martes, 9 de abril de 2024

El tesoro de Benítez

- Ella tenía un amante. Lo intuí. Al principio me dije que eran divagaciones, que los fantasmas que me atormentaban no eran otra cosa que mis propias inseguridades. Mi obsesión por la mujer con la que estuve casado 15 años, mis ansias desproporcionadas y el profético pavor de que me abandonara, de que una tarde hiciera las valijas y sin explicaciones huyera con otro. El triste y común desenlace al que le teme cualquier esposo devoto, cualquier hombre profundamente enamorado. 

- Pero no fue así. 

- No. En parte, no. 

- ¿Qué pasó, entonces? 

- No lo sé. Fue todo muy confuso. 

- ¿Sabe quién es?

- ¿El otro tipo? Sí. 

- Dígame. 

- Eso no importa. Lo importante es lo que pasó.

- Lo importante es a dónde está. ¿Usted lo sabe?

- Está enterrada como un tesoro. 

- ¿Dónde, Benítez? ¿Usted la enterró?

El guardia abre la puerta de hierro. 

- Se acabó el tiempo - dice. 

- Estamos terminando - replico.

- Ya pasaron cinco minutos. No tiene más tiempo. Por favor, firme el acta y salga.  

- Abogado - Benítez se despide, intentando un torpe apretón de manos con las esposas puestas.  

- Hasta el martes, Benítez. 

Apoyo el papel sobre el escritorio de madera oscura y maciza, y firmo debajo de mi nombre. Abogado interviniente: Dr. Pablo Espina. Hago un garabato sobre la inscripción. Luego, me dirijo hacia el sempiterno pasillo que comunica la sala de interrogatorios con la oficina que antecede a la salida del penal. A un lado y al otro se filtran gritos, insultos, golpes, estruendos metálicos, chicharras, pero no se puede ver más que dos paredes descascaradas. Hay un aire denso en Olmos. Aún en la calle, puedo sentir el tufo del presidio impregnado en mi ropa. Busco las llaves del Taunus y lo pongo en marcha. Por hoy, es suficiente.

La mañana se asoma tras los barrotes amurados delante del ventiluz que está en la esquina izquierda de la sala, en donde me espera Benítez. El servicio penitenciario de La Plata está frío, helado. El patio del penal estaba lleno de escarcha. El guardia escolta a mi cliente. Lo trae esposado hasta la sala, en donde lo aguardo. Benítez se sienta.  

- ¿Cómo está? ¿Pudo dormir?

Hace una breve pausa. 

- Algo. La ansiedad me está matando. 

- Entiendo, le traje unos libros. Algunos clásicos, algo de Poe, Kafka. ¿Usted es creyente? No sabía si traerle la Biblia o no. 

- Sí, soy. ¿Podría comprarme tabaco? Lo que más me urge es fumar. Me preocupan demasiado mis perros. ¿Alguien les da de comer? ¿Los llevaron a una perrera? 

- No. El juzgado resolverá qué hacer con ellos. Le averiguo. Mire, este proceso va a ser difícil. Puedo traerle un par de atados, sí.

- Se lo agradezco. Son infinitas las horas en la celda y en el patio no se consiguen cigarrillos. Ya lo intenté, incluso con tres carceleros y nada.   

- A cambio de algo. Necesitamos que coopere, usted y yo. Hoy nos dieron 20 minutos. Tiene que hablar, Benítez. ¿Dónde está el cuerpo de su mujer?

- Ya le dije. Le di cristiana sepultura. 

El guardia va y viene por el pasillo. Se oyen sus pasos detrás de la puerta. 

- ¡Privacidad, por favor! ¡Necesito dialogar a solas con mi cliente! - le grito. 

El tipo refunfuña y se aleja. 

- ¿Dónde estábamos?  

- Usted dirá. 

- Mire, Benítez, si no colabora se las va a tener que arreglar con un defensor oficial. Se lo advierto. Me da algo sustancioso hoy o no me ve más. ¿Me entiende? A usted se lo acusa de homicidio. ¿Le parece joda eso?  ¿Dónde está el cuerpo? ¿Dónde lo enterró? ¿¡Dónde!?

Me exaspero, elevo el volumen, me irrito. El gran reloj circular colgado al centro de la pared que está a mi derecha descuenta cada segundo. Las piernas de Benítez se agitan y marcan un ritmo nervioso al chocar la suela de goma contra el piso de cemento. Está inquieto. 

Se acaricia la barbilla mecánicamente. Tiene las manos gruesas como un ancho de bastos, la boca levemente fruncida hacia abajo - como la Gioconda, pero al revés-. La barba semicanosa apenas crecida. La frente amplia: una avenida que se interconecta con dos túneles que conducen a una pronunciada calvicie. El pelo que le queda por debajo de la coronilla es castaño. 

Me mira fijo, pero no habla. Sus ojos son un impenetrable pantano cubierto de moho, un enigma. Pudo haber sido un tipo fornido hace algunos años. Ahora tiene los hombros vencidos como dos colgajos y un abultado abdomen que lo mantiene inclinado siempre hacia adelante.

