jueves, 21 de agosto de 2025

Disney

Había que ir a Disney. Hacía dos años que mi hija de nueve me preguntaba casi a diario cuándo íbamos a hacer ese viaje. El papá de Emi, su mejor amiga, la llevó el año pasado, y sus primos, los hijos de mi hermana Natalia, fueron hasta que la mayor cumplió 16 y le dijo a la madre que tenían que ir de vacaciones a Punta, en la segunda de enero, como todo el mundo. “Como todo el mundo”, se despachó la pendeja con ínfulas de emperatriz bilingüe de barrio cerrado. Yo, que estaba tirado en la reposera contigua a la de mi sobrina, me quedé callado, pero pensé que mi vieja me hubiese encajado un flor de bife si le salía con una cosa así. Nosotros nos poníamos contentos si, con mucha suerte, íbamos a las Toninas. Ellos pretenden Disney o Punta en la segunda de enero. La distancia es relativa.
Jorge mi cuñado, el marido de Natalia, es cirujano plástico, y entre un hoyo de golf y otro, mete una cirugía de tetas o de nariz, y levanta treinta o cuarenta mil dólares, o no sé cuánta guita al mes. Mi hermana es influencer. Publicita productos y servicios en sus redes sociales: ropa, hoteles, restaurantes, cremas, yogures, viajes. Tiene público para todo y una ganancia neta del 1 al 5 que ronda los ocho palos. En cambio, Delfina, mi mujer, dejó de laburar hace años para cuidar a los chicos, armó un emprendimiento de repostería y se dedicó a jugar al tenis. De vez en cuando, las mamis del Saint Laurant, le encargan la mesa dulce de los cumpleañitos. Sin gluten. Eso es todo. En un mes de mucha producción junta quinientas lucas, lo que significa que con su plata podríamos pagar media expensa o una semana de supermercado. Es así, aunque Delfina hable con sus amigas de su proyecto como si fuera Maru Botana. “Cup cakes gluten free con toppings”, le dicen estas boludas, que son fundamentalistas de la alimentación saludable. Antes, se llamaban madalenas con cobertura y se hacían con harina de trigo. Punto. A mis pibes les dan tomates cherry en vez de chicitos, y sus amigos se subieron a un avión antes que a un colectivo de línea.
 
Yo tengo una PyME con veinticuatro empleados a cargo que hace seis meses no cobran en tiempo y forma, dos millones de cheques sin fondo, una catarata de cobradores que me putea a diario, dos juicios con ex empleados, un concurso de acreedores y un amplax de dos miligramos en sangre por noche. Hace meses que no pago el seguro de los autos, ni la cuota del club. Delfina me presiona con la deuda del colegio. Dice que la llamó la administradora y que si no cancelamos antes del quince van a echar a los chicos. Que soy un hijo de puta, que no puedo hacerles pasar tanta vergüenza, me grita mi mujer indignada.
A Yavita la estoy pedaleando para que no renuncie. “Aguantame un poco. La semana que viene te doy el sueldo del mes pasado y el del anterior” Y la peruana banca porque hace diez años que trabaja en casa y quiere a mis hijos como si fueran sus nietos. Pero cuando bajo a la cocina y la encuentro preparando el desayuno, siento una culpa que no puedo más. ¡Estoy jodiendo hasta a esta pobre mina!
Le debo guita a mi cuñado, a mis amigos, a medio país. Incluso, puede que vaya en cana por evasión. Esa es la verdad: estoy al borde de la quiebra, sucio como una papa y cagado hasta los calzoncillos de que un día un acreedor me meta un balazo en la cabeza y me tire a una zanja.
El primero en amenazarme fue Igarzábal, hace dos meses. Igarzábal es el dueño de una financiera que inyectó nueve millones de dólares en la empresa sin ninguna otra garantía que mi palabra. Esa noche hubo una cena de negocios en Happening con champagne extra bruit hasta las dos de la mañana. Salí en pedo desde la Costanera y manejé mamado hasta Pilar. Llegué a casa eufórico, creyendo, como un pelotudo, que iba a salvar la compañía. Así como venía la desperté a Delfina y cogimos a lo bestia. No sé si intuyó que las cosas habían salido bien, pero no preguntó. Simplemente, se quedó dormida después del orgasmo.
Después de unos tres meses de bicicletear al que era mi principal inversor y tras un sinnúmero de mensajes sin responder, el tipo se cansó de las buenas formas y se presentó en mi oficina a lo guapo, con dos matones en la puerta y un chumbo sobre el escritorio.
Como Igarzábal, hay dos o tres que me amedrentan con mensajes mafiosos. Por eso, cuando Maia me pregunta cuándo vamos a ir a Disney, yo le contesto pronto. Lo que no digo es que, aunque en este momento no tenga veinte mil dólares para gastar con Mickey Mouse, la magia se va a hacer realidad uno de estos días. ¿Cuándo? Cuando finalmente, me agarre un bobazo y tu madre cobre mi seguro de vida.

 

 

 


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