jueves, 21 de agosto de 2025

Disney

Había que ir a Disney. Hacía dos años que mi hija de nueve me preguntaba casi a diario cuándo íbamos a hacer ese viaje. El papá de Emi, su mejor amiga, la llevó el año pasado, y sus primos, los hijos de mi hermana Natalia, fueron hasta que la mayor cumplió 16 y le dijo a la madre que tenían que ir de vacaciones a Punta, en la segunda de enero, como todo el mundo. “Como todo el mundo”, se despachó la pendeja con ínfulas de emperatriz bilingüe de barrio cerrado. Yo, que estaba tirado en la reposera contigua a la de mi sobrina, me quedé callado, pero pensé que mi vieja me hubiese encajado un flor de bife si le salía con una cosa así. Nosotros nos poníamos contentos si, con mucha suerte, íbamos a las Toninas. Ellos pretenden Disney o Punta en la segunda de enero. La distancia es relativa.
Jorge mi cuñado, el marido de Natalia, es cirujano plástico, y entre un hoyo de golf y otro, mete una cirugía de tetas o de nariz, y levanta treinta o cuarenta mil dólares, o no sé cuánta guita al mes. Mi hermana es influencer. Publicita productos y servicios en sus redes sociales: ropa, hoteles, restaurantes, cremas, yogures, viajes. Tiene público para todo y una ganancia neta del 1 al 5 que ronda los ocho palos. En cambio, Delfina, mi mujer, dejó de laburar hace años para cuidar a los chicos, armó un emprendimiento de repostería y se dedicó a jugar al tenis. De vez en cuando, las mamis del Saint Laurant, le encargan la mesa dulce de los cumpleañitos. Sin gluten. Eso es todo. En un mes de mucha producción junta quinientas lucas, lo que significa que con su plata podríamos pagar media expensa o una semana de supermercado. Es así, aunque Delfina hable con sus amigas de su proyecto como si fuera Maru Botana. “Cup cakes gluten free con toppings”, le dicen estas boludas, que son fundamentalistas de la alimentación saludable. Antes, se llamaban madalenas con cobertura y se hacían con harina de trigo. Punto. A mis pibes les dan tomates cherry en vez de chicitos, y sus amigos se subieron a un avión antes que a un colectivo de línea.
 
Yo tengo una PyME con veinticuatro empleados a cargo que hace seis meses no cobran en tiempo y forma, dos millones de cheques sin fondo, una catarata de cobradores que me putea a diario, dos juicios con ex empleados, un concurso de acreedores y un amplax de dos miligramos en sangre por noche. Hace meses que no pago el seguro de los autos, ni la cuota del club. Delfina me presiona con la deuda del colegio. Dice que la llamó la administradora y que si no cancelamos antes del quince van a echar a los chicos. Que soy un hijo de puta, que no puedo hacerles pasar tanta vergüenza, me grita mi mujer indignada.
A Yavita la estoy pedaleando para que no renuncie. “Aguantame un poco. La semana que viene te doy el sueldo del mes pasado y el del anterior” Y la peruana banca porque hace diez años que trabaja en casa y quiere a mis hijos como si fueran sus nietos. Pero cuando bajo a la cocina y la encuentro preparando el desayuno, siento una culpa que no puedo más. ¡Estoy jodiendo hasta a esta pobre mina!
Le debo guita a mi cuñado, a mis amigos, a medio país. Incluso, puede que vaya en cana por evasión. Esa es la verdad: estoy al borde de la quiebra, sucio como una papa y cagado hasta los calzoncillos de que un día un acreedor me meta un balazo en la cabeza y me tire a una zanja.
El primero en amenazarme fue Igarzábal, hace dos meses. Igarzábal es el dueño de una financiera que inyectó nueve millones de dólares en la empresa sin ninguna otra garantía que mi palabra. Esa noche hubo una cena de negocios en Happening con champagne extra bruit hasta las dos de la mañana. Salí en pedo desde la Costanera y manejé mamado hasta Pilar. Llegué a casa eufórico, creyendo, como un pelotudo, que iba a salvar la compañía. Así como venía la desperté a Delfina y cogimos a lo bestia. No sé si intuyó que las cosas habían salido bien, pero no preguntó. Simplemente, se quedó dormida después del orgasmo.
Después de unos tres meses de bicicletear al que era mi principal inversor y tras un sinnúmero de mensajes sin responder, el tipo se cansó de las buenas formas y se presentó en mi oficina a lo guapo, con dos matones en la puerta y un chumbo sobre el escritorio.
Como Igarzábal, hay dos o tres que me amedrentan con mensajes mafiosos. Por eso, cuando Maia me pregunta cuándo vamos a ir a Disney, yo le contesto pronto. Lo que no digo es que, aunque en este momento no tenga veinte mil dólares para gastar con Mickey Mouse, la magia se va a hacer realidad uno de estos días. ¿Cuándo? Cuando finalmente, me agarre un bobazo y tu madre cobre mi seguro de vida.

 

 

 