Luego de la pausa, retoma el aliento: 

- Cuando lo supe me sentí morir. El alma se me fue toda del cuerpo. Fueron quince años de entrega total, de pasión desmedida, de admiración, de éxtasis, de goce celestial. Ella era mi amada, mi locura, mi corazón. Durante nuestro matrimonio sólo quise complacerla. Me hice, por voluntad propia, su ciervo, su lacayo. ¿Cómo no iba a enterrar a mi reina? -Llora, se angustia, respira para calmarse y sigue - Apenas puedo conciliar el sueño por dos o tres horas. Tengo pesadillas. Despierto a los gritos. Me quedo mirando el techo hasta que aclara. ¡Qué injusticia, Dios mío! ¿Cómo pudo? 

- No lo sé. Son cosas que pasan. Las mujeres son impredecibles. ¿Usted la vio? ¿Cómo lo supo? 

- Fue ese día. 

- Cuénteme, ¿Qué recuerda?

- No tanto. Caía una garúa intermitente, molesta. Era uno de esos días en los que la humedad deja las calles desiertas. Llegué temprano, a eso de las tres. Las persianas del living estaban cerradas. Entré a casa. Los perros ladraban con insistencia. La radio había quedado encendida sobre el vajillero del comedor, una pieza de jazz, creo. Fui hasta la cocina, un par de platos sucios, ollas. Salí al jardín. Dos de los boxer se estaban trenzando. Les tiré un baldazo de agua. Cuando se ponen rabiosos, se muerden hasta lastimarse, mejor pararlos en seco. Pasé de nuevo por la cocina. Seguí hasta el dormitorio. La encontré en la cama tendida boca abajo. Estaba desnuda con el torso descubierto. 

- ¿Había fallecido?

- No. 

- Siga. 

- Intenté despertarla. No pude. Parecía inconsciente. La tomé de los brazos para girarla. Un peso muerto. La cabeza se le inclinaba hacia atrás o hacia los costados, según la moviera. Le quité las sábanas. Observé que no tuviera lesiones. Parecía que nadie la había forzado, pero emanaba de su vientre un penetrante olor a sexo. 

- ¿Olor a sexo? 

- Sí, a semen. Toqué, casi rozando, sus partes íntimas. Sobre el monte de Venus y en la entrepierna, pude palpar un líquido viscoso, pegajoso. Tuve náuseas, quise vomitar. 

- Entonces, ¿usted luego de presenciar el supuesto postcoito, entró en un cólera bestial y la mató, y luego la enterró? - Apresuro. 

- No. No fue eso lo que pasó. 

- Entonces, ¿por qué no dice dónde está y nos dejamos de jugar a las adivinanzas? 

La pesada puerta de hierro se abre. El guardia es un tipo robusto, no muy alto. Con suerte pasa el metro setenta y cinco. Tiene un acento que no es de acá. Podría ser de Misiones o de Formosa. Lleva el uniforme diario: pantalón gris y campera de nylon con el escudo celeste del servicio penitenciario bordado debajo del hombro izquierdo. Es un hombre de expresión adusta, de piel curtida, de ojos oscuros y fieros.

- Doctor, es la hora. Tiene que firmar y retirarse.

- Ya salgo - le advierto para que no se impaciente. 

Tomo mi atelier con los papeles para presentar en la mesa de entrada del juzgado de turno. Delincuentes comunes, algún violador que otro, algún cadáver, lo usual. Antes de irme, le digo:

- Benítez, recuerde que el juez solicita que lo evalúe un equipo de peritos psiquiatras para determinar si está usted hábil, antes de fijar fecha para elevar la causa a juicio. Lo mantengo informado. Hasta luego. 

Camino por el descascarado pasillo que conduce a la oficina que antecede a la salida del penal. El guardia va adelante. Tiene los botines marrones desgastados, sobre todo las suelas. Con una mezcla de reticencia y hastío, se da vuelta y me dice:   

- Es un tipo raro. 

No respondo. No puedo hablar de mis clientes. Me despido. 

Acomodo el saco en el asiento trasero del auto. Abro la guantera para buscar un casette. Me decido por Pescado Rabioso. La cinta está empezada. Va por la mitad del lado B. "Y así verás lo triste y dulce que es vivir", desafino. La ruta está despejada. Paso por el despacho. Una ristra de documentos. El microcentro es un caos, como de costumbre. 

Llego a casa pasadas las ocho. Los sonidos de la avenida se cuelan a través del enorme ventanal del comedor, desde donde se ve iluminada la noche de Retiro. La efervescencia de las vacaciones de invierno hace latir una Buenos Aires vertiginosa. Aunque estoy en un octavo de paredes anchas, las bocinas, las sirenas, los colectivos interrumpen cualquier paz. 

