre los ravioles. Una de dos. Pero, otro
día tomamos un whisky. ¿Te parece?
- ¡Cómo no! ¿Estás en la misma la oficina, sobre Viamonte?
- En la misma. Bueno, en la semana te llamo y arreglamos.
- Dale. Vos, ¿seguís en San Martín?
- Sí, en la fiscalía, como siempre.
- Dale, llamame viejo. - me despido.
Tengo la esperanza de que el
agua caliente me reanime, pero la ducha surte el efecto contrario. Me amodorra. Necesito lucidez para
seguir este caso. Dejé los documentos que me dio Salerno en la guantera. ¡No puedo ser tan gil! Los tendría que haber bajado. Salgo del baño con la toalla húmeda enroscada en la cintura. Me reclino en la cama matrimonial. Me adormezco y logro apenas unos instantes de felicidad, que son interrumpidos por el salchicha del vecino. Es un animal insoportable con un ladrido agudo como un alfiler. Me incorporo. No deberían admitir mascotas en los edificios. El pantalón de gabardina, el swetaer polera, el montogomery azul. El Polo que me regaló Laura en
nuestro último aniversario. Ascensor.
Blanta baja. Con un ademán saludo al encargado. Estaciono sobre la mano de
enfrente. Apago el auto. Son las siete. Quedé con
Laura en media hora.
Águeda, mi suegra, vive a unas treinta cuadras de casa. Una distancia prudente
como para mantener las relaciones familiares en orden. Con Aguedita, lo
mejor es hablar lo necesario, responder con cordialidad y guardar las formas. Llegar
antes sería de kamikaze.
Abro el maletín y leo: "Pericia final psiquiátrica sobre estado mental de Abelardo Benítez". Salto
las páginas iniciales en donde se detallan objetivos, técnica procedimental, antecedentes,
etc. Me detengo en las "Consideraciones finales". Leo
en voz alta, pronuncio cada palabra como si Benítez pudiera escucharla:
"El Dr.
Dieter Frömann ha redactado el contenido del presente con
imparcialidad y arreglo a su leal saber y entender, y conforme a los
principios de la Psiquiatría. Con todos los respetos al Tribunal que es
oportuno, se emite la siguiente conclusión:
Que en virtud de lo
evaluado, se considera que el Sr. Abelardo
Benítez está en condiciones mentales para proseguir a la instancia judicial
correspondiente, siendo éste hábil para responder con competencia ante un
Tribunal".
¡Me cago en su
madre! ¿Cuándo cambió la metodología? ¡Siempre fueron dos o tres
sesiones! ¡Este viejo cerró la instrucción a los pedos! Estoy furioso. Bajo del auto dando un portazo. Cruzo la calle y
camino hasta el edificio. Toco el portero, atiende Laura. Subo al
sexto. Mi mujer me abre y me saluda con un "¿Qué tal el día?", al
pasar.
- Nada, todo bárbaro - contesto
con la ironía que me desborda.
- ¿Qué pasó?
- Después te
cuento.
Cuelgo el abrigo en el perchero
del hall y abandono el portafolio sobre el recibidor de nogal que está debajo.
La mesa está servida. La cristalería reluce, la porcelana brilla. Laura y
Águeda conversan en la cocina.
- ¿Qué andan cuchicheando,
ustedes dos? Bromeo, al tiempo que me acerco a saludar a la dueña de
casa.
- Lo de siempre,
querido. ¡Que estás más barrigón! - Me devuelve mi suegra. La satisfacción
por un triunfo parcial se avecina como una Navidad en sus ojos de
vizcacha.
- Mejor me voy a sentar con los
chicos, antes de que me conviertan en sapo - le
regreso.
- Vaya con Dios,
m'hijo. Laura, descorchá un vino y atendé a tu
marido. Enseguida los acompaño.
El tono imperativo con el que se
dirige a su hija todavía me causa gracia. Le habla como si fuera una extensión
de sí misma, un apéndice. Laura lo sufre. A mí me divierte. Es una viuda de
ideas díscolas y de costumbres arraigadas a una tradición conservadora que se
erige sobre tres peldaños inmutables: familia, patria y religión.
Marcos y Tomás, uno a cada lado, picotean una rodaja de pan. Están excitadísimos porque su abuela los
llevó al teatro a ver a Carlitos Balá. Yo los escucho como puedo, con la poca
antena que me queda y comento:
- ¡Espectacular! ¿Le
dijeron gracias a Mamama?