miércoles, 21 de mayo de 2025

El Fin del Deseo

El fin del deseo tuvo un principio. Quienes somos mayores lo recordamos bien. Esa tarde comenzó con el nombramiento del nuevo Papa Benedicto XVII. Los medios de comunicación transmitieron la noticia con euforia. En la televisión se sucedieron las imágenes en vivo de la Plaza de Roma abarrotada de católicos y creyentes flameando banderas de congregaciones y nacionalidades, y el clima de entusiasmo en ciudades y pueblos, con sus habitantes celebrando la llegada del Sumo Pontífice. Ese fue el primer impacto de la transmisión, el ánimo de fiesta.
Benedicto abrió su pontificado con un discurso de quiebre con la posición de apertura de León XIV, su antecesor. Tras el anuncio cardenalicio “Habemus Papam”, se asomó al balcón de la Basílica de San Pedro con la sotana blanca y la capa roja tradicional, y tras el vitoreo y los aplausos de los fieles hizo una plegaria en latín por la sagrada familia. Después, dijo – en un perfecto italiano - algo así como que los tiempos en que vivimos traen males que atentan contra la institución más fundamental, y que hay que rezar por los corazones de los hombres y mujeres que se han perdido en el camino del Señor.
Inmediatamente, vimos en la pantalla los saludos vía Zeta de los líderes de Estado. Los primeros fueron los de la ultraderecha. Los conservadores de la región Centro y Sur de Europa dieron su enhorabuena en la red social casi al mismo momento que los líderes escandinavos y que el resto de la extrema derecha europea. Unos segundos más tarde, llegaron los mensajes de Estados Unidos y los de los gobernantes latinoamericanos situados en el mismo arco político: Chile, Colombia, Paraguay y México.
Como era de esperarse, las palabras inaugurales resonaron en los cinco continentes y hubo uno o dos días – al menos- en que todos fuimos teólogos papistas. La prensa enseguida instaló en agenda el tema central de la alocución, dando visibilidad a formas de pensamiento que habían sido sepultadas hacía décadas. Facciones de derecha y ciudadanos de a pie con ideas afines, así como agrupaciones neonazis, fóbicos, extremistas y conservadores de raigambres diversas expresaron sus opiniones, generando una ola de violencia espiralada que culminó con marchas y contramarchas a favor y en contra de movimientos sociales pro feministas, LGTB y de minorías sexuales.
La respuesta de los gobiernos no tardó en llegar. Una sucesión de reprimendas públicas a protestas, encabezadas por mujeres de todas las edades y razas, culminaron en verdaderas masacres. La cobertura de los cruentos incidentes en todo el mundo polarizó a la opinión pública global. “Voces autorizadas” – sociólogos, médicos, leguleyos – legitimaron las reprimendas en debates mediáticos, dando espacio a teorías arcaicas basadas en el odio y la discriminación.
La Iglesia recogió el guante. Un concilio ecuménico y espiritual inédito que congregó a las cúpulas religiosas tuvo lugar por esos días en Roma. Finalizado el sínodo, maestros, pastores y gurúes, hicieron un llamamiento común a la oración por la paz. Benedicto también pidió penitencia. Pero lejos de tender puentes, la Iglesia avivó el fuego cuando – días después - el Papa publicó su primera encíclica, “Familia vel exstinctio”.  
El documento, que en español se titula “Familia o extinción” es un despliegue argumentivo de por qué la familia biparental, con géneros definidos, con un padre proveedor, una madre cuidadora e hijos biológicos, es la única forma posible para la condición humana.
El texto que aún conservo, es de unas ciento cincuenta páginas, y está basado en quince postulados que refuerzan esta idea y comienza sus fundamentos alegando – cito-: “La curva demográfica ha disminuido en todo el mundo. No solo los países más desarrollados, como Noruega o Suiza, enfrentan el problema de la pirámide invertida; sino también y más crecientemente, el problema de la natalidad se da en países en vías de desarrollo como la India y Angola, demostrando que la raza humana está en extinción (...)”
Luego, el Obispo de Roma se explaya en los factores de origen social, económico y moral que explican la aplanada demográfica. En el primer punto destaca “cómo la ambición material de las jóvenes, el deseo profesional de las mujeres por lograr éxitos en sus carreras y logros mundanos, posterga la natalidad socavándo sine qua non la naturaleza del hombre. Problemas de infertilidad como nunca antes registró la ciencia, surgen de sociedades con mujeres que esquivan sus responsabilidades, dándole la espalda a la creación, la vida y al género humano (...)”.
La Iglesia continuó al frente de su cruzada pro familia con un plan de propaganda patriarcal. Citas bíblicas como “Dios creó a Eva de una costilla de Adán” fueron parte de esa campaña de posicionamiento machista que se desplegó en los centros neurálgicos de las ciudades más icónicas de Occidente.
El efecto comunicacional fue inmediato. Sentimientos discriminatorios despertados recientemente, tras un breve período de adormecimiento, pusieron otra vez sobre el tapete viejos resentimientos con demostraciones palpables de poder.
Las gigantes tecnológicas como Microsoft y Google fueron punta de lanza. Las mujeres fueron desvinculadas de sus puestos en directorios y de altos cargos, bajo banderas corporativas de responsabilidad y compromiso con el futuro. Otras grandes, siguieron la línea, con despidos masivos en mandos medios y del personal femenino en las bases.
Los niveles de desempleo para el género se tornaron más y más significativos, afectándolo como nunca antes. La situación para las mujeres se agravó, por un lado, porque la mayoría fue reemplazada por hombres “más competentes” o por máquinas con altas capacidades de gestión. Por el otro, porque muchas tomaron la opción del despido voluntario, encontrando en el hogar una posibilidad de refugio ante la agresión diaria. Apenas, algunas pocas lograron conservar puestos informales. Las menos cualificadas fueron beneficiadas durante esos años iniciales, porque las tareas de cuidado aún eran funcionales al orden establecido.  
El patriarcado se ejerció sobre todo en ámbitos de representación pública. En los recintos parlamentarios se debatieron, primero, las normas que habían sido las últimas conquistas del feminismo en el siglo XXI. Las leyes de interrupción del embarazo fueron derogadas y se desfinanciraon programas de erradicación de la violencia, incluso en gobiernos moderados como los de Francia y Canadá. 
Los siguientes años se sucedieron con derrotas titánicas. Asociaciones, ONGs y entidades organizadas con todo tipo de estatuto, llevaron incanzablemente el reclamo a intancias de la Corte Internacional de Justicia, cuando Estados Unidos avanzó con la primera quita de  derechos civiles y patrimoniales a las mujeres.
Esto se tradujo en dos leyes - surgidas por iniciativa popular y aprobadas por mayoría de ambas cámaras – que les quitaron a las norteamericanas la potestad de adquirir o conservar bienes propios, pasando sus pertenencias a esposos, padres o hermanos. Asimismo, la eliminación de la facultad de ser representadas en espacios políticos, perdiendo el derecho de manifestarse políticamente, participar en elecciones con cargos, y fundamentalmente, su derecho a voto.
Fueron pocos los que opusieron resistencia. Algunas fuerzas disidentes, algunos movimientos  debilitados con escasa financiación intentaron ejercer presión para reabrir el debate en los medios de prensa que aún no habían sido coptados por la ideología dominante. La WNN – CNN para mi generación - tuvo un rol crucial en ese momento, con la puesta al aire de un extraordinario documental que cuestionó a fondo el status quo emergente. El informe presentó una escandalosa cantidad de testimonios de víctimas, mujeres y niños de todas las nacionalidades y credos, ejerciendo la prostitución y en situación de calle, y pidiendo refugio en las mismas iglesias e instituciones que los habían eyectado del sistema. Nadie en las cúpulas se sensibilizó. 
El nuevo orden fue inminente. Con Estados Unidos a la cabeza y la financiación del Vaticano a los países pobres, el arco europeo y los Estados americanos se plegaron en cuestión de meses a la reducción normada del género femenino a un estado de cosa. En un retrocesso inigualable, las mujeres quedamos relegadas legalmente a la condición de ganado y nuestra única función pasó a ser la de cuerpo gestante.
Una categorización femenina basada en castas irrumpió en consecuencia. Ya confinadas y sin derechos, debimos asegurarnos el sustento con una buena porción de hijos. Las que tuvieron más de doce, las más productivas, gozaron de cierta inmunidad. Sin embargo, las otras, las que se situraron en la otra punta del estrato social, las que apenas pudieron parir uno o dos críos, esas tuvieron el rango más bajo del escalafón y sufrieron más que nadie el control.   
Por ejemplo, en Argentina y en otros países como Chile y Uruguay, hubo una época en que solo las madres podíamos transitar las calles. Este permiso requería la obligatoriedad de portar documentación que acreditara el tipo y número de trámite a realizarse, un legajo online autorizado para cada ida a la escuela, cada cita al pediatra o cada compra de supermercado. Había un estricto régimen policíaco que se volvió más crudo tras la revuelta de un grupo de insurgentes ateas de Santiago, que fueron colgadas en la Plaza de Armas.
Con los cuerpos exhibidos, como péndulos, en las pantallas que se extiendían sobre los edificios de las grandes avenidas capitalinas, la Iglesia de Roma anunció la millonaria inversión para la compra de tecnología a favor de las “Hermanas del Natalicio”. La vigilancia, ejercida por su brazo ejecutor, desembarcó en una sanguinolenta caza de brujas, con el reporte de los movimientos diarios de la mujer con capacidad gestante. Esta persecución - que inicialmente fue dirigida a la persona física - no tardó en mutar hacia un totalitarismo tecnológico que, con matices de aplicación entre una región y otra, implicó el irrestricto control punitivo de la información en la esfera doméstica.  
Aunque eso no fue lo más terrible. So alegato de costos inútiles de mantención, las estériles fueron exterminadas. En el mejor de los casos, deportadas a centros de crianza y forzadas a labores de atención a niños huérfanos. Las aspirantes a los nosocomios de orfandad fueron sometidas a severas instancias de evaluación física y pedagógica. Estas pruebas, a juzgar por el tribunal de las “Hermanas del Natalicio”, determinaban si había postulantes que bajo el influjo del Maligno tuvieran apetitos lésbicos. No hay cifras de cuántas de nosotras “In nómine Patris, et Fílii, et Spíritus Sancti” sufrieron, en esos centros homofóbicos de tortura legalizada, la mutilación de sus genitales. 
Un flamante “Gobierno Universal de la Maternidad” se instaló en cada comuna de las ciudades más habitadas. Órganos mixtos, conformados por eclesiásticos y autoridades seculares, con facultad de arreglo matrimonial, desposaron a niñas a partir de su  primera menstruación - varias de las veces, con hombres ya ancianos-. Muchas decidieron suicidarse. Otras, prefirieron la castración como símbolo de resistencia de la mujer objeto.
Un sinnúmero de levantamientos tuvo lugar por esos años. Muchos, incubados por hombres que eligieron armarse y dar pelea desde la insurgencia. Y no sin mérito,  rebeldes de aquí y de allá, lograron pequeños triunfos, asaltos, tomas, derramamientos de sangre enemiga que germinaron en nuestros corazones como brotes de esperanza. Las mujeres, también asumimos riesgos. Muchas participaron activamente en la lucha. Otras, trabajamos en secreto como espías, inseminando e implantando datos falsos en confesiones dominicales, en actos escolares o en conversaciones a través de aplicaciones de mensajería instantánea, que sabíamos que eran intervenidas. Nos jugamos el pellejo, pero David sólo vence a Goliat en relato bíblico, y - por más de que añoremos lo contrario - en una batalla desigual la victoria está indefectiblemente del lado del poder.
Las rebeliones fueron apagadas de las maneras más brutales. Las acusadas de colaboracionistas fueron decapitadas en audiencias públicas. Los insurrectos martirizados y lanzados a fosas comunes. Y así fue cómo nos dejamos vencer por el terror y cómo en todas partes del mundo se propagó como un virus lo que la Historia denomina el inicio de la Era de la Productividad Natal.
Como un mensaje que se lanza al mar en una botella o como un último grito de rebeldía, escribo desde la soledad del anonimato este legado a la memoria de las generaciones venideras; porque somos millones alrededor del mundo, abuelas, madres, mujeres que tenemos vida y sangre en las venas, y porque no podemos seguir perpetuando este tipo de aniquilamiento, este horror sistemático que es peor incluso que la muerte, y que es El Fin del Deseo.    
 