- No paro de pensar en Benítez. Lo vi dos veces esta semana. Pocos avances. ¿Por qué no habla este hijo de puta? El psiquiatra a cargo del peritaje es Frömann. Parece un chiste - hago una mueca, una sonrisa mal lograda. Laura me escucha atenta durante la cena- ¿Los chicos, bien? - cambio de tema. Son casi las nueve y no sé ni dónde están mis hijos. 

- Sí, están en lo de mamá. ¿Te acordás que se quedan a pasar la noche ahí? 

- No, disculpame. Tengo la cabeza en cualquier lado. 

- ¿Quién es Frömann? 

- Es el psiquiatra designado a cargo del peritaje en el caso Benítez. Es un pelotudo. Una eminencia en criminología, pero un soberbio. 

- Bueno, al menos van avanzando. Esas son buenas noticias, ¿no? ¿Por qué es un pelotudo?

- Sí, no sé cuánto se está adelantando. Con el tipo tuve un altercado fuerte hace un par de años. Me dijo que era un insolente porque pedí revisión de parte en varios de sus informes. Ya me había tragado un par de sapos y este imbécil me fue a mojar la oreja. Me encaró entrando a Tribunales como si yo hubiera sido un meritorio que cose expedientes en un archivo. Casi terminamos a las trompadas. 

- ¿Y cómo sigue esto ahora?

- Serán dos sesiones. A lo sumo tres. Le van a hacer entrevistas, las van a grabar. Lo habitual, desde el test de Rorschach en adelante. En fin, veremos qué pasa mañana en la audiencia con el fiscal. Gracias por los canelones, estaban exquisitos. Me voy a dormir, no doy más. - Me levanto, le doy un beso en la frente. Llego al cuarto, no sé cómo, me quito la ropa y me acuesto. No duermo. Al igual que Benítez, me quedo mirando el techo. 

- Pablo te quedaste frito- La voz de Laura me despierta. 

- ¡No jodas! ¡La audiencia! - me froto los ojos, me quito las lagañas- ¿Qué hora es? 

- Las ocho y media. 

-  Anoche me desvelé. Recién me dormí como a las cuatro de la mañana. 

Laura va a la cocina a prepararme un café. Me visto rápido. El traje del día anterior, una camisa planchada, los mocasines negros de cuero, un cinturón negro cualquiera. Con el nudo de la corbata a medio armar, me dirijo hacia el palier.  

- Si tomo el café no llego, amor. Desayuno después en el bar del gallego. Gracias -

Son las once. La audiencia con el fiscal duró casi dos horas. Estoy yendo al penal. El cielo está oscuro, renegrido. La lluvia revienta furiosa contra el asfalto. Una mañana de chaparrones. El Camino General Belgrano está atascado por una procesión de autos que no se mueve. Un accidente a la altura de la República de los Niños anuncia un locutor desde la emisora. Llego a Olmos más tarde de lo previsto. 

- Se están acercando, Benítez. Me dijeron que tienen un testigo. Un tal Cárregas, un obrero portuario que asegura que vio a un hombre de sus características enterrar un bulto de proporciones semejantes a las de un cuerpo humano la madrugada del 4 de mayo en la costa del Paraná, cerca de Rosario. ¿Era usted? El fiscal es un sabueso viejo, la va a encontrar. Si los forenses determinan que usted estuvo involucrado, nos van a reventar. Van a pedir que la carátula sea homicidio agravado por el vínculo, seguido de sustracción del cuerpo. Sumando la presión de la opinión pública, es perpetua más quince. ¿Escucha lo que le digo?, ¡Lo van a procesar con cuarenta años de reclusión! Es mejor que hable conmigo, Benítez. 

Él me mira con furia. El guardia se asoma. 

- En 15 minutos, Doctor- Está ronco como si anoche se le hubiese ido la mano con el tinto. 

- Gracias.  

- No sé de qué 4 de mayo ni de qué Rosario habla - me increpa Benítez- Usted cree que la maté. ¡Ya le dije que no!

- ¿Por qué la oculta? 

- Para preservarla. 

- ¿De qué? 

 - Piensa - ¿Usted es casado? 

- Sí. 

- ¿Ama a su mujer?

- También. 

- Entonces, entiende. 

- No. Explíquese, por favor. 

- Un esposo ferviente, que ama con un afecto visceral que le sale como fuego de las entrañas es capaz de cualquier cosa. Incluso, de perdonar. ¿Para qué quieren exhumarla? 

- Piense en los próximos 40 años. Treinta y pico con suerte. ¿A quién protege? Mire, la verdad... 

Esta muerta - Interrumpe-. Esa es la única verdad. ¿Qué más quieren saber? 

¿Cómo murió? ¿No quiere que se haga justicia? 

- No me hable de justicia. La Justicia es virtud de pocos. Quieren profanar  su cuerpo, filtrar fotos, ver su cara en la tapa de los policiales. ¡Me dan asco! - lanza con bronca un escupitajo al suelo- ¡No!  Yo no voy a engordarles el morbo. Está muerta. ¡Y a los muertos se los respeta, carajo! - la voz se le quiebra. 

