miércoles, 21 de mayo de 2025

El Fin del Deseo

El fin del deseo tuvo un principio. Quienes somos mayores lo recordamos bien. Esa tarde comenzó con el nombramiento del nuevo Papa Benedicto XVII. Los medios de comunicación transmitieron la noticia con euforia. En la televisión se sucedieron las imágenes en vivo de la Plaza de Roma abarrotada de católicos y creyentes flameando banderas de congregaciones y nacionalidades, y el clima de entusiasmo en ciudades y pueblos, con sus habitantes celebrando la llegada del Sumo Pontífice. Ese fue el primer impacto de la transmisión, el ánimo de fiesta.
Benedicto abrió su pontificado con un discurso de quiebre con la posición de apertura de León XIV, su antecesor. Tras el anuncio cardenalicio “Habemus Papam”, se asomó al balcón de la Basílica de San Pedro con la sotana blanca y la capa roja tradicional, y tras el vitoreo y los aplausos de los fieles hizo una plegaria en latín por la sagrada familia. Después, dijo – en un perfecto italiano - algo así como que los tiempos en que vivimos traen males que atentan contra la institución más fundamental, y que hay que rezar por los corazones de los hombres y mujeres que se han perdido en el camino del Señor.
Inmediatamente, vimos en la pantalla los saludos vía Zeta de los líderes de Estado. Los primeros fueron los de la ultraderecha. Los conservadores de la región Centro y Sur de Europa dieron su enhorabuena en la red social casi al mismo momento que los líderes escandinavos y que el resto de la extrema derecha europea. Unos segundos más tarde, llegaron los mensajes de Estados Unidos y los de los gobernantes latinoamericanos situados en el mismo arco político: Chile, Colombia, Paraguay y México.
Como era de esperarse, las palabras inaugurales resonaron en los cinco continentes y hubo uno o dos días – al menos- en que todos fuimos teólogos papistas. La prensa enseguida instaló en agenda el tema central de la alocución, dando visibilidad a formas de pensamiento que habían sido sepultadas hacía décadas. Facciones de derecha y ciudadanos de a pie con ideas afines, así como agrupaciones neonazis, fóbicos, extremistas y conservadores de raigambres diversas expresaron sus opiniones, generando una ola de violencia espiralada que culminó con marchas y contramarchas a favor y en contra de movimientos sociales pro feministas, LGTB y de minorías sexuales.
La respuesta de los gobiernos no tardó en llegar. Una sucesión de reprimendas públicas a protestas, encabezadas por mujeres de todas las edades y razas, culminaron en verdaderas masacres. La cobertura de los cruentos incidentes en todo el mundo polarizó a la opinión pública global. “Voces autorizadas” – sociólogos, médicos, leguleyos – legitimaron las reprimendas en debates mediáticos, dando espacio a teorías arcaicas basadas en el odio y la discriminación.
La Iglesia recogió el guante. Un concilio ecuménico y espiritual inédito que congregó a las cúpulas religiosas tuvo lugar por esos días en Roma. Finalizado el sínodo, maestros, pastores y gurúes, hicieron un llamamiento común a la oración por la paz. Benedicto también pidió penitencia. Pero lejos de tender puentes, la Iglesia avivó el fuego cuando – días después - el Papa publicó su primera encíclica, “Familia vel exstinctio”.  
El documento, que en español se titula “Familia o extinción” es un despliegue argumentivo de por qué la familia biparental, con géneros definidos, con un padre proveedor, una madre cuidadora e hijos biológicos, es la única forma posible para la condición humana.
El texto que aún conservo, es de unas ciento cincuenta páginas, y está basado en quince postulados que refuerzan esta idea y comienza sus fundamentos alegando – cito-: “La curva demográfica ha disminuido en todo el mundo. No solo los países más desarrollados, como Noruega o Suiza, enfrentan el problema de la pirámide invertida; sino también y más crecientemente, el problema de la natalidad se da en países en vías de desarrollo como la India y Angola, demostrando que la raza humana está en extinción (...)”