jueves, 20 de marzo de 2025

Desamor

Tendré que aceptar

Los versos que no leerás. 

Dirán cosas sin importancia,

Palabras, solo palabras:

Las ventanas de mi habitación están cerradas.

Afuera un pájaro trina a destiempo,

Como si fuera el alba.

miércoles, 12 de marzo de 2025

Otro verso

Con la fuerza de un huracán

Sacude mi corazón tu aliento. 

Yo no sé si fue un momento 

O simplemente imaginé

Que mi alma es polvo 

Que en tu alma hay viento. 

martes, 9 de abril de 2024

El tesoro de Benítez

- Ella tenía un amante. Lo intuí. Al principio me dije que eran divagaciones, que los fantasmas que me atormentaban no eran otra cosa que mis propias inseguridades. Mi obsesión por la mujer con la que estuve casado 15 años, mis ansias desproporcionadas y el profético pavor de que me abandonara, de que una tarde hiciera las valijas y sin explicaciones huyera con otro. El triste y común desenlace al que le teme cualquier esposo devoto, cualquier hombre profundamente enamorado. 

- Pero no fue así. 

- No. En parte, no. 

- ¿Qué pasó, entonces? 

- No lo sé. Fue todo muy confuso. 

- ¿Sabe quién es?

- ¿El otro tipo? Sí. 

- Dígame. 

- Eso no importa. Lo importante es lo que pasó.

- Lo importante es a dónde está. ¿Usted lo sabe?

- Está enterrada como un tesoro. 

- ¿Dónde, Benítez? ¿Usted la enterró?

El guardia abre la puerta de hierro. 

- Se acabó el tiempo - dice. 

- Estamos terminando - replico.

- Ya pasaron cinco minutos. No tiene más tiempo. Por favor, firme el acta y salga.  

- Abogado - Benítez se despide, intentando un torpe apretón de manos con las esposas puestas.  

- Hasta el martes, Benítez. 

Apoyo el papel sobre el escritorio de madera oscura y maciza, y firmo debajo de mi nombre. Abogado interviniente: Dr. Pablo Espina. Hago un garabato sobre la inscripción. Luego, me dirijo hacia el sempiterno pasillo que comunica la sala de interrogatorios con la oficina que antecede a la salida del penal. A un lado y al otro se filtran gritos, insultos, golpes, estruendos metálicos, chicharras, pero no se puede ver más que dos paredes descascaradas. Hay un aire denso en Olmos. Aún en la calle, puedo sentir el tufo del presidio impregnado en mi ropa. Busco las llaves del Taunus y lo pongo en marcha. Por hoy, es suficiente.

La mañana se asoma tras los barrotes amurados delante del ventiluz que está en la esquina izquierda de la sala, en donde me espera Benítez. El servicio penitenciario de La Plata está frío, helado. El patio del penal estaba lleno de escarcha. El guardia escolta a mi cliente. Lo trae esposado hasta la sala, en donde lo aguardo. Benítez se sienta.  

- ¿Cómo está? ¿Pudo dormir?

Hace una breve pausa. 

- Algo. La ansiedad me está matando. 

- Entiendo, le traje unos libros. Algunos clásicos, algo de Poe, Kafka. ¿Usted es creyente? No sabía si traerle la Biblia o no. 

- Sí, soy. ¿Podría comprarme tabaco? Lo que más me urge es fumar. Me preocupan demasiado mis perros. ¿Alguien les da de comer? ¿Los llevaron a una perrera? 

- No. El juzgado resolverá qué hacer con ellos. Le averiguo. Mire, este proceso va a ser difícil. Puedo traerle un par de atados, sí.

- Se lo agradezco. Son infinitas las horas en la celda y en el patio no se consiguen cigarrillos. Ya lo intenté, incluso con tres carceleros y nada.   

- A cambio de algo. Necesitamos que coopere, usted y yo. Hoy nos dieron 20 minutos. Tiene que hablar, Benítez. ¿Dónde está el cuerpo de su mujer?

- Ya le dije. Le di cristiana sepultura. 

El guardia va y viene por el pasillo. Se oyen sus pasos detrás de la puerta. 

- ¡Privacidad, por favor! ¡Necesito dialogar a solas con mi cliente! - le grito. 

El tipo refunfuña y se aleja. 

- ¿Dónde estábamos?  

- Usted dirá. 

- Mire, Benítez, si no colabora se las va a tener que arreglar con un defensor oficial. Se lo advierto. Me da algo sustancioso hoy o no me ve más. ¿Me entiende? A usted se lo acusa de homicidio. ¿Le parece joda eso?  ¿Dónde está el cuerpo? ¿Dónde lo enterró? ¿¡Dónde!?

Me exaspero, elevo el volumen, me irrito. El gran reloj circular colgado al centro de la pared que está a mi derecha descuenta cada segundo. Las piernas de Benítez se agitan y marcan un ritmo nervioso al chocar la suela de goma contra el piso de cemento. Está inquieto. 

Se acaricia la barbilla mecánicamente. Tiene las manos gruesas como un ancho de bastos, la boca levemente fruncida hacia abajo - como la Gioconda, pero al revés-. La barba semicanosa apenas crecida. La frente amplia: una avenida que se interconecta con dos túneles que conducen a una pronunciada calvicie. El pelo que le queda por debajo de la coronilla es castaño. 

Me mira fijo, pero no habla. Sus ojos son un impenetrable pantano cubierto de moho, un enigma. Pudo haber sido un tipo fornido hace algunos años. Ahora tiene los hombros vencidos como dos colgajos y un abultado abdomen que lo mantiene inclinado siempre hacia adelante.