El guardia anuncia que se acabó el tiempo. La misma dinámica: me despido, firmo el acta y camino hacia la salida del presidio. Regreso al despacho. Antes, paso por el bar del Gallego que está en la esquina. 

- Estoy famélico, Pepe. Traeme un sándwich de milanesa y una Coca, por favor.

Como sentado en la barra. Mastico, trago, hojeo el diario.  

- Un negro salió campeón en Wimbledon. No me sorprende, siempre fueron superiores. ¿Me traés la cuenta, Gallego? Me rajo.   

Ni bien pongo un pie en el estudio, el secretario me comunica que llamaron de Paraná. También de Alsina, varias veces. Parece que hay novedades. 

  -Está visto que los muchachos nos quieren poner a laburar hoy – me dice en tono jocoso-.  

- ¿Ah, pero mirá qué simpático que estás hoy, Salerno? Andate hasta Paraná y pedí que te pasen un memo. Después pasá por Alsina, debe estar el resultado de la primera pericia. Haceme el favor, ida y vuelta pata pata. Me quiero ir a casa temprano. Anoche prácticamente no dormí.

Tomo el café doble que me quedó pendiente desde la mañana, pero en lugar del espumoso del Gallego, me conformo con lo que quedó en la cafetera. Lo que bebo, mientras le pego un tubazo a Laura, es un compuesto recalentado de petróleo y jugo de caucho.  

- Hola - contesta del otro lado de la línea. 

- Lau, soy yo. Llego más o menos en una hora. ¿Paso por el almacén o tenés todo cocinado? 

- Hoy cenamos en lo de mamá. ¿Te acordás? Quedamos en que buscábamos a los chicos y comíamos ahí.  

- ¡Cierto! - La cara se me transfigura. Lo único que me falta es terminar la jornada en lo de mi suegra. ¡Tengo unas ganas de llegar a casa que no puedo más! - ¿Y si los dejamos hasta mañana? - sugiero con un ápice de esperanza. 

- Imposible. Los jueves tiene torneo de bridge. Además, no la vamos a plantar. Conociéndola, nos espera con el peceto en el horno y la mesa puesta - ríe. Te espero en lo de mamá a las siete y media. 

- Ok, un beso - digo con resignación y cuelgo.   

Salerno llega con la frente transpirada. Deja dos carpetas de tapa blanda sobre la mesa. Ambas están rotuladas a máquina con el título "Caso Benítez". Las guardo en el maletín.  

- A domani, gente. 

- Hasta mañana, Doctor - Salerno y un pibe nuevo se despiden al unísono, en una suerte de canto gregoriano.

En la esquina de Suipacha y Tucumán me encuentro con el Vasquito Ortíz. Tiene la misma cara de atorrante que hace veinte años. No lo veo al menos desde hace  dos. 

- ¡¿Qué hacés, Vasco?! ¿En qué andás? 

- Bien, como siempre -Sonríe y me da una palmada en el hombro -¿Estás para un cortado? 

- No, te lo debo. Me rajo a casa a pegarme una ducha. Mi mujer arregló para cenar en lo de mi suegra y vengo durmiendo pésimo. O me despabilo o me desmayo sobre los ravioles. Una de dos. Pero, otro día tomamos un whisky. ¿Te parece?    

- ¡Cómo no! ¿Estás en la misma la oficina, sobre Viamonte? 

- En la misma. Bueno, en la semana te llamo y arreglamos. 

- Dale. Vos, ¿seguís en San Martín? 

- Sí, en la fiscalía, como siempre. 

- Dale, llamame viejo. - me despido.  

Tengo la esperanza de que el agua caliente me reanime, pero la ducha surte el efecto contrario. Me amodorra. Necesito lucidez para seguir este caso. Dejé los documentos que me dio Salerno en la guantera. ¡No puedo ser tan gil! Los tendría que haber bajado. Salgo del baño con la toalla húmeda enroscada en la cintura. Me reclino en la cama matrimonial. Me adormezco y logro apenas unos instantes de felicidad, que son interrumpidos por el salchicha del vecino. Es un animal insoportable con un ladrido agudo como un alfiler. Me incorporo. No deberían admitir mascotas en los edificios. El pantalón de gabardina, el swetaer polera, el montogomery azul. El Polo que me regaló Laura en nuestro último aniversario. Ascensor. Blanta baja. Con un ademán saludo al encargado. Estaciono sobre la mano de enfrente. Apago el auto. Son las siete. Quedé con Laura en media hora.  

Águeda, mi suegra, vive a unas treinta cuadras de casa. Una distancia prudente como para mantener las relaciones familiares en orden. Con Aguedita, lo mejor es hablar lo necesario, responder con cordialidad y guardar las formas. Llegar antes sería de kamikaze. 