Su
abuela se acerca a la mesa con una fuente de papas crocantes y una carne asada
que parece hecha por Doña Petrona.
-
Una pintura, Águeda- la elogio.
Sirve.
Se sienta a la cabecera. Se persigna.
-
Gracias, Dios mío, por los alimentos diarios. Te pido que bendigas a esta
familia y que descanse en tu gloria mi difunto marido, el Coronel Guillermo
Gowland. Amén. – vuelve a persignarse y da la señal para empezar a comer.
-
Contanos, Pablo. ¿Cómo va el trabajo? – me pregunta con el tenedor suspendido
en el aire.
-
Días difíciles. Estoy llevando un caso complicado. Prefiero no hablar adelante
de los chicos. Es demasiado siniestro.
-
Cuando Pablo se pone a hablar del laburo no para - dice Laura.
-
Me crucé con un compañero de la facultad. El Vasco Ortíz, un personaje.
Coincidimos en varias materias. La primera que preparamos fue Derecho Privado.
"Bolilla 35, Espina". No me olvido más. ¡Qué manera de pasarla
mal! Tengo anécdotas entrañables de esos tiempos con el Vasquito. Cada tanto me lo encuentro por el microcentro. Se casó con una conocida de
Laura, una nariz parada de apellido compuesto. ¿García González, era?
-
Teté González del Solar - aclara mi esposa.
-
¡Cierto! Cuente usted, Águeda, ¿Qué tal la función?
Habla.
Comenta algo gracioso. Los chicos se retuercen a carcajadas. Me cuentan que comieron maní con chocolate. Yo esbozo una
sonrisa pero dejo de escucharlos. Oigo sonidos inarticulados. La idea de
Benítez se instala en mi mente como el juego de living de una recién
casada. Mañana voy a tener que volver al penal. Los tiempos se están acortando,
y nada.
- La
segunda copa estuvo de más. Me dio un sueño bárbaro. ¿Lau, emprendemos retirada?
- le digo apenas terminamos el flan con crema.
Ella
asiente. Tomo agua para despabilarme y manejar hasta casa. Marcos y Tomás se
quedaron dormidos en el asiento trasero y Laura cabecea en el semáforo.
-
Llegamos. Hay que bajar a los chicos - la despierto.
¡Qué
largo fue este día! La caldera del edificio funciona cada vez peor. Acuesto a
mis hijos con una frazada extra, bajo las persianas y apoyo el
montgomery sobre el sillón capitoné, ya en mi dormitorio. Laura se quedó
rendida en la cama. Debería leer el otro informe, el de la fiscalía, pero prefiero revisarlo
mañana a primera hora. Es importante que pueda estar fresco para reparar en los
pormenores.
- ¿Qué
hacés, Pablo? Son las cuatro de la madrugada. Vení a acostarte, ¿querés? -
me dice mi mujer, asomando el torso por la puerta entreabierta del comedor diario. Yo
tomo un té con la rob de chambre puesta como si fueran las 10 de la
mañana de un domingo. Sobre la mesa está el portafolio con el reporte de la
fiscalía. Las novedades son buenas. Vuelvo a la cama.
Amanezco
con las piernas de Marcos haciéndome una toma de judo a la altura de la
cervical. Por suerte, en
vacaciones todos siguen de largo hasta pasadas las nueve y este año no coinciden con la
feria. Son las siete y pico. Me visto y conduzco al penal.
-
Buen día, Benítez. Le traigo noticias. Hallaron el cuerpo en el predio a
orillas del Paraná. Se trata de un individuo de sexo masculino, de unos 50
años. El parte forense indica que por el tipo las laceraciones que presenta el
cadáver, podría tratarse de un ajuste de cuentas, de un servicio. Algo
profesional. El fiscal desestimó la línea que lo vincula a su
causa.
-
Se lo dije, doctor. Una pérdida de tiempo.
-
Hay más. Van a llevarlo a juicio. La pericia del Dr. Frömann determinó que
usted está en condiciones de comparecer ante un tribunal. Se están
moviendo rápido.
-
No me sorprende.
-
¿Qué hizo la tarde del 30 de abril? - Benítez examina mi corbata estilo escocés
como si fuera un tablero y él un ajedrecista.
- Los
perros no me dejan dormir. Incluso con los fármacos no
consigo pegar un ojo. Escucho ladridos. No me dan tregua. Los escucho
infatigables, hasta la hora de salir al patio. Luego, ya no
los oigo hasta la noche. ¿Sabe algo de mis boxers? ¿Averiguó quién
los alimenta?