Luego de la pausa, retoma el aliento: 

- Cuando lo supe me sentí morir. El alma se me fue toda del cuerpo. Fueron quince años de entrega total, de pasión desmedida, de admiración, de éxtasis, de goce celestial. Ella era mi amada, mi locura, mi corazón. Durante nuestro matrimonio sólo quise complacerla. Me hice, por voluntad propia, su ciervo, su lacayo. ¿Cómo no iba a enterrar a mi reina? -Llora, se angustia, respira para calmarse y sigue - Apenas puedo conciliar el sueño por dos o tres horas. Tengo pesadillas. Despierto a los gritos. Me quedo mirando el techo hasta que aclara. ¡Qué injusticia, Dios mío! ¿Cómo pudo? 

- No lo sé. Son cosas que pasan. Las mujeres son impredecibles. ¿Usted la vio? ¿Cómo lo supo? 

- Fue ese día. 

- Cuénteme, ¿Qué recuerda?

- No tanto. Caía una garúa intermitente, molesta. Era uno de esos días en los que la humedad deja las calles desiertas. Llegué temprano, a eso de las tres. Las persianas del living estaban cerradas. Entré a casa. Los perros ladraban con insistencia. La radio había quedado encendida sobre el vajillero del comedor, una pieza de jazz, creo. Fui hasta la cocina, un par de platos sucios, ollas. Salí al jardín. Dos de los boxer se estaban trenzando. Les tiré un baldazo de agua. Cuando se ponen rabiosos, se muerden hasta lastimarse, mejor pararlos en seco. Pasé de nuevo por la cocina. Seguí hasta el dormitorio. La encontré en la cama tendida boca abajo. Estaba desnuda con el torso descubierto. 

- ¿Había fallecido?

- No. 

- Siga. 

- Intenté despertarla. No pude. Parecía inconsciente. La tomé de los brazos para girarla. Un peso muerto. La cabeza se le inclinaba hacia atrás o hacia los costados, según la moviera. Le quité las sábanas. Observé que no tuviera lesiones. Parecía que nadie la había forzado, pero emanaba de su vientre un penetrante olor a sexo. 

- ¿Olor a sexo? 

- Sí, a semen. Toqué, casi rozando, sus partes íntimas. Sobre el monte de Venus y en la entrepierna, pude palpar un líquido viscoso, pegajoso. Tuve náuseas, quise vomitar. 

- Entonces, ¿usted luego de presenciar el supuesto postcoito, entró en un cólera bestial y la mató, y luego la enterró? - Apresuro. 

- No. No fue eso lo que pasó. 

- Entonces, ¿por qué no dice dónde está y nos dejamos de jugar a las adivinanzas? 

La pesada puerta de hierro se abre. El guardia es un tipo robusto, no muy alto. Con suerte pasa el metro setenta y cinco. Tiene un acento que no es de acá. Podría ser de Misiones o de Formosa. Lleva el uniforme diario: pantalón gris y campera de nylon con el escudo celeste del servicio penitenciario bordado debajo del hombro izquierdo. Es un hombre de expresión adusta, de piel curtida, de ojos oscuros y fieros.

- Doctor, es la hora. Tiene que firmar y retirarse.

- Ya salgo - le advierto para que no se impaciente. 

Tomo mi atelier con los papeles para presentar en la mesa de entrada del juzgado de turno. Delincuentes comunes, algún violador que otro, algún cadáver, lo usual. Antes de irme, le digo:

- Benítez, recuerde que el juez solicita que lo evalúe un equipo de peritos psiquiatras para determinar si está usted hábil, antes de fijar fecha para elevar la causa a juicio. Lo mantengo informado. Hasta luego. 

Camino por el descascarado pasillo que conduce a la oficina que antecede a la salida del penal. El guardia va adelante. Tiene los botines marrones desgastados, sobre todo las suelas. Con una mezcla de reticencia y hastío, se da vuelta y me dice:   

- Es un tipo raro. 

No respondo. No puedo hablar de mis clientes. Me despido. 

Acomodo el saco en el asiento trasero del auto. Abro la guantera para buscar un casette. Me decido por Pescado Rabioso. La cinta está empezada. Va por la mitad del lado B. "Y así verás lo triste y dulce que es vivir", desafino. La ruta está despejada. Paso por el despacho. Una ristra de documentos. El microcentro es un caos, como de costumbre. 

Llego a casa pasadas las ocho. Los sonidos de la avenida se cuelan a través del enorme ventanal del comedor, desde donde se ve iluminada la noche de Retiro. La efervescencia de las vacaciones de invierno hace latir una Buenos Aires vertiginosa. Aunque estoy en un octavo de paredes anchas, las bocinas, las sirenas, los colectivos interrumpen cualquier paz. 

- No paro de pensar en Benítez. Lo vi dos veces esta semana. Pocos avances. ¿Por qué no habla este hijo de puta? El psiquiatra a cargo del peritaje es Frömann. Parece un chiste - hago una mueca, una sonrisa mal lograda. Laura me escucha atenta durante la cena- ¿Los chicos, bien? - cambio de tema. Son casi las nueve y no sé ni dónde están mis hijos. 

- Sí, están en lo de mamá. ¿Te acordás que se quedan a pasar la noche ahí? 

- No, disculpame. Tengo la cabeza en cualquier lado. 

- ¿Quién es Frömann? 

- Es el psiquiatra designado a cargo del peritaje en el caso Benítez. Es un pelotudo. Una eminencia en criminología, pero un soberbio. 

- Bueno, al menos van avanzando. Esas son buenas noticias, ¿no? ¿Por qué es un pelotudo?

- Sí, no sé cuánto se está adelantando. Con el tipo tuve un altercado fuerte hace un par de años. Me dijo que era un insolente porque pedí revisión de parte en varios de sus informes. Ya me había tragado un par de sapos y este imbécil me fue a mojar la oreja. Me encaró entrando a Tribunales como si yo hubiera sido un meritorio que cose expedientes en un archivo. Casi terminamos a las trompadas. 

- ¿Y cómo sigue esto ahora?

- Serán dos sesiones. A lo sumo tres. Le van a hacer entrevistas, las van a grabar. Lo habitual, desde el test de Rorschach en adelante. En fin, veremos qué pasa mañana en la audiencia con el fiscal. Gracias por los canelones, estaban exquisitos. Me voy a dormir, no doy más. - Me levanto, le doy un beso en la frente. Llego al cuarto, no sé cómo, me quito la ropa y me acuesto. No duermo. Al igual que Benítez, me quedo mirando el techo. 

- Pablo te quedaste frito- La voz de Laura me despierta. 

- ¡No jodas! ¡La audiencia! - me froto los ojos, me quito las lagañas- ¿Qué hora es? 

- Las ocho y media. 

-  Anoche me desvelé. Recién me dormí como a las cuatro de la mañana. 

Laura va a la cocina a prepararme un café. Me visto rápido. El traje del día anterior, una camisa planchada, los mocasines negros de cuero, un cinturón negro cualquiera. Con el nudo de la corbata a medio armar, me dirijo hacia el palier.  

- Si tomo el café no llego, amor. Desayuno después en el bar del gallego. Gracias -

Son las once. La audiencia con el fiscal duró casi dos horas. Estoy yendo al penal. El cielo está oscuro, renegrido. La lluvia revienta furiosa contra el asfalto. Una mañana de chaparrones. El Camino General Belgrano está atascado por una procesión de autos que no se mueve. Un accidente a la altura de la República de los Niños anuncia un locutor desde la emisora. Llego a Olmos más tarde de lo previsto. 