Abro el maletín y leo: "Pericia final psiquiátrica sobre estado mental de Abelardo Benítez". Salto las páginas iniciales en donde se detallan objetivos, técnica procedimental, antecedentes, etc. Me detengo en las "Consideraciones finales". Leo en voz alta, pronuncio cada palabra como si Benítez pudiera escucharla: 

"El Dr. Dieter Frömann ha redactado el contenido del presente con imparcialidad y arreglo a su leal saber y entender, y conforme a los principios de la Psiquiatría. Con todos los respetos al Tribunal que es oportuno, se emite la siguiente conclusión:  

Que en virtud de lo evaluado, se considera que el Sr. Abelardo Benítez está en condiciones mentales para proseguir a la instancia judicial correspondiente, siendo éste hábil para responder con competencia ante un Tribunal".           

¡Me cago en su madre! ¿Cuándo cambió la metodología? ¡Siempre fueron dos o tres sesiones! ¡Este viejo cerró la instrucción a los pedos! Estoy furioso. Bajo del auto dando un portazo. Cruzo la calle y camino hasta el edificio. Toco el portero, atiende Laura. Subo al sexto. Mi mujer me abre y me saluda con un "¿Qué tal el día?", al pasar.    

- Nada, todo bárbaro - contesto con la ironía que me desborda.

- ¿Qué pasó? 

- Después te cuento.  

Cuelgo el abrigo en el perchero del hall y abandono el portafolio sobre el recibidor de nogal que está debajo. La mesa está servida. La cristalería reluce, la porcelana brilla. Laura y Águeda conversan en la cocina.

- ¿Qué andan cuchicheando, ustedes dos? Bromeo, al tiempo que me acerco a saludar a la dueña de casa. 

- Lo de siempre, querido. ¡Que estás más barrigón! - Me devuelve mi suegra. La satisfacción por un triunfo parcial se avecina como una Navidad en sus ojos de vizcacha. 

- Mejor me voy a sentar con los chicos, antes de que me conviertan en sapo - le regreso.   

- Vaya con Dios, m'hijo. Laura, descorchá un vino y atendé a tu marido. Enseguida los acompaño.

El tono imperativo con el que se dirige a su hija todavía me causa gracia. Le habla como si fuera una extensión de sí misma, un apéndice. Laura lo sufre. A mí me divierte. Es una viuda de ideas díscolas y de costumbres arraigadas a una tradición conservadora que se erige sobre tres peldaños inmutables: familia, patria y religión.

Marcos y Tomás, uno a cada lado, picotean una rodaja de pan. Están excitadísimos porque su abuela los llevó al teatro a ver a Carlitos Balá. Yo los escucho como puedo, con la poca antena que me queda y comento: 

- ¡Espectacular! ¿Le dijeron gracias a Mamama? 

Su abuela se acerca a la mesa con una fuente de papas crocantes y una carne asada que parece hecha por Doña Petrona. 

- Una pintura, Águeda- la elogio. 

Sirve. Se sienta a la cabecera. Se persigna. 

- Gracias, Dios mío, por los alimentos diarios. Te pido que bendigas a esta familia y que descanse en tu gloria mi difunto marido, el Coronel Guillermo Gowland. Amén. – vuelve a persignarse y da la señal para empezar a comer.

- Contanos, Pablo. ¿Cómo va el trabajo? – me pregunta con el tenedor suspendido en el aire.

- Días difíciles. Estoy llevando un caso complicado. Prefiero no hablar adelante de los chicos. Es demasiado siniestro. 

- Cuando Pablo se pone a hablar del laburo no para - dice Laura. 

- Me crucé con un compañero de la facultad. El Vasco Ortíz, un personaje. Coincidimos en varias materias. La primera que preparamos fue Derecho Privado. "Bolilla 35, Espina". No me olvido más. ¡Qué manera de pasarla mal! Tengo anécdotas entrañables de esos tiempos con el Vasquito. Cada tanto me lo encuentro por el microcentro. Se casó con una conocida de Laura, una nariz parada de apellido compuesto. ¿García González, era? 

- Teté González del Solar - aclara mi esposa. 

- ¡Cierto! Cuente usted, Águeda, ¿Qué tal la función? 

Habla. Comenta algo gracioso. Los chicos se retuercen a carcajadas. Me cuentan que comieron maní con chocolate. Yo esbozo una sonrisa pero dejo de escucharlos. Oigo sonidos inarticulados. La idea de Benítez se instala en mi mente como el juego de living de una recién casada. Mañana voy a tener que volver al penal. Los tiempos se están acortando, y nada.

- La segunda copa estuvo de más. Me dio un sueño bárbaro. ¿Lau, emprendemos retirada? - le digo apenas terminamos el flan con crema.  

Ella asiente. Tomo agua para despabilarme y manejar hasta casa. Marcos y Tomás se quedaron dormidos en el asiento trasero y Laura cabecea en el semáforo. 

- Llegamos. Hay que bajar a los chicos - la despierto.    

