domingo, 14 de diciembre de 2014
El beso
Quiso el momento no ser,
Quiso el deseo ser torpe
Y el silencio, suceder.
jueves, 25 de septiembre de 2014
Ausencia
viernes, 4 de julio de 2014
Enero
viernes, 30 de mayo de 2014
l'amour a tort
viernes, 28 de marzo de 2014
La funesta historia de Yvonnette Denoir
Dicen
que “Nadie muere en las vísperas”. Pero, ¿quién podría afirmar que ella tenía
la hora estipulada? Deben saber que cuando digo “ella” me refiero a un demonio
encarnado en el cuerpo de una mujer, porque sólo una criatura infernal es capaz
de tanta malicia.
El
tema del que quiero hablarles, amigos, no es una cuestión menor, dado que se
trata de la vida y de la muerte, y de la liviandad. Para que comprendan, les
explicaré en detalle lo que pasó: ella – confesaré que me obligaba a llamarla
Madame Yvonnette– tenía una imaginación frondosa y se le ocurrían diversiones
bastante macabras.
Tenía
gustos excéntricos, era aficionada a conductas sexuales malsanas. Una vez me
pidió que me pusiera un camisón de su difunta madre y que le diera unas fuertes
nalgadas. En otra oportunidad, me suplicó que la atara de pies y manos con unos
alambres que había hurtado de una casa en construcción. A menudo, me
inducía a forzarla, le excitaba que hubiera cierta dosis de violencia en el
acto sexual. Creo que encontraba placer en el sometimiento, como si ese juego
invirtiera la relación de poder. Sepan que no revelo estas preferencias para
juzgarla, sino para ilustrar que Yvonnette Denoir elucubraba ideas retorcidas y
tenía comportamientos tortuosos.
Nos
conocimos hace más de veinte años a la salida de una función en el Cosmos,
cuando los dos vivíamos en la zona de Congreso. Recuerdo que fue en invierno
porque faltaban pocos días para mi cumpleaños, y esa noche hacía tanto frío
como puede hacer en Buenos Aires en pleno julio. El asunto es que fuimos a ver
un film tipo documental sobre una salita clandestina en donde se practicaban
abortos. La película se había rodado con escaso presupuesto, tenía escenas muy
bien logradas y una estética original, con planos cortos y coloridos; una
propuesta transgresora basada en la trama psicológica de la protagonista.
Les
sugiero que la busquen en alguna videoteca por el nombre del director, un tipo
de apellido vasco, un tal Lander Etchabarri, y que la incorporen a su
antología de clásicos.
Me
concentraré en relatar mi historia: salí conmocionado de aquella sala, encendí
un cigarrillo y empecé a fumarlo despacio. Por alguna razón, esa obra me trajo
a la mente las primeras líneas de lo que sería mi ópera prima. En ese momento, estaba
a punto de iniciarme como crítico en Manifiesto Celuloide, una revista
especializada para cinéfilos que salió del circuito under en los ochentas
y llegó a tener más de nueve mil suscriptores en la década siguiente.
Ahora continúa editándose en versión digital como una publicación de culto.
En
esa época me sentía atraído por el ecléctico universo del indie y me
entusiasmaba la idea de escribir sobre las grandes obras del cine
independiente. El documental en cartelera fue la excusa, el puntapié para
introducir el verdadero tema con el que estaba fascinado.
Esa noche Madame Yvonnette y yo iniciamos un diálogo
pasajero, estúpido, un sinsentido, que ahora se volvió una imagen plena,
insomne, vívida: ella tenía un tapado de paño gris hasta las rodillas, una
bufanda roja – su color preferido– y un gorro ruso de piel de conejo. El pelo
rubio y ondulado, los ojos oscuros, la tez blanca. Imagínenla, delante de un
afiche del que parecía haberse escapado con un paquete de Le Mans en la mano
derecha y un indiscutible parecido a Catherine Deneuve. Notó que la observaba y
se acercó para pedirme fuego:
—
Avez-vous un briquet? — Me preguntó con voz suave, casi un ronroneo.
—
Oui, madame. Ici il a — Le contesté con un francés tímido adquirido
rudimentariamente gracias al séptimo arte.
— Merci. Avez-vous aimé le film?
—
Oui, mais je ne parle pas français.
—
Je comprends. Au revoir. — Se despidió mientras echaba el humo por la boca
sensual y carnosa.