Luego, el Obispo de Roma se explaya en los factores de origen social, económico y moral que explican la aplanada demográfica. En el primer punto destaca “cómo la ambición material de las jóvenes, el deseo profesional de las mujeres por lograr éxitos en sus carreras y logros mundanos, posterga la natalidad socavándo sine qua non la naturaleza del hombre. Problemas de infertilidad como nunca antes registró la ciencia, surgen de sociedades con mujeres que esquivan sus responsabilidades, dándole la espalda a la creación, la vida y al género humano (...)”.
La Iglesia continuó al frente de su cruzada pro familia con un plan de propaganda patriarcal. Citas bíblicas como “Dios creó a Eva de una costilla de Adán” fueron parte de esa campaña de posicionamiento machista que se desplegó en los centros neurálgicos de las ciudades más icónicas de Occidente.
El efecto comunicacional fue inmediato. Sentimientos discriminatorios despertados recientemente, tras un breve período de adormecimiento, pusieron otra vez sobre el tapete viejos resentimientos con demostraciones palpables de poder.
Las gigantes tecnológicas como Microsoft y Google fueron punta de lanza. Las mujeres fueron desvinculadas de sus puestos en directorios y de altos cargos, bajo banderas corporativas de responsabilidad y compromiso con el futuro. Otras grandes, siguieron la línea, con despidos masivos en mandos medios y del personal femenino en las bases.
Los niveles de desempleo para el género se tornaron más y más significativos, afectándolo como nunca antes. La situación para las mujeres se agravó, por un lado, porque la mayoría fue reemplazada por hombres “más competentes” o por máquinas con altas capacidades de gestión. Por el otro, porque muchas tomaron la opción del despido voluntario, encontrando en el hogar una posibilidad de refugio ante la agresión diaria. Apenas, algunas pocas lograron conservar puestos informales. Las menos cualificadas fueron beneficiadas durante esos años iniciales, porque las tareas de cuidado aún eran funcionales al orden establecido.  
El patriarcado se ejerció sobre todo en ámbitos de representación pública. En los recintos parlamentarios se debatieron, primero, las normas que habían sido las últimas conquistas del feminismo en el siglo XXI. Las leyes de interrupción del embarazo fueron derogadas y se desfinanciraon programas de erradicación de la violencia, incluso en gobiernos moderados como los de Francia y Canadá. 
Los siguientes años se sucedieron con derrotas titánicas. Asociaciones, ONGs y entidades organizadas con todo tipo de estatuto, llevaron incanzablemente el reclamo a intancias de la Corte Internacional de Justicia, cuando Estados Unidos avanzó con la primera quita de  derechos civiles y patrimoniales a las mujeres.
Esto se tradujo en dos leyes - surgidas por iniciativa popular y aprobadas por mayoría de ambas cámaras – que les quitaron a las norteamericanas la potestad de adquirir o conservar bienes propios, pasando sus pertenencias a esposos, padres o hermanos. Asimismo, la eliminación de la facultad de ser representadas en espacios políticos, perdiendo el derecho de manifestarse políticamente, participar en elecciones con cargos, y fundamentalmente, su derecho a voto.
Fueron pocos los que opusieron resistencia. Algunas fuerzas disidentes, algunos movimientos  debilitados con escasa financiación intentaron ejercer presión para reabrir el debate en los medios de prensa que aún no habían sido coptados por la ideología dominante. La WNN – CNN para mi generación - tuvo un rol crucial en ese momento, con la puesta al aire de un extraordinario documental que cuestionó a fondo el status quo emergente. El informe presentó una escandalosa cantidad de testimonios de víctimas, mujeres y niños de todas las nacionalidades y credos, ejerciendo la prostitución y en situación de calle, y pidiendo refugio en las mismas iglesias e instituciones que los habían eyectado del sistema. Nadie en las cúpulas se sensibilizó. 
El nuevo orden fue inminente. Con Estados Unidos a la cabeza y la financiación del Vaticano a los países pobres, el arco europeo y los Estados americanos se plegaron en cuestión de meses a la reducción normada del género femenino a un estado de cosa. En un retrocesso inigualable, las mujeres quedamos relegadas legalmente a la condición de ganado y nuestra única función pasó a ser la de cuerpo gestante.