¡Qué largo fue este día! La caldera del edificio funciona cada vez peor. Acuesto a mis hijos con una frazada extra, bajo las persianas y apoyo el montgomery sobre el sillón capitoné, ya en mi dormitorio. Laura se quedó rendida en la cama. Debería leer el otro informe, el de la fiscalía, pero prefiero revisarlo mañana a primera hora. Es importante que pueda estar fresco para reparar en los pormenores.

- ¿Qué hacés, Pablo? Son las cuatro de la madrugada. Vení a acostarte, ¿querés? - me dice mi mujer, asomando el torso por la puerta entreabierta del comedor diario. Yo tomo un té con la rob de chambre puesta como si fueran las 10 de la mañana de un domingo. Sobre la mesa está el portafolio con el reporte de la fiscalía. Las novedades son buenas. Vuelvo a la cama.

Amanezco con las piernas de Marcos haciéndome una toma de judo a la altura de la cervical. Por suerte, en vacaciones todos siguen de largo hasta pasadas las nueve y este año no coinciden con la feria. Son las siete y pico. Me visto y conduzco al penal. 

- Buen día, Benítez. Le traigo noticias. Hallaron el cuerpo en el predio a orillas del Paraná. Se trata de un individuo de sexo masculino, de unos 50 años. El parte forense indica que por el tipo las laceraciones que presenta el cadáver, podría tratarse de un ajuste de cuentas, de un servicio. Algo profesional. El fiscal desestimó la línea que lo vincula a su causa.  

- Se lo dije, doctor. Una pérdida de tiempo. 

- Hay más. Van a llevarlo a juicio. La pericia del Dr. Frömann determinó que usted está en condiciones de comparecer ante un tribunal. Se están moviendo rápido. 

- No me sorprende. 

- ¿Qué hizo la tarde del 30 de abril? - Benítez examina mi corbata estilo escocés como si fuera un tablero y él un ajedrecista.   

- Los perros no me dejan dormir. Incluso con los fármacos no consigo pegar un ojo. Escucho ladridos. No me dan tregua. Los escucho infatigables, hasta la hora de salir al patio. Luego, ya no los oigo hasta la noche. ¿Sabe algo de mis  boxers? ¿Averiguó quién los alimenta? 

- Aún no. ¿Qué hizo la tarde que murió su esposa? - insisto-. Quiero que recuerde, que piense en los detalles. 

- Entiendo, doctor. Vea, me cuesta concentrarme en los detalles. Me ponen nervioso. Leí los libros que me trajo. Creo que "El corazón delator" es algo ingenuo. Un hombre que planea un crimen minuciosamente y que una vez que lo ha ejecutado, acaba delatándose a sí mismo... Es una idea romántica, casi de justicia poética. ¿No le parece? - No respondo-. ¿Podría traerme alguna otra antología y unos cinco o seis atados? Adentro del presidio los días son desoladores. Ya se lo dije, el tabaco es lo único que me calma.           

- Si me permite, quizás, con esto le refresco la memoria -digo con sarcasmo, mientras retiro del atelier una copia de la denuncia policial que realizó Benítez el 5 de mayo pasado. 

Una cortina de luz nos divide. Él me observa desde la silla que está detrás del escritorio. Me observa desde la sombría sala de interrogatorios de siempre, que parece ahora un espacio más frío. Benítez tiene las piernas cruzadas, refractarias. No quiere cooperar. 

- "En el Destacamento de Villa Devoto, ubicado en la calle José Cubas 4128, siendo las cinco y veintitrés de la madrugada del 5 de mayo (...)" -Leo.  

- No hace falta.  

Levanto la vista del papel- Muy bien, ¿con quién estuvo la tarde del 30 de abril? - Benítez hace silencio-   

Continúo con prisa- "(...) el suscrito encargado de la oficina de Investigación Criminal toma constancia de la declaración del Sr. Abelardo Benítez, de nacionalidad argentino, con Documento Nacional de Identidad -omito los números-, domiciliado en la calle Tinogasta -vuelvo a omitir la numeración-, de profesión arquitecto, de 44 años, de estado civil casado, con Doña Elena Sofía Carrizo, en donde expresa ante las autoridades presentes (...)".   

- No hace falta, doctor. - reitera enfadado.

- Prosigo con la firme intención de ofuscarlo- "(...) que: la tarde del 30 de abril, aproximadamente a las quince horas, llegó a su casa y encontró a su esposa inconsciente; que intentó comunicarse vía telefónica con el sistema médico de emergencias, pero que las líneas estaban ligadas; que se dirigió en su coche con suma urgencia hacia el Hospital Zubizarreta en busca de personal de salud; que chocaron su automóvil a la altura de Cervantes al 2000 (...). ¿Hay algún testigo del accidente? - pregunto. No contesta. Sigo- "(...) que el otro conductor se dio a la fuga; que debido al siniestro, presenta contusiones en el rostro; que regresó a pie; que lo dicho anteriormente transcurrió entre las 15:15 y las 17:30 horas; que al ingresar a su domicilio se dirigió a su habitación en donde encontró a su esposa ya fallecida; y que la noche del 4 de mayo le dio sepultura, no queriendo manifestar en dónde ni a qué hora". - Doy por terminada la lectura y guardo el duplicado del acta en el maletín- ¿Cuatro días después la enterró? 