-
Aún no. ¿Qué hizo la tarde que murió su esposa? - insisto-. Quiero que
recuerde, que piense en los detalles.
- Entiendo, doctor. Vea, me cuesta concentrarme en los detalles. Me ponen
nervioso. Leí los libros que me trajo. Creo que "El corazón delator"
es algo ingenuo. Un hombre que planea un crimen minuciosamente y que una
vez que lo ha ejecutado, acaba delatándose a sí mismo... Es una idea
romántica, casi de justicia poética. ¿No le parece? - No
respondo-. ¿Podría traerme alguna otra antología y unos cinco o seis
atados? Adentro del presidio los días son desoladores. Ya se lo dije, el tabaco es lo único
que me calma.
-
Si me permite, quizás, con esto le refresco la memoria -digo con sarcasmo,
mientras retiro del atelier una copia de la denuncia policial que realizó
Benítez el 5 de mayo pasado.
Una
cortina de luz nos divide. Él me observa desde la silla que está detrás del escritorio. Me observa desde la sombría sala de interrogatorios de siempre, que
parece ahora un espacio más frío. Benítez tiene las piernas cruzadas,
refractarias. No quiere cooperar.
-
"En el Destacamento de Villa Devoto, ubicado en la calle José Cubas
4128, siendo las cinco y veintitrés de la madrugada del 5 de mayo (...)"
-Leo.
-
No hace falta.
Levanto
la vista del papel- Muy bien, ¿con quién estuvo la tarde del 30 de abril?
- Benítez hace silencio-
Continúo
con prisa- "(...) el suscrito encargado de la oficina de
Investigación Criminal toma constancia de la declaración del Sr. Abelardo
Benítez, de nacionalidad argentino, con Documento Nacional de Identidad -omito
los números-, domiciliado en la calle Tinogasta -vuelvo a omitir la
numeración-, de profesión arquitecto, de 44 años, de estado civil
casado, con Doña Elena Sofía Carrizo, en donde expresa ante las autoridades
presentes (...)".
-
No hace falta, doctor. - reitera enfadado.
-
Prosigo con la firme intención de ofuscarlo- "(...) que: la
tarde del 30 de abril, aproximadamente a las quince horas, llegó a su casa y
encontró a su esposa inconsciente; que intentó comunicarse vía telefónica con el sistema médico de emergencias, pero que las líneas estaban ligadas; que se dirigió en su coche con suma urgencia hacia el
Hospital Zubizarreta en busca de personal de salud; que chocaron su automóvil a la altura de Cervantes
al 2000 (...). ¿Hay algún testigo del accidente? - pregunto. No
contesta. Sigo- "(...) que el otro conductor se dio a la fuga; que
debido al siniestro, presenta contusiones en el rostro; que regresó a pie; que lo dicho anteriormente transcurrió entre las 15:15 y las 17:30 horas;
que al ingresar a su domicilio se dirigió a su habitación en donde encontró
a su esposa ya fallecida; y que la noche del 4 de mayo le dio sepultura, no queriendo manifestar en dónde ni a qué hora". -
Doy por terminada la lectura y guardo el duplicado del acta en el
maletín- ¿Cuatro días después la enterró?
Benítez
se entrelaza las manos con fuerza. Se hace crujir los nudillos.
-
Nos corre el tiempo. Tic- toc. ¿Qué pasó exactamente entre las 15:15
y las 17:30 horas del 30 de abril? Le estoy dando la oportunidad de redimirse,
hable.
- El
impacto entró por el costado, violento. El auto hizo
medio giro y se deslizó por Cervantes hasta el cordón. Escuché una explosión. Y, otra. Un hilo de sangre me cayó por la nariz. Me sentí aturdido, mareado. Tenía .
Apenas me recompuse, salí del coche. Noté
que habían estallado dos cubiertas. Grité, pedí auxilio. Nadie. La calle
estaba desolada. Regresé a casa lo más rápido que
pude pero ya estaba muerta-. Los ojos de Benítez
están cargados de lágrimas. Se detiene.
-
Continúe, por favor.