Encendí otro cigarrillo y caminé hacia mi departamento – a unas veinte
cuadras del lugar–, al tiempo que meditaba sobre la nota que redactaría y la
manera más elocuente de presentársela a mi editor. Llegué al edificio, abrí la
antigua puerta de hierro, subí por las escaleras hasta el primer piso y escuché
el ladrido de Dziga, el terrier ruso que me había regalado mi madre hacía
cuatro años. Estaba cansado, me quité los zapatos y con una copa de coñac me
senté a mecanografiar. Por esos días, pasaba largas horas con dos compañeros
entrañables: mi perro y mi noble Remington, una máquina de escribir a la que
atribuyo un enorme contenido simbólico.
Al
día siguiente me dirigí a la redacción con la convicción de que el artículo sería un suceso. Me
equivoqué. El editor me destrozó. Dijo que el material ni siquiera era
publicable, que tenía vicios severos y pasajes poco claros. En síntesis, dijo
que debía rehacerlo. Me fui de la oficina con la moral por el piso y con una
extraña melancolía por una novia que me había dejado hacía bastante tiempo,
antes de que mi madre me obsequiara a Dziga y mucho antes de que me apasionara
el cine experimental de Vértov y su teoría del Cine-ojo.
Tomé
el subte de vuelta a casa. Estaba en la segunda estación – eran cuatro en
total– cuando ingresó al vagón una mujer que llamó mi atención aún más que la
femme du cinéma. Pensé que había encontrado a la sosias de la francesa; pues,
había una semejanza extraordinaria entre ambas, aunque con una diferencia
notoria en el look: la segunda llevaba la melena castaña con corte carré, el
flequillo lacio y tupido – igual que la crin de una yegua–, tenía jeans ajustados,
una campera de cuero negro con las hombreras pronunciadas y una cartera
estampada en una tela que reproducía Las latas de Sopa Campbell. La diferencia
de estilo – el uno, conservador y femenino; el otro, moderno y varonil– logró
confundirme. No obstante, la memoria visual es un arma que nunca me falla, por
lo que en contadas excepciones olvido un rostro. Por segunda vez, estaba frente
a Yvonnette Denoir.
—
Qui se passe AVEC VOUS, monsieur? Vous n´allez pas dire bonjour? – La
traducción literal es «¿Qué le pasa, señor?, ¿No va a saludarme?». Aunque, por
su entonación me hizo entrever una oración del tipo de: «¿Vas a seguir mirándome
con esa cara de marmota?»
Dio
una carcajada algo áspera y poco delicada que sonó como un ronquido. Luego,
retomó la compostura para convertirme – de nuevo– en su objeto de burla: me
sugirió que tomara lecciones de francés si planeaba frecuentarla en lugares de
acceso público. Esa fue la segunda ocasión en la que Yvonnettee Denoir me hizo
sentir un soberano idiota. La segunda, por lo que – apreciarán– hubo una tercera,
una cuarta, una número mil. Aquella manerita lozana con la que a
mí se refería con el tiempo llegó a irritarme tanto que mi ego
agonizó a causa de un deseo punzante y febril.
Permanecí
callado algunos instantes. Quizá, porque la elocuencia me abandona más a menudo
de lo que quisiera, o porque la cobardía siempre – o casi siempre– me acompaña.
Recuerdo que quedé preso en un único pensamiento: descubrir cuál de las dos
Yvonnette sería más la fiel al original, y si habría otras versiones que se
anunciarían en la marquesina de mi vida, como remakes de un clásico. Se levantó
del asiento y me informó que debía bajarse en la próxima parada, que también
era la mía. Caminamos en silencio hasta que a la salida del metro me armé de
coraje:
—
¿Qué le parece si tomamos un café? Pensará que soy un atrevido, pero en vistas
de que mi jornada laboral ha sido un fracaso y de que usted se ha mofado a mis
costillas durante los últimos minutos, contribuyendo sobremanera a que mi
existencia sea aún más miserable, considero justo que resarza el daño y me
devuelva un poco de dicha, acompañándome con un café – Respiré hondo– ¿Qué me
contesta?