Benítez se entrelaza las manos con fuerza. Se hace crujir los nudillos.

- Nos corre el tiempo. Tic- toc. ¿Qué pasó exactamente entre las 15:15 y las 17:30 horas del 30 de abril? Le estoy dando la oportunidad de redimirse, hable. 

-  El impacto entró por el costado, violento. El auto hizo medio giro y se deslizó por Cervantes hasta el cordón. Escuché una explosión. Y, otra. Un hilo de sangre me cayó por la nariz. Me sentí aturdido, mareado. Tenía  .   

Apenas me recompuse, salí del coche. Noté que habían estallado dos cubiertas. Grité, pedí auxilio. Nadie. La calle estaba desolada. Regresé a casa lo más rápido que pude pero ya estaba muerta-. Los ojos de Benítez están cargados de lágrimas. Se detiene. 

- Continúe, por favor. 

- La observé. Había algo de placidez en su rostro, una expresión de alivio. Estaba hermosa con toda su vida postrada ante mí, con toda la victoria de su muerte - Escucho el relato de Benítez anonadado, con la razonable duda sobre la veracidad de la historia. Benítez sobrevuela, divaga, ronda la carne, esquiva el huesoTenía la piel transparente, diáfana como el mármol de La Piedad. El cabello rubio y ondulado caía encima de la almohada, y tenía la gracia divina de un ángel silencioso. Recé. Lloré sin horizonte, sin consuelo. Sus ojos tenían esa tarde el color de la tierra cuando llueve en el campo. Tuve que cerrarlos. Entonces, supe que tenía que guardar sus restos para que pudiera descansar en paz. 

- No logro comprender, Benítez. ¿Por qué la sepultó antes de reportar el fallecimiento? 

- La muerte de Elena fue todo, lo ocupó todo en esa larga noche de tres o cuatro soles que me arrancó el corazón. No dejó espacio para ningún otro dolor o anhelo o sentimiento. Lo único que importaba era que había muerto. 

- ¿Y su buen nombre? 

- No, si es a costa de su memoria. Lo perdí todo, ¿por qué habría de importarme la reputación? 

- Usted dijo que el 30 de abril llegó a su casa y encontró a su mujer inconsciente. También, aseveró que ella tenía una relación extramatrimonial y que esa tarde había estado con su amante. Es la coartada perfecta, ¿no le parece? 

- Entenderá que no quiera hacerlo público. 

- ¿Por cuánto tiempo cree que puede mantenerse el hermetismo? Crimen pasional es la hipótesis más obvia. Una vez que la historia llegue a la prensa, y le aseguro que no falta mucho, se va imprimir en todos los titulares. Usted lo sabe, es un hombre listo, las redacciones son monstruos que se alimentan de escándalos. Cuanto más truculento es el asunto, más cobertura le dan. ¿Qué sabe del tipo?, ¿Quién es?

- No sé nada. Tampoco quiero saber.

El centro del miedo se disgrega. La amenaza está en decir. No dice, prefiere el confinamiento. La sombra que proyecta la figura de uno de los guardias se cuela por la rendija de la puerta, anticipando el mensaje. El guardia vocifera algo y da dos golpes como de cachiporra. El fragor indica que debo retirarme.

- Por favor, ocúpese de mis perros – Suplica Benítez. Asiento.   

El vigilante ingresa para que firme el acta. No es el sujeto de siempre, pero mantiene la misma actitud hostil que su compañero.  

- Aquí. - Señala con el índice, sobre la hoja escrita a máquina-. Concentro la vista microscópicamente en la extremidad del dedo. Una milimétrica línea de mugre delimita el borde de la uña, cortada al ras. 

Firmo. Lo sigo por el pasillo. Salgo del penal. 

Estoy atascado, detenido en otro embotellamiento. Miro con impaciencia las balizas del coche que está adelante. ¿Qué carajo pasa? Tengo la columna adormecida, las piernas rígidas. A mi derecha, una embarazada conduce un Renalut 4. Va con tres niños atrás. El mayor abre grande la boca y exhala con fuerza. Empaña la ventanilla. Luego, dibuja un Tatetí y hace la primera cruz. La nena del medio añade un círculo. La fila se mueve unos metros. A mi izquierda, el cadáver de un perro está tendido sobre el asfalto. íQué mala pata!, rezongo y me mofo de mí mismo a causa del involuntario chascarrillo. Bordeo la capital. Tomo la General Paz. Llego a Devoto.

- Buen día, señor. ¿Ubica la calle Tinogasta? - a un gordo de jogging que barre la vereda. No me escucha. Insisto con la ventana baja y con la mitad del brazo afuera- Señor. ¿Conoce la calle Tinogasta?