- Se están acercando, Benítez. Me dijeron que tienen un testigo. Un tal Cárregas, un obrero portuario que asegura que vio a un hombre de sus características enterrar un bulto de proporciones semejantes a las de un cuerpo humano la madrugada del 4 de mayo en la costa del Paraná, cerca de Rosario. ¿Era usted? El fiscal es un sabueso viejo, la va a encontrar. Si los forenses determinan que usted estuvo involucrado, nos van a reventar. Van a pedir que la carátula sea homicidio agravado por el vínculo, seguido de sustracción del cuerpo. Sumando la presión de la opinión pública, es perpetua más quince. ¿Escucha lo que le digo?, ¡Lo van a procesar con cuarenta años de reclusión! Es mejor que hable conmigo, Benítez. 

Él me mira con furia. El guardia se asoma. 

- En 15 minutos, Doctor- Está ronco como si anoche se le hubiese ido la mano con el tinto. 

- Gracias.  

- No sé de qué 4 de mayo ni de qué Rosario habla - me increpa Benítez- Usted cree que la maté. ¡Ya le dije que no!

- ¿Por qué la oculta? 

- Para preservarla. 

- ¿De qué? 

 - Piensa - ¿Usted es casado? 

- Sí. 

- ¿Ama a su mujer?

- También. 

- Entonces, entiende. 

- No. Explíquese, por favor. 

- Un esposo ferviente, que ama con un afecto visceral que le sale como fuego de las entrañas es capaz de cualquier cosa. Incluso, de perdonar. ¿Para qué quieren exhumarla? 

- Piense en los próximos 40 años. Treinta y pico con suerte. ¿A quién protege? Mire, la verdad... 

Esta muerta - Interrumpe-. Esa es la única verdad. ¿Qué más quieren saber? 

¿Cómo murió? ¿No quiere que se haga justicia? 

- No me hable de justicia. La Justicia es virtud de pocos. Quieren profanar  su cuerpo, filtrar fotos, ver su cara en la tapa de los policiales. ¡Me dan asco! - lanza con bronca un escupitajo al suelo- ¡No!  Yo no voy a engordarles el morbo. Está muerta. ¡Y a los muertos se los respeta, carajo! - la voz se le quiebra. 

El guardia anuncia que se acabó el tiempo. La misma dinámica: me despido, firmo el acta y camino hacia la salida del presidio. Regreso al despacho. Antes, paso por el bar del Gallego que está en la esquina. 

- Estoy famélico, Pepe. Traeme un sándwich de milanesa y una Coca, por favor.

Como sentado en la barra. Mastico, trago, hojeo el diario.  

- Un negro salió campeón en Wimbledon. No me sorprende, siempre fueron superiores. ¿Me traés la cuenta, Gallego? Me rajo.   

Ni bien pongo un pie en el estudio, el secretario me comunica que llamaron de Paraná. También de Alsina, varias veces. Parece que hay novedades. 

  -Está visto que los muchachos nos quieren poner a laburar hoy – me dice en tono jocoso-.  

- ¿Ah, pero mirá qué simpático que estás hoy, Salerno? Andate hasta Paraná y pedí que te pasen un memo. Después pasá por Alsina, debe estar el resultado de la primera pericia. Haceme el favor, ida y vuelta pata pata. Me quiero ir a casa temprano. Anoche prácticamente no dormí.

Tomo el café doble que me quedó pendiente desde la mañana, pero en lugar del espumoso del Gallego, me conformo con lo que quedó en la cafetera. Lo que bebo, mientras le pego un tubazo a Laura, es un compuesto recalentado de petróleo y jugo de caucho.  

- Hola - contesta del otro lado de la línea. 

- Lau, soy yo. Llego más o menos en una hora. ¿Paso por el almacén o tenés todo cocinado? 

- Hoy cenamos en lo de mamá. ¿Te acordás? Quedamos en que buscábamos a los chicos y comíamos ahí.  

- ¡Cierto! - La cara se me transfigura. Lo único que me falta es terminar la jornada en lo de mi suegra. ¡Tengo unas ganas de llegar a casa que no puedo más! - ¿Y si los dejamos hasta mañana? - sugiero con un ápice de esperanza. 

- Imposible. Los jueves tiene torneo de bridge. Además, no la vamos a plantar. Conociéndola, nos espera con el peceto en el horno y la mesa puesta - ríe. Te espero en lo de mamá a las siete y media. 

- Ok, un beso - digo con resignación y cuelgo.   

Salerno llega con la frente transpirada. Deja dos carpetas de tapa blanda sobre la mesa. Ambas están rotuladas a máquina con el título "Caso Benítez". Las guardo en el maletín.  

- A domani, gente. 

- Hasta mañana, Doctor - Salerno y un pibe nuevo se despiden al unísono, en una suerte de canto gregoriano.

En la esquina de Suipacha y Tucumán me encuentro con el Vasquito Ortíz. Tiene la misma cara de atorrante que hace veinte años. No lo veo al menos desde hace  dos. 

- ¡¿Qué hacés, Vasco?! ¿En qué andás? 

- Bien, como siempre -Sonríe y me da una palmada en el hombro -¿Estás para un cortado? 

- No, te lo debo. Me rajo a casa a pegarme una ducha. Mi mujer arregló para cenar en lo de mi suegra y vengo durmiendo pésimo. O me despabilo o me desmayo sobre los ravioles. Una de dos. Pero, otro día tomamos un whisky. ¿Te parece?    

- ¡Cómo no! ¿Estás en la misma la oficina, sobre Viamonte? 

- En la misma. Bueno, en la semana te llamo y arreglamos. 

- Dale. Vos, ¿seguís en San Martín? 

- Sí, en la fiscalía, como siempre. 

- Dale, llamame viejo. - me despido.  

Tengo la esperanza de que el agua caliente me reanime, pero la ducha surte el efecto contrario. Me amodorra. Necesito lucidez para seguir este caso. Dejé los documentos que me dio Salerno en la guantera. ¡No puedo ser tan gil! Los tendría que haber bajado. Salgo del baño con la toalla húmeda enroscada en la cintura. Me reclino en la cama matrimonial. Me adormezco y logro apenas unos instantes de felicidad, que son interrumpidos por el salchicha del vecino. Es un animal insoportable con un ladrido agudo como un alfiler. Me incorporo. No deberían admitir mascotas en los edificios. El pantalón de gabardina, el swetaer polera, el montogomery azul. El Polo que me regaló Laura en nuestro último aniversario. Ascensor. Blanta baja. Con un ademán saludo al encargado. Estaciono sobre la mano de enfrente. Apago el auto. Son las siete. Quedé con Laura en media hora.  

Águeda, mi suegra, vive a unas treinta cuadras de casa. Una distancia prudente como para mantener las relaciones familiares en orden. Con Aguedita, lo mejor es hablar lo necesario, responder con cordialidad y guardar las formas. Llegar antes sería de kamikaze. 

Abro el maletín y leo: "Pericia final psiquiátrica sobre estado mental de Abelardo Benítez". Salto las páginas iniciales en donde se detallan objetivos, técnica procedimental, antecedentes, etc. Me detengo en las "Consideraciones finales". Leo en voz alta, pronuncio cada palabra como si Benítez pudiera escucharla: 

"El Dr. Dieter Frömann ha redactado el contenido del presente con imparcialidad y arreglo a su leal saber y entender, y conforme a los principios de la Psiquiatría. Con todos los respetos al Tribunal que es oportuno, se emite la siguiente conclusión:  

Que en virtud de lo evaluado, se considera que el Sr. Abelardo Benítez está en condiciones mentales para proseguir a la instancia judicial correspondiente, siendo éste hábil para responder con competencia ante un Tribunal".           

¡Me cago en su madre! ¿Cuándo cambió la metodología? ¡Siempre fueron dos o tres sesiones! ¡Este viejo cerró la instrucción a los pedos! Estoy furioso. Bajo del auto dando un portazo. Cruzo la calle y camino hasta el edificio. Toco el portero, atiende Laura. Subo al sexto. Mi mujer me abre y me saluda con un "¿Qué tal el día?", al pasar.    