Accedió. No porque estuviera interesada en mí. Asintió porque era la
clase de mujer que no tiene demasiadas amistades. Así era Yvonnette Denoir: una
realista innata, con una connatural desconfianza a la humanidad y un particular
resquemor al género femenino. Durante los meses en los que nos mantuvimos en
contacto, sólo la escuché mencionar a su única amiga, Elisa Planchadel, a quien
nunca tuve el agrado de conocer. No obstante, Madame Yvonnette tenía una
profunda necesidad – quizá, la misma que yo– de conectarse con otro ser en el
mundo. Creo que fue lo que sucedió en aquel bar, en donde charlamos acerca de
una infinidad de tópicos, clichés, lugares comunes: cine, música, pintura,
fotografía, literatura. El día cedió paso a la tarde, y el café al brandy. Me
reveló que habían pasado varios hombres por su vida. Que se había casado con
uno a quien vio morir poco después de la boda, fulminado por un cáncer de
pulmón – que hizo metástasis en el cerebro–. También, me confesó que era la
amante de un tipo, casi treinta años mayor que ella. El hombre, que era dueño
de una cadena hotelera, le había comprado una propiedad en Barrio Parque
gracias a la cual cobraba una cuantiosa renta, por lo que podía abocarse a
desarrollar su arte: la fotografía. Esa tarde, me explicó que el sujeto en
cuestión había tenido un affair con su madre. Al tiempo, se sinceró y me
confesó que había sido una relación extramatrimonial sostenida durante años. Ya
mi adoración por ella era ciega y su posesión sobre mí radical. No la juzgo por
eso. En cuanto a mí concierne, dudo que pueda perdonar que me haya condenado a este
silencio, abstención que me corroe con el desenfreno de una rata que mastica la
carne que arrancó de algún hueso.
Nos
fuimos del bar cuando la calle estaba a oscuras y me dio la impresión de que la
bebida le había surtido efecto. Es taba ebria y hacía alharacas de cuanta
estupidez yo pronunciaba. Me resultó maravilloso ese momento; pues, la mujer
reunía una combinación explosiva de atributos: era desmedida, deslenguada,
deslumbrante… despampanante. Era Eva, la manzana y la serpiente, y las avenidas
porteñas, una adaptación postmoderna del Jardín del Edén. La tomé del
brazo para cruzar de vereda, en un gesto simple que evidenció la tentación de
volverla mía. Se soltó.
–
Je ne veux pas qu'ils me voient avec vous.
Me
advirtió que no me equivocara, que no quería que nos vieran juntos. Apenas
logré comprender que no quería que nos vieran juntos.
Hallé
de lo más snob que expresara su desapruebo en un idioma ajeno. No se lo dije, tantas
cosas que callé mientras estuvimos juntos. De todos sus vicios, el hecho de que
sólo me expresara su desagrado en francés era el más detestable. Lo hacía
adrede para que no pudiera defenderme, porque ella recurría al conocimiento con
la misma finalidad que los pueblos conquistadores se sirvieron de la pólvora.
Subrayo – disculpen la pedantería– que empleo el término “conquistadores” y no
“invasores”, porque la invasión se logra a través del uso de la fuerza; en
cambio, el concepto de conquista implica el aditivo de ganar la voluntad,
terreno en el que Madame Yvonnette era especialista.
No
omití palabra en lo que quedó de camino, y debió percibir mi enfado, porque al
arribar a su apartamento me invitó a subir. "Ha hecho usted una maniobra
brillante”, pensé. Al ingresar se quitó la ropa. Todo. Completo. Rápido. Esa
noche fui poeta, físico, astrónomo, y me convertí en un estudioso de los
movimientos, de la gravitación de los cuerpos, un conocedor de los ejes, de los
prismas, del tiempo, la nada, la yuxtaposición, el eclipse. Las yemas de sus
dedos por mi espalda, sus pezones en mi boca, la lengua tersa, los dientes… Y
esa mirada desafiante presagiando el placer, el dolor, el latido.
Observé
que en su habitación había más de una docena de pelucas de diversos colores,
largos, texturas y peinados. Algunas, por cierto, eran de lo más disparatadas. Todas
estaban colocadas en maniquís de peluquería sobre una larga y angosta cómoda de
madera, arriba de la cual reposaba un espejo. Sepan disculpar los pormenores.
Iré directo al grano.
Al
inicio de este relato, queridos lectores, los hice partícipes de las
confidencias más oscuras de esta historia y les anticipé que Madame Yvonnette
dio inicio a un divertimento macabro, a un pasatiempo nefasto, que acarreó
severas consecuencias para ambos. Consistió en resignificar el acto sexual
asociándolo a otra pulsión mucho más inconsciente: la aniquilación del yo.
Entiendan que pretendo ser lo más taxativo posible y que al decir
"aniquilación del yo" no busco apelar a discusiones pasadas de moda
sobre la pérdida o la recuperación del ego mediante la copulación; así como
tampoco procuro evocar imágenes poéticas mediante metáforas u otros recursos
literarios, sino que la finalidad de estas oraciones es que comprendan el por
qué de mi perturbación. Aclarado esto, intentaré reconstruir el ominoso diálogo
que tuvimos aquella noche, y que se reiteró, como un regodeo, tras cada
relación sexual:
—
Si tuvieras que elegir entre todas las maneras posibles de quitarte la vida,
¿cuál sería?