-
La observé. Había algo de placidez en su rostro, una expresión de alivio. Estaba hermosa con toda su vida postrada ante mí, con toda la victoria de
su muerte - Escucho el relato de Benítez anonadado, con la razonable duda sobre la veracidad de la historia. Benítez sobrevuela, divaga, ronda la carne, esquiva el hueso- Tenía la piel transparente, diáfana como el mármol de La Piedad. El cabello rubio y ondulado caía encima de la almohada, y tenía la gracia divina de un
ángel silencioso. Recé. Lloré sin horizonte, sin
consuelo. Sus ojos tenían esa tarde el color de la tierra
cuando llueve en el campo. Tuve que cerrarlos. Entonces, supe que tenía que guardar sus restos para que pudiera
descansar en paz.
- No
logro comprender, Benítez. ¿Por qué la sepultó antes de reportar el
fallecimiento?
- La
muerte de Elena fue todo, lo ocupó todo en esa larga noche de tres o cuatro
soles que me arrancó el corazón. No dejó espacio para ningún otro dolor o
anhelo o sentimiento. Lo único que importaba era que había muerto.
- ¿Y
su buen nombre?
-
No, si es a costa de su memoria. Lo perdí todo, ¿por qué habría de
importarme la reputación?
-
Usted dijo que el 30 de abril llegó a su casa y encontró a su mujer inconsciente. También, aseveró que ella tenía una relación extramatrimonial y
que esa tarde había estado con su amante. Es la coartada perfecta, ¿no le parece?
- Entenderá que no quiera hacerlo público.
- ¿Por cuánto tiempo cree que puede mantenerse el hermetismo? Crimen pasional es la hipótesis más obvia. Una vez que la historia llegue a la prensa, y le aseguro que no falta mucho, se va imprimir en todos los titulares. Usted lo sabe, es un hombre listo, las redacciones son monstruos que se alimentan de escándalos. Cuanto más truculento es el asunto, más cobertura le dan. ¿Qué sabe del tipo?, ¿Quién es?
- No sé nada. Tampoco quiero saber.
El
centro del miedo se disgrega. La amenaza está en decir. No dice, prefiere el confinamiento. La sombra que proyecta la figura de uno de los guardias se cuela por la rendija de la puerta, anticipando el mensaje. El guardia vocifera algo y da dos golpes como de cachiporra. El fragor indica que debo retirarme.
-
Por favor, ocúpese de mis perros – Suplica Benítez. Asiento.
El
vigilante ingresa para que firme el acta. No es el sujeto de siempre, pero
mantiene la misma actitud hostil que su compañero.
-
Aquí. - Señala con el índice, sobre la hoja escrita a máquina-. Concentro la vista microscópicamente en la extremidad del dedo. Una milimétrica línea de mugre delimita el borde de la uña, cortada al ras.
Firmo. Lo sigo por el pasillo. Salgo del penal.
Estoy
atascado, detenido en otro embotellamiento. Miro con impaciencia las balizas del coche que está adelante. ¿Qué carajo pasa? Tengo la columna adormecida,
las piernas rígidas. A mi derecha, una embarazada conduce un Renalut 4. Va con tres niños atrás. El mayor abre grande la boca y exhala con fuerza. Empaña la ventanilla. Luego, dibuja un Tatetí y hace la primera cruz. La nena del medio añade un círculo. La fila se mueve unos metros. A mi izquierda, el cadáver de un perro está tendido sobre el asfalto. íQué mala pata!, rezongo y me mofo de mí mismo a causa del involuntario chascarrillo. Bordeo la capital. Tomo la General Paz. Llego a Devoto.
- Buen día, señor. ¿Ubica la calle Tinogasta? - a un gordo de jogging que barre la vereda. No me escucha. Insisto con la ventana baja y con la mitad del brazo afuera- Señor. ¿Conoce la calle Tinogasta?
Me indica que siga siete cuadras - Son dos más después de la Basílica- aclara. Conduzco hasta la plaza. No conozco el lugar. Es un barrio tranquilo, de calles anchas y arces en las veredas.
La casa de Benítez está cercada por una cinta amarilla. "Escena del hecho. No pasar", lleva impreso intermitentemente alrededor del perímetro. Me acerco, observo. El chalet es de una planta y tiene el frente remodelado. No puedo ver el interior. Las persianas están cerradas. Hace frío. Entro al coche. Enciendo el motor. Pienso en ese perro que mataron. Me quedo sentado, un rato, con las manos sobre el volante. Afuera un pájaro trina a destiempo.