- Nada, todo bárbaro - contesto con la ironía que me desborda.

- ¿Qué pasó? 

- Después te cuento.  

Cuelgo el abrigo en el perchero del hall y abandono el portafolio sobre el recibidor de nogal que está debajo. La mesa está servida. La cristalería reluce, la porcelana brilla. Laura y Águeda conversan en la cocina.

- ¿Qué andan cuchicheando, ustedes dos? Bromeo, al tiempo que me acerco a saludar a la dueña de casa. 

- Lo de siempre, querido. ¡Que estás más barrigón! - Me devuelve mi suegra. La satisfacción por un triunfo parcial se avecina como una Navidad en sus ojos de vizcacha. 

- Mejor me voy a sentar con los chicos, antes de que me conviertan en sapo - le regreso.   

- Vaya con Dios, m'hijo. Laura, descorchá un vino y atendé a tu marido. Enseguida los acompaño.

El tono imperativo con el que se dirige a su hija todavía me causa gracia. Le habla como si fuera una extensión de sí misma, un apéndice. Laura lo sufre. A mí me divierte. Es una viuda de ideas díscolas y de costumbres arraigadas a una tradición conservadora que se erige sobre tres peldaños inmutables: familia, patria y religión.

Marcos y Tomás, uno a cada lado, picotean una rodaja de pan. Están excitadísimos porque su abuela los llevó al teatro a ver a Carlitos Balá. Yo los escucho como puedo, con la poca antena que me queda y comento: 

- ¡Espectacular! ¿Le dijeron gracias a Mamama? 

Su abuela se acerca a la mesa con una fuente de papas crocantes y una carne asada que parece hecha por Doña Petrona. 

- Una pintura, Águeda- la elogio. 

Sirve. Se sienta a la cabecera. Se persigna. 

- Gracias, Dios mío, por los alimentos diarios. Te pido que bendigas a esta familia y que descanse en tu gloria mi difunto marido, el Coronel Guillermo Gowland. Amén. – vuelve a persignarse y da la señal para empezar a comer.

- Contanos, Pablo. ¿Cómo va el trabajo? – me pregunta con el tenedor suspendido en el aire.

- Días difíciles. Estoy llevando un caso complicado. Prefiero no hablar adelante de los chicos. Es demasiado siniestro. 

- Cuando Pablo se pone a hablar del laburo no para - dice Laura. 

- Me crucé con un compañero de la facultad. El Vasco Ortíz, un personaje. Coincidimos en varias materias. La primera que preparamos fue Derecho Privado. "Bolilla 35, Espina". No me olvido más. ¡Qué manera de pasarla mal! Tengo anécdotas entrañables de esos tiempos con el Vasquito. Cada tanto me lo encuentro por el microcentro. Se casó con una conocida de Laura, una nariz parada de apellido compuesto. ¿García González, era? 

- Teté González del Solar - aclara mi esposa. 

- ¡Cierto! Cuente usted, Águeda, ¿Qué tal la función? 

Habla. Comenta algo gracioso. Los chicos se retuercen a carcajadas. Me cuentan que comieron maní con chocolate. Yo esbozo una sonrisa pero dejo de escucharlos. Oigo sonidos inarticulados. La idea de Benítez se instala en mi mente como el juego de living de una recién casada. Mañana voy a tener que volver al penal. Los tiempos se están acortando, y nada.

- La segunda copa estuvo de más. Me dio un sueño bárbaro. ¿Lau, emprendemos retirada? - le digo apenas terminamos el flan con crema.  

Ella asiente. Tomo agua para despabilarme y manejar hasta casa. Marcos y Tomás se quedaron dormidos en el asiento trasero y Laura cabecea en el semáforo. 

- Llegamos. Hay que bajar a los chicos - la despierto.    

¡Qué largo fue este día! La caldera del edificio funciona cada vez peor. Acuesto a mis hijos con una frazada extra, bajo las persianas y apoyo el montgomery sobre el sillón capitoné, ya en mi dormitorio. Laura se quedó rendida en la cama. Debería leer el otro informe, el de la fiscalía, pero prefiero revisarlo mañana a primera hora. Es importante que pueda estar fresco para reparar en los pormenores.

- ¿Qué hacés, Pablo? Son las cuatro de la madrugada. Vení a acostarte, ¿querés? - me dice mi mujer, asomando el torso por la puerta entreabierta del comedor diario. Yo tomo un té con la rob de chambre puesta como si fueran las 10 de la mañana de un domingo. Sobre la mesa está el portafolio con el reporte de la fiscalía. Las novedades son buenas. Vuelvo a la cama.

Amanezco con las piernas de Marcos haciéndome una toma de judo a la altura de la cervical. Por suerte, en vacaciones todos siguen de largo hasta pasadas las nueve y este año no coinciden con la feria. Son las siete y pico. Me visto y conduzco al penal. 

- Buen día, Benítez. Le traigo noticias. Hallaron el cuerpo en el predio a orillas del Paraná. Se trata de un individuo de sexo masculino, de unos 50 años. El parte forense indica que por el tipo las laceraciones que presenta el cadáver, podría tratarse de un ajuste de cuentas, de un servicio. Algo profesional. El fiscal desestimó la línea que lo vincula a su causa.  

- Se lo dije, doctor. Una pérdida de tiempo. 

- Hay más. Van a llevarlo a juicio. La pericia del Dr. Frömann determinó que usted está en condiciones de comparecer ante un tribunal. Se están moviendo rápido. 

- No me sorprende. 

- ¿Qué hizo la tarde del 30 de abril? - Benítez examina mi corbata estilo escocés como si fuera un tablero y él un ajedrecista.   

- Los perros no me dejan dormir. Incluso con los fármacos no consigo pegar un ojo. Escucho ladridos. No me dan tregua. Los escucho infatigables, hasta la hora de salir al patio. Luego, ya no los oigo hasta la noche. ¿Sabe algo de mis  boxers? ¿Averiguó quién los alimenta? 

- Aún no. ¿Qué hizo la tarde que murió su esposa? - insisto-. Quiero que recuerde, que piense en los detalles. 

- Entiendo, doctor. Vea, me cuesta concentrarme en los detalles. Me ponen nervioso. Leí los libros que me trajo. Creo que "El corazón delator" es algo ingenuo. Un hombre que planea un crimen minuciosamente y que una vez que lo ha ejecutado, acaba delatándose a sí mismo... Es una idea romántica, casi de justicia poética. ¿No le parece? - No respondo-. ¿Podría traerme alguna otra antología y unos cinco o seis atados? Adentro del presidio los días son desoladores. Ya se lo dije, el tabaco es lo único que me calma.           

- Si me permite, quizás, con esto le refresco la memoria -digo con sarcasmo, mientras retiro del atelier una copia de la denuncia policial que realizó Benítez el 5 de mayo pasado. 

Una cortina de luz nos divide. Él me observa desde la silla que está detrás del escritorio. Me observa desde la sombría sala de interrogatorios de siempre, que parece ahora un espacio más frío. Benítez tiene las piernas cruzadas, refractarias. No quiere cooperar. 

- "En el Destacamento de Villa Devoto, ubicado en la calle José Cubas 4128, siendo las cinco y veintitrés de la madrugada del 5 de mayo (...)" -Leo.  

- No hace falta.  

Levanto la vista del papel- Muy bien, ¿con quién estuvo la tarde del 30 de abril? - Benítez hace silencio-   

Continúo con prisa- "(...) el suscrito encargado de la oficina de Investigación Criminal toma constancia de la declaración del Sr. Abelardo Benítez, de nacionalidad argentino, con Documento Nacional de Identidad -omito los números-, domiciliado en la calle Tinogasta -vuelvo a omitir la numeración-, de profesión arquitecto, de 44 años, de estado civil casado, con Doña Elena Sofía Carrizo, en donde expresa ante las autoridades presentes (...)".   