—
¿Por qué habría de quitarme la vida?
—
Porque es la consigna.
—
Optaría por aquella que me garantizara mejores resultados. No hay nada más
patético que un suicida que fracasa debido a su torpeza o por imprecisiones de
cálculo.
—
Es cierto, pero ¿cuál de todas las posibilidades te parece la mejor?
—
¿Cuántas se te ocurren?
—
Muchas.
—
¿Por ejemplo?
—
Saltar de un edificio.
—
Vivvís en un segundo piso y yo en el primero. No tendríamos éxito.
—
Me lanzaría desde el último.
—
Podrían verte los vecinos y llamar a la policía. Algo bochornoso. ¿Cuál sería
el propósito de quitarme la vida?
—
Dejar de existir.
—
Ok. Me arrojaría a las vías del tren.
—
¿Y joderle la vida al resto de los pasajeros? No, gracias. Además, sé de casos
en los que han sobrevivido con piernas y brazos mutilados.
—
Es verdad… Mejor, me tiraría de un muelle con una roca encadenada al pie.
—
Por supuesto que no lo harías – sonrió–. Implica excesiva logística y hay otras
formas que requieren menos esfuerzo.
—
¿Cuáles?
—
No sé, tomar un frasco de medicamentos o dejar la llave de gas abierta.
—
Lo de las pastillas podría terminar con un lavaje de estómago y un chaleco
blanco reforzado en el pabellón de insanas peligrosas.
—
¿Pero lo del gas?
—
Podría ser. Tus pulmones se irían llenado de monóxido de carbono
mientras duermes. Es accesible y no hay sufrimiento. De todos modos hay
algo que no mencionamos.
—
¿Qué cosa?
—
Colgarse.
—
¿Ahorcarse? Dicen que es horroroso ver un cuerpo estrangulado, que el cadáver
se hincha, se le ponen las uñas moradas y se le entumece la piel. Me imagino
que el olor que emana un cadáver que lleva días descomponiéndose debe ser
repulsivo. ¡Nauseabundo!
—
Un gasto innecesario de maquillaje para los sepultureros. Así que si estás
pensando en suicidarte, ahorrales el trabajo insalubre, ¿querés? Creo que lo
del gas, es tu mejor opción – bromeé.
Dormí profundo como si un sueño plomizo se hubiera apoderado
de mi inconsciente a causa de una especie de letargo. Tuve una pesadilla húmeda
– no pegajosa, sino atemorizante– en la cual corría detrás de una mujer por un
parque verde y hermoso, regado de flores azules de jacarandá. Ella huía y yo la
buscaba con ansias, pues parecía un ángel con el rostro arrebolado. Luego,
entrábamos por un túnel lúgubre que conducía a un esplendoroso teatro. El
lugar, poblado de palcos con elegantes cortinas de terciopelo carmín y columnas
de mármol, estaba infestado de un público fervoroso. Todos se
excitaban con ímpetu al oír el programa de piano de un concertista
avezado, agitando sus cuerpos cubiertos por
atuendos teatrales y ocultando sus rostros con máscaras
carnavalescas. Luego, un mórbido silencio, y después gritos: la mujer - a
la cual yo perseguía- masticaba el corazón del artista, que lanzaba
sangre a borbotones por la nariz y por la boca.
Yvonnette
Denoir me escribió varias cartas. Todas extensas, salvo la que me entregó Marta
– la inquilina de abajo– aquel 17 de noviembre. Se suponía que yo debía
encontrar la misiva. Lo demás, salió tal cual ella lo había planeado: la viga,
el banquito, el cable y el criminal espectáculo de verla suspendida en el
aire.
Dicen
que "Nadie muere en las vísperas" y que el hedor que despide un
ahorcado es penetrante. Entonces, lo supe. Les aseguro que ella era de los dos
la más astuta y que no se equivocó al escribir su última línea: "Vous
n'allez pas à comprendre" (Tú no lo comprenderás).
viernes, 24 de enero de 2014
Impresiones
Vuelve urgente a mis oídos
El silencio
Porque el hierro crispa
La sórdida vía,
Subterránea y oscura.
¿En qué vericuetos
De la memoria andarás?
Lejana y dormida
Vagas entre las sombras
Artificiales del vagón.