El segundero del Rolex gira, marcando un pulso sutil pero acelerado. Giro la llave sobre el tablero y me bajo. Una mujer se acerca. Querrá saber qué hago acá. Es rubia, lleva el pelo a lo garzón, de unos sesenta y pico. Me presento. Le explico que soy el abogado de Benítez. Dice que es Nora, que vive al lado, que qué tragedia, que los creía gente de buenos hábitos. ¿Qué sabe? Lo que se comenta, que está preso. ¿Y los perros?, ¿dónde están? No tiene idea. En mayo estaba afuera visitando a una de sus hijas. Me pide que espere. Espero. Cruza. Saluda a un viejo que toma mate debajo de su zaguán. Nora le dice algo. Se despide de mí con un gesto y vuelve a su casa. Él se acerca despacio.
- Soy Clever Villegas, un gusto - me da la mano. Los nudillos le sobresalen como islotes entre los huesos, cubiertos por la piel manchada y reseca. Tiene los ojos verdes del color de las botellas y las mejillas apenas rosadas.
- Encantado, Doctor Pablo Espina. Soy el abogado de Abelardo Benítez. ¿Puedo hacerle unas preguntas?
- Por supuesto- Toma un pañuelo del bolsillo de la campera de corderoy azul y se limpia las gotas de mucosidad aguada que le caen de la nariz. Se disculpa, es que anda resfriado.
- ¿Hace cuánto vive acá? Hace 46 años. En Devoto, desde que nací- afirma la posición de su boina, dándole un toque desde la punta hacia abajo. Luego, se contiene y fija la vista en un par de palomas que reposan sobre el tendido de luz.
- Mire, yo no creo que él haya sido capaz - lanza con la voz entrecortada.
- ¿Conocía bien a Benítez?
- De toda la vida. La madre de Abelardo es prima de mi señora. Bah, era. Murió de cáncer cuando él estaba en la universidad. Un ser humano excepcional, Gloria. Una persona humilde, íntegra, de buen corazón. Era maestra de matemáticas de la Escuela Nº 15. La que está acá nomás...
- No soy de la zona - aclaro y cambio el curso de la conversación- Y a Elena Benítez, ¿Cómo la describiría?
- Elena de carácter afable. Bonita, sin dudas.
- Y ¿la relación entre ellos?
- Al principio normal. Luego cambió.
- ¿Por qué?
- El fallecimiento del hijo, supongo. Enterrar a una criatura debe ser de un sufrimiento inigualable.
- Ajá. Difícil sobreponerse. ¿Qué le pasó? - pregunto sorprendido-
- Muerte súbita. No llegó a cumplir el año. Fue una catástrofe.
- Tremendo, por cierto. ¿Cuándo sucedió?
- Hará diez años. Pero, usted sabe...
- Por supuesto.
- Sin dudas, la Iglesia los mantuvo a flote. A veces, la fe es lo único que nos salva. Él se aferró completamente a la religión. Y ella, bueno... al tiempo, le ofrecieron trabajo en la secretaría de San Antonio de Padua.
- ¿En la Basílica? - Indica que sí con la cabeza. Continúo- Ah. Pasé de camino, es vistosa - Y otra vez tuerzo el eje del diálogo- ¿Qué sabe de los perros?
- Se los llevaron hace unos días.
- ¿A dónde?
- No podría responderle. Mejor hable con Valverde, el veterinario. Él hacía negocios con la señora de Benítez. Quizá, pueda ayudarlo.
- ¿Negocios con los perros? ¿Qué clase de negocios?
- La verdad, no lo sé. Pero la última vez que los vi discutían a los gritos.
- ¿Por dinero?
- ¿Qué decirle? Había rumores... Un picaflor siempre busca el néctar.
- Está claro. Gracias. Le dejo la tarjeta con el número telefónico de mi despacho. Cualquier información que recuerde, por favor, no deje de comunicarse. Hasta luego.- Saludo y regreso al auto con la certeza cartesiana, Cogito ergo sum.
Manejo algunas cuadras, voy en zigzag. Elijo aleatoriamente hacia dónde doblar para encontrar la veterinaria. Quiero hablar con el tal Valverde, me urge. Apuro la marcha. En estos barrios los comercios cierran generalmente al medio día. Una cuadra antes de la , veo un pequeño centro. En la esquina, una inmobiliaria. "Sherman propiedades", reza la marquesina que va de lado a lado. Luego, hay una verdulería, un kiosco, y un almacén. De la mano de enfrente, una heladería y la veterinaria.