- No hace falta, doctor. - reitera enfadado.

- Prosigo con la firme intención de ofuscarlo- "(...) que: la tarde del 30 de abril, aproximadamente a las quince horas, llegó a su casa y encontró a su esposa inconsciente; que intentó comunicarse vía telefónica con el sistema médico de emergencias, pero que las líneas estaban ligadas; que se dirigió en su coche con suma urgencia hacia el Hospital Zubizarreta en busca de personal de salud; que chocaron su automóvil a la altura de Cervantes al 2000 (...). ¿Hay algún testigo del accidente? - pregunto. No contesta. Sigo- "(...) que el otro conductor se dio a la fuga; que debido al siniestro, presenta contusiones en el rostro; que regresó a pie; que lo dicho anteriormente transcurrió entre las 15:15 y las 17:30 horas; que al ingresar a su domicilio se dirigió a su habitación en donde encontró a su esposa ya fallecida; y que la noche del 4 de mayo le dio sepultura, no queriendo manifestar en dónde ni a qué hora". - Doy por terminada la lectura y guardo el duplicado del acta en el maletín- ¿Cuatro días después la enterró? 

Benítez se entrelaza las manos con fuerza. Se hace crujir los nudillos.

- Nos corre el tiempo. Tic- toc. ¿Qué pasó exactamente entre las 15:15 y las 17:30 horas del 30 de abril? Le estoy dando la oportunidad de redimirse, hable. 

-  El impacto entró por el costado, violento. El auto hizo medio giro y se deslizó por Cervantes hasta el cordón. Escuché una explosión. Y, otra. Un hilo de sangre me cayó por la nariz. Me sentí aturdido, mareado. Tenía  .   

Apenas me recompuse, salí del coche. Noté que habían estallado dos cubiertas. Grité, pedí auxilio. Nadie. La calle estaba desolada. Regresé a casa lo más rápido que pude pero ya estaba muerta-. Los ojos de Benítez están cargados de lágrimas. Se detiene. 

- Continúe, por favor. 

- La observé. Había algo de placidez en su rostro, una expresión de alivio. Estaba hermosa con toda su vida postrada ante mí, con toda la victoria de su muerte - Escucho el relato de Benítez anonadado, con la razonable duda sobre la veracidad de la historia. Benítez sobrevuela, divaga, ronda la carne, esquiva el huesoTenía la piel transparente, diáfana como el mármol de La Piedad. El cabello rubio y ondulado caía encima de la almohada, y tenía la gracia divina de un ángel silencioso. Recé. Lloré sin horizonte, sin consuelo. Sus ojos tenían esa tarde el color de la tierra cuando llueve en el campo. Tuve que cerrarlos. Entonces, supe que tenía que guardar sus restos para que pudiera descansar en paz. 

- No logro comprender, Benítez. ¿Por qué la sepultó antes de reportar el fallecimiento? 

- La muerte de Elena fue todo, lo ocupó todo en esa larga noche de tres o cuatro soles que me arrancó el corazón. No dejó espacio para ningún otro dolor o anhelo o sentimiento. Lo único que importaba era que había muerto. 

- ¿Y su buen nombre? 

- No, si es a costa de su memoria. Lo perdí todo, ¿por qué habría de importarme la reputación? 

- Usted dijo que el 30 de abril llegó a su casa y encontró a su mujer inconsciente. También, aseveró que ella tenía una relación extramatrimonial y que esa tarde había estado con su amante. Es la coartada perfecta, ¿no le parece? 

- Entenderá que no quiera hacerlo público. 

- ¿Por cuánto tiempo cree que puede mantenerse el hermetismo? Crimen pasional es la hipótesis más obvia. Una vez que la historia llegue a la prensa, y le aseguro que no falta mucho, se va imprimir en todos los titulares. Usted lo sabe, es un hombre listo, las redacciones son monstruos que se alimentan de escándalos. Cuanto más truculento es el asunto, más cobertura le dan. ¿Qué sabe del tipo?, ¿Quién es?

- No sé nada. Tampoco quiero saber.

El centro del miedo se disgrega. La amenaza está en decir. No dice, prefiere el confinamiento. La sombra que proyecta la figura de uno de los guardias se cuela por la rendija de la puerta, anticipando el mensaje. El guardia vocifera algo y da dos golpes como de cachiporra. El fragor indica que debo retirarme.

- Por favor, ocúpese de mis perros – Suplica Benítez. Asiento.   

El vigilante ingresa para que firme el acta. No es el sujeto de siempre, pero mantiene la misma actitud hostil que su compañero.  

- Aquí. - Señala con el índice, sobre la hoja escrita a máquina-. Concentro la vista microscópicamente en la extremidad del dedo. Una milimétrica línea de mugre delimita el borde de la uña, cortada al ras. 

Firmo. Lo sigo por el pasillo. Salgo del penal. 

Estoy atascado, detenido en otro embotellamiento. Miro con impaciencia las balizas del coche que está adelante. ¿Qué carajo pasa? Tengo la columna adormecida, las piernas rígidas. A mi derecha, una embarazada conduce un Renalut 4. Va con tres niños atrás. El mayor abre grande la boca y exhala con fuerza. Empaña la ventanilla. Luego, dibuja un Tatetí y hace la primera cruz. La nena del medio añade un círculo. La fila se mueve unos metros. A mi izquierda, el cadáver de un perro está tendido sobre el asfalto. íQué mala pata!, rezongo y me mofo de mí mismo a causa del involuntario chascarrillo. Bordeo la capital. Tomo la General Paz. Llego a Devoto.

- Buen día, señor. ¿Ubica la calle Tinogasta? - a un gordo de jogging que barre la vereda. No me escucha. Insisto con la ventana baja y con la mitad del brazo afuera- Señor. ¿Conoce la calle Tinogasta?

Me indica que siga siete cuadras - Son dos más después de la Basílica- aclara. Conduzco hasta la plaza. No conozco el lugar. Es un barrio tranquilo, de calles anchas y arces en las veredas.  

La casa de Benítez está cercada por una cinta amarilla. "Escena del hecho. No pasar", lleva impreso intermitentemente alrededor del perímetro. Me acerco, observo. El chalet es de una planta y tiene el frente remodelado. No puedo ver el interior. Las persianas están cerradas. Hace frío. Entro al coche. Enciendo el motor. Pienso en ese perro que mataron. Me quedo sentado, un rato, con las manos sobre el volante. Afuera un pájaro trina a destiempo. 

El segundero del Rolex gira, marcando un pulso sutil pero acelerado. Giro la llave sobre el tablero y me bajo. Una mujer se acerca. Querrá saber qué hago acá. Es rubia, lleva el pelo a lo garzón, de unos sesenta y pico. Me presento. Le explico que soy el abogado de Benítez. Dice que es Nora, que vive al lado, que qué tragedia, que los creía gente de buenos hábitos. ¿Qué sabe? Lo que se comenta, que está preso. ¿Y los perros?, ¿dónde están? No tiene idea. En mayo estaba afuera visitando a una de sus hijas. Me pide que espere. Espero. Cruza. Saluda a un viejo que toma mate debajo de su zaguán. Nora le dice algo. Se despide de mí con un gesto y vuelve a su casa. Él se acerca despacio.  

- Soy Clever Villegas, un gusto - me da la mano. Los nudillos le sobresalen como islotes entre los huesos, cubiertos por la piel manchada y reseca. Tiene los ojos verdes del color de las botellas y las mejillas apenas rosadas.  

Encantado, Doctor Pablo Espina. Soy el abogado de Abelardo Benítez. ¿Puedo hacerle unas preguntas? 