Una categorización femenina basada en castas irrumpió en consecuencia. Ya confinadas y sin derechos, debimos asegurarnos el sustento con una buena porción de hijos. Las que tuvieron más de doce, las más productivas, gozaron de cierta inmunidad. Sin embargo, las otras, las que se situraron en la otra punta del estrato social, las que apenas pudieron parir uno o dos críos, esas tuvieron el rango más bajo del escalafón y sufrieron más que nadie el control.   
Por ejemplo, en Argentina y en otros países como Chile y Uruguay, hubo una época en que solo las madres podíamos transitar las calles. Este permiso requería la obligatoriedad de portar documentación que acreditara el tipo y número de trámite a realizarse, un legajo online autorizado para cada ida a la escuela, cada cita al pediatra o cada compra de supermercado. Había un estricto régimen policíaco que se volvió más crudo tras la revuelta de un grupo de insurgentes ateas de Santiago, que fueron colgadas en la Plaza de Armas.
Con los cuerpos exhibidos, como péndulos, en las pantallas que se extiendían sobre los edificios de las grandes avenidas capitalinas, la Iglesia de Roma anunció la millonaria inversión para la compra de tecnología a favor de las “Hermanas del Natalicio”. La vigilancia, ejercida por su brazo ejecutor, desembarcó en una sanguinolenta caza de brujas, con el reporte de los movimientos diarios de la mujer con capacidad gestante. Esta persecución - que inicialmente fue dirigida a la persona física - no tardó en mutar hacia un totalitarismo tecnológico que, con matices de aplicación entre una región y otra, implicó el irrestricto control punitivo de la información en la esfera doméstica.  
Aunque eso no fue lo más terrible. So alegato de costos inútiles de mantención, las estériles fueron exterminadas. En el mejor de los casos, deportadas a centros de crianza y forzadas a labores de atención a niños huérfanos. Las aspirantes a los nosocomios de orfandad fueron sometidas a severas instancias de evaluación física y pedagógica. Estas pruebas, a juzgar por el tribunal de las “Hermanas del Natalicio”, determinaban si había postulantes que bajo el influjo del Maligno tuvieran apetitos lésbicos. No hay cifras de cuántas de nosotras “In nómine Patris, et Fílii, et Spíritus Sancti” sufrieron, en esos centros homofóbicos de tortura legalizada, la mutilación de sus genitales. 
Un flamante “Gobierno Universal de la Maternidad” se instaló en cada comuna de las ciudades más habitadas. Órganos mixtos, conformados por eclesiásticos y autoridades seculares, con facultad de arreglo matrimonial, desposaron a niñas a partir de su  primera menstruación - varias de las veces, con hombres ya ancianos-. Muchas decidieron suicidarse. Otras, prefirieron la castración como símbolo de resistencia de la mujer objeto.
Un sinnúmero de levantamientos tuvo lugar por esos años. Muchos, incubados por hombres que eligieron armarse y dar pelea desde la insurgencia. Y no sin mérito,  rebeldes de aquí y de allá, lograron pequeños triunfos, asaltos, tomas, derramamientos de sangre enemiga que germinaron en nuestros corazones como brotes de esperanza. Las mujeres, también asumimos riesgos. Muchas participaron activamente en la lucha. Otras, trabajamos en secreto como espías, inseminando e implantando datos falsos en confesiones dominicales, en actos escolares o en conversaciones a través de aplicaciones de mensajería instantánea, que sabíamos que eran intervenidas. Nos jugamos el pellejo, pero David sólo vence a Goliat en relato bíblico, y - por más de que añoremos lo contrario - en una batalla desigual la victoria está indefectiblemente del lado del poder.
Las rebeliones fueron apagadas de las maneras más brutales. Las acusadas de colaboracionistas fueron decapitadas en audiencias públicas. Los insurrectos martirizados y lanzados a fosas comunes. Y así fue cómo nos dejamos vencer por el terror y cómo en todas partes del mundo se propagó como un virus lo que la Historia denomina el inicio de la Era de la Productividad Natal.
Como un mensaje que se lanza al mar en una botella o como un último grito de rebeldía, escribo desde la soledad del anonimato este legado a la memoria de las generaciones venideras; porque somos millones alrededor del mundo, abuelas, madres, mujeres que tenemos vida y sangre en las venas, y porque no podemos seguir perpetuando este tipo de aniquilamiento, este horror sistemático que es peor incluso que la muerte, y que es El Fin del Deseo.