El aroma a boloñesa va directo desde la sartén de una vecina hasta mis fosas nasales para recordarme que es la hora del almuerzo.
1. PABLO TIENE QUE IR A LA VETERIANARIA. AHÍ LE VAN A DECIR QUE EL VETERIANARIOI NO APARECE DESDE HACE UN TIEMPO.
2. PABLO LO LLAMA AL VASCO PARA PEDIRLE INFORMACIÓN
3. EN EL MEDIO COMIENZAN LOS DESAGUISADOS EN CASA DE PABLO. SU RELACIÓN CON LAURA SE VE PERJUDICADA POR SU OBSESIÓN CON EL CASO.
4. EL VASCO LE DA LA INFO DE QUE VALVERDE ESTÁ CON PEDIDO DE CAPTURA POR PRÓFUGO.
5. PABLO VA A LA IGLESIA Y HABLA CON EL PÁRROCO. El párroco le dice que se iba a contactar con él para saber de Benítez y pedirle la llave de la secretaría. En uno de los laterales, a donde están las criptas. Ahí, hay una mosca negra que da vueltas insistentemente. El párroco le dice que hace unos días que están las moscas ahí. Que ya no sabe cómo sacarlas. Esas moscas son las moscas de la muerte. Pablo le dice que llamen a la policía porque ahí adentro hay algo que se está descomponiendo. Efectivamente encuentran el cuerpo de Elena, en estado de putrefacción.
6. Descubren que murió por sobredosis de anestesia. La idea de que murió como un perro.
7. Liberan a Benitez por falta de mérito. Ahora las pruebas parecen indicar que Valverde mató a Elena y que él, como dijo desde el principio, producto de un shock emocional por encontrar a su mujer en ese estado, la enterró.
8. La situación en casa de los Espina ya es sumamente tensa. Laura y Pablo no se escuchan, solo se recriminan falta de atención y exceso de reclamos. Laura decide irse con los chicos de vacaciones al campo de los tíos, con su madre, hasta que las aguas se calmen. Pablo habla con El Vasco sobre su situación matrimonial, su estado mental, la obsesión que le despertó el caso que no pudo resolver, etc.
9. Pablo va a la casa de Benítez para dialogar. La propiedad ya está liberada y no forma parte de la evidencia. Pablo encuentra un pedazo de documento de identidad en el jardín. Inmediatamente se da cuneta de la coartada. Benítez mató a la esposa con una dosis de anestesia canina. Simuló el incidente del coche. Mató a sangre fría a Valverde y desapareció el cuerpo. Luego, tomó su documento de identidad y compró un boleto de ida al Paraguay, pero regresó con su propio documento. Y entonces, realizó la denuncia policial.
10. Benitez lo mira absorto, como quien mira a un desquiciado. No sabemos si Pablo enloqueció. Benitez le pregunta dónde enterró el cadaver de Valverde.
- Los perros, Benítez. Los perros.
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"La
Nación, 21 de junio
Sobre
la desaparición del señor Eugenio Valverde
Se presume que el susodicho
se dio a la fuga el 3 de mayo último. Fuentes policiales informaron a esta redacción que Valverde podría haber sido identificado por un conductor de ómnibus de larga distancia, quien habría confirmado que el sujeto fue trasladado por él la noche del 3 de mayo hasta el departamento paraguayo de Boquerón, en la ciudad de Loma Plata.
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"La Nación, 4 de noviembre
La
decisión del magistrado de dictaminar la falta de mérito en el caso Benítez se
basó en la estrategia de la defensa que vinculó la causa con la denuncia por el desconocimiento del paradero de
Valverde.
Vecinos del barrio de Devoto afirmaron que Valverde, de profesión médico veterinario, tenía contacto estrecho con la difunta Elena Sofía Carrizo de Benítez, cuyo esposo fue recientemente sobreseído por el delito de "Homicidio agravado por el vínculo" por el Juzgado Federal N°12, a cargo del juez Dr. Celestino Ezcurra.
Esto coincide con el aporte realizado por uno de los testigos, el señor Clever Villegas,
vecino de Benítez, quien declaró ante las autoridades "haber visto a
Valverde en plena gresca con la difunta el medio día del 30 de abril pasado" - fecha en la que se vió a
Carrizo de Benítez con vida por última vez-. Villegas, también aseveró que
"los vio discutir desde la vereda y que no le pareció que se
tratara de una conversación profesional acerca de los perros que comerciaba junto a la Sra. de Benítez".
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