- Por supuesto- Toma un pañuelo del bolsillo de la campera de corderoy azul y se limpia las gotas de mucosidad aguada que le caen de la nariz. Se disculpa, es que anda resfriado. 

- ¿Hace cuánto vive acá? Hace 46 años. En Devoto, desde que nací- afirma la posición de su boinadándole un toque desde la punta hacia abajo. Luego, se contiene y fija la vista en un par de palomas que reposan sobre el tendido de luz.  

- Mire, yo no creo que él haya sido capaz - lanza con la voz entrecortada. 

¿Conocía bien a Benítez? 

- De toda la vida. La madre de Abelardo es prima de mi señora. Bah, era. Murió de cáncer cuando él estaba en la universidad. Un ser humano excepcional, Gloria. Una persona humilde, íntegra, de buen corazón. Era maestra de matemáticas de la Escuela Nº 15. La que está acá nomás...

-  No soy de la zona - aclaro y cambio el curso de la conversación- Y a Elena Benítez, ¿Cómo la describiría? 

- Elena de carácter afable. Bonita, sin dudas. 

-  Y ¿la relación entre ellos?  

-  Al principio normal. Luego cambió. 

¿Por qué

- El fallecimiento del hijo, supongo. Enterrar a una criatura debe ser de un sufrimiento inigualable.  

- Ajá. Difícil sobreponerse. ¿Qué le pasó? - pregunto sorprendido- 

- Muerte súbita. No llegó a cumplir el año. Fue una catástrofe. 
 Tremendo, por cierto. ¿Cuándo sucedió? 
- Hará diez años. Pero, usted sabe...
- Por supuesto. 
- Sin dudas, la Iglesia los mantuvo a flote. A veces, la fe es lo único que nos salva. Él se aferró completamente a la religión. Y ella, bueno... al tiempo, le ofrecieron trabajo en la secretaría de San Antonio de Padua. 
- ¿En la Basílica? - Indica que sí con la cabeza. Continúo- Ah. Pasé de camino, es vistosa - Y otra vez tuerzo el eje del diálogo-  ¿Qué sabe de los perros? 
- Se los llevaron hace unos días.   
- ¿A dónde? 
- No podría responderle. Mejor hable con Valverde, el veterinario. Él hacía negocios con la señora de Benítez. Quizá, pueda ayudarlo.
- ¿Negocios con los perros? ¿Qué clase de negocios? 
- La verdad, no lo sé. Pero la última vez que los vi discutían a los gritos. 
- ¿Por dinero? 
¿Qué decirle? Había rumores... Un picaflor siempre busca el néctar.
- Está claro. Gracias. Le dejo la tarjeta con el número telefónico de mi despacho. Cualquier información que recuerde, por favor, no deje de comunicarse. Hasta luego.- Saludo y regreso al auto con la certeza cartesiana, Cogito ergo sum. 

Manejo algunas cuadras, voy en zigzag. Elijo aleatoriamente hacia dónde doblar para encontrar la veterinaria. Quiero hablar con el tal Valverde, me urge. Apuro la marcha. En estos barrios los comercios cierran generalmente al medio día. Una cuadra antes de la , veo un pequeño centro. En la esquina, una inmobiliaria. "Sherman propiedades", reza la marquesina que va de lado a lado. Luego, hay una verdulería, un kiosco, y un almacén. De la mano de enfrente, una heladería y la veterinaria.  

El aroma a boloñesa va directo desde la sartén de una vecina hasta mis fosas nasales para recordarme que es la hora del almuerzo. 

1. PABLO TIENE QUE IR A LA VETERIANARIA. AHÍ LE VAN A DECIR QUE EL VETERIANARIOI NO APARECE DESDE HACE UN TIEMPO. 

2. PABLO LO LLAMA AL VASCO PARA PEDIRLE INFORMACIÓN

3. EN EL MEDIO COMIENZAN LOS DESAGUISADOS EN CASA DE PABLO. SU RELACIÓN CON LAURA SE VE PERJUDICADA POR SU OBSESIÓN CON EL CASO.

4. EL VASCO LE DA LA INFO DE QUE VALVERDE ESTÁ CON PEDIDO DE CAPTURA POR PRÓFUGO. 

5. PABLO VA A LA IGLESIA Y HABLA CON EL PÁRROCO. El párroco le dice que se iba a contactar con él para saber de Benítez y pedirle la llave de la secretaría. En uno de los laterales, a donde están las criptas. Ahí, hay una mosca negra que da vueltas insistentemente. El párroco le dice que hace unos días que están las moscas ahí. Que ya no sabe cómo sacarlas. Esas moscas son las moscas de la muerte. Pablo le dice que llamen a la policía porque ahí adentro hay algo que se está descomponiendo. Efectivamente encuentran el cuerpo de Elena, en estado de putrefacción. 

6. Descubren que murió por sobredosis de anestesia. La idea de que murió como un perro. 
7. Liberan a Benitez por falta de mérito. Ahora las pruebas parecen indicar que Valverde mató a Elena y que él, como dijo desde el principio, producto de un shock emocional por encontrar a su mujer en ese estado, la enterró. 

8. La situación en casa de los Espina ya es sumamente tensa. Laura y Pablo no se escuchan, solo se recriminan falta de atención y exceso de reclamos. Laura decide irse con los chicos de vacaciones al campo de los tíos, con su madre, hasta que las aguas se calmen. Pablo habla con El Vasco sobre su situación matrimonial, su estado mental, la obsesión que le despertó el caso que no pudo resolver, etc. 

9. Pablo va a la casa de Benítez para dialogar. La propiedad ya está liberada y no forma parte de la evidencia. Pablo encuentra un pedazo de documento de identidad en el jardín. Inmediatamente se da cuneta de la coartada. Benítez mató a la esposa con una dosis de anestesia canina. Simuló el incidente del coche. Mató a sangre fría a Valverde y desapareció el cuerpo. Luego, tomó su documento de identidad y compró un boleto de ida al Paraguay, pero regresó con su propio documento. Y entonces, realizó la denuncia policial. 

10. Benitez lo mira absorto, como quien mira a un desquiciado. No sabemos si Pablo enloqueció. Benitez le pregunta dónde enterró el cadaver de Valverde. 

- Los perros, Benítez. Los perros. 


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"La Nación, 21 de junio 

Sobre la desaparición del señor Eugenio Valverde 

Se presume que el susodicho se dio a la fuga el 3 de mayo último. Fuentes policiales informaron a esta redacción que Valverde podría haber sido identificado por un conductor de ómnibus de larga distancia, quien habría confirmado que el sujeto fue trasladado por él la noche del 3 de mayo hasta el departamento paraguayo de Boquerón, en la ciudad de Loma Plata.

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"La Nación, 4 de noviembre 

La decisión del magistrado de dictaminar la falta de mérito en el caso Benítez se basó en la estrategia de la defensa que vinculó la causa con la denuncia por el desconocimiento del paradero de Valverde. 

Vecinos del barrio de Devoto afirmaron que Valverde, de profesión médico veterinario, tenía contacto estrecho con la difunta Elena Sofía Carrizo de Benítez, cuyo esposo fue recientemente sobreseído por el delito de "Homicidio agravado por el vínculo" por el Juzgado Federal N°12, a cargo del juez Dr. Celestino Ezcurra. 

Esto coincide con el aporte realizado por uno de los testigos, el señor Clever Villegas, vecino de Benítez, quien declaró ante las autoridades "haber visto a Valverde en plena gresca con la difunta el medio día del 30 de abril pasado" - fecha en la que se vió a Carrizo de Benítez con vida por última vez-. Villegas, también aseveró que "los vio discutir desde la vereda y que no le pareció que se tratara de una conversación profesional acerca de los perros que comerciaba junto a la Sra. de  Benítez". 


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