Me indica que siga siete cuadras - Son dos más después de la Basílica- aclara. Conduzco hasta la plaza. No conozco el lugar. Es un barrio tranquilo, de calles anchas y arces en las veredas.  

La casa de Benítez está cercada por una cinta amarilla. "Escena del hecho. No pasar", lleva impreso intermitentemente alrededor del perímetro. Me acerco, observo. El chalet es de una planta y tiene el frente remodelado. No puedo ver el interior. Las persianas están cerradas. Hace frío. Entro al coche. Enciendo el motor. Pienso en ese perro que mataron. Me quedo sentado, un rato, con las manos sobre el volante. Afuera un pájaro trina a destiempo. 

El segundero del Rolex gira, marcando un pulso sutil pero acelerado. Giro la llave sobre el tablero y me bajo. Una mujer se acerca. Querrá saber qué hago acá. Es rubia, lleva el pelo a lo garzón, de unos sesenta y pico. Me presento. Le explico que soy el abogado de Benítez. Dice que es Nora, que vive al lado, que qué tragedia, que los creía gente de buenos hábitos. ¿Qué sabe? Lo que se comenta, que está preso. ¿Y los perros?, ¿dónde están? No tiene idea. En mayo estaba afuera visitando a una de sus hijas. Me pide que espere. Espero. Cruza. Saluda a un viejo que toma mate debajo de su zaguán. Nora le dice algo. Se despide de mí con un gesto y vuelve a su casa. Él se acerca despacio.  

- Soy Clever Villegas, un gusto - me da la mano. Los nudillos le sobresalen como islotes entre los huesos, cubiertos por la piel manchada y reseca. Tiene los ojos verdes del color de las botellas y las mejillas apenas rosadas.  

Encantado, Doctor Pablo Espina. Soy el abogado de Abelardo Benítez. ¿Puedo hacerle unas preguntas? 

- Por supuesto- Toma un pañuelo del bolsillo de la campera de corderoy azul y se limpia las gotas de mucosidad aguada que le caen de la nariz. Se disculpa, es que anda resfriado. 

- ¿Hace cuánto vive acá? Hace 46 años. En Devoto, desde que nací- afirma la posición de su boinadándole un toque desde la punta hacia abajo. Luego, se contiene y fija la vista en un par de palomas que reposan sobre el tendido de luz.  

- Mire, yo no creo que él haya sido capaz - lanza con la voz entrecortada. 

¿Conocía bien a Benítez? 

- De toda la vida. La madre de Abelardo es prima de mi señora. Bah, era. Murió de cáncer cuando él estaba en la universidad. Un ser humano excepcional, Gloria. Una persona humilde, íntegra, de buen corazón. Era maestra de matemáticas de la Escuela Nº 15. La que está acá nomás...

-  No soy de la zona - aclaro y cambio el curso de la conversación- Y a Elena Benítez, ¿Cómo la describiría? 

- Elena de carácter afable. Bonita, sin dudas. 

-  Y ¿la relación entre ellos?  

-  Al principio normal. Luego cambió. 

¿Por qué

- El fallecimiento del hijo, supongo. Enterrar a una criatura debe ser de un sufrimiento inigualable.  

- Ajá. Difícil sobreponerse. ¿Qué le pasó? - pregunto sorprendido- 

- Muerte súbita. No llegó a cumplir el año. Fue una catástrofe. 
 Tremendo, por cierto. ¿Cuándo sucedió? 
- Hará diez años. Pero, usted sabe...
- Por supuesto. 
- Sin dudas, la Iglesia los mantuvo a flote. A veces, la fe es lo único que nos salva. Él se aferró completamente a la religión. Y ella, bueno... al tiempo, le ofrecieron trabajo en la secretaría de San Antonio de Padua. 
- ¿En la Basílica? - Indica que sí con la cabeza. Continúo- Ah. Pasé de camino, es vistosa - Y otra vez tuerzo el eje del diálogo-  ¿Qué sabe de los perros? 
- Se los llevaron hace unos días.   
- ¿A dónde? 
- No podría responderle. Mejor hable con Valverde, el veterinario. Él hacía negocios con la señora de Benítez. Quizá, pueda ayudarlo.
- ¿Negocios con los perros? ¿Qué clase de negocios? 
- La verdad, no lo sé. Pero la última vez que los vi discutían a los gritos. 
- ¿Por dinero? 
¿Qué decirle? Había rumores... Un picaflor siempre busca el néctar.
- Está claro. Gracias. Le dejo la tarjeta con el número telefónico de mi despacho. Cualquier información que recuerde, por favor, no deje de comunicarse. Hasta luego.- Saludo y regreso al auto con la certeza cartesiana, Cogito ergo sum. 

Manejo algunas cuadras, voy en zigzag. Elijo aleatoriamente hacia dónde doblar para encontrar la veterinaria. Quiero hablar con el tal Valverde, me urge. Apuro la marcha. En estos barrios los comercios cierran generalmente al medio día. Una cuadra antes de la , veo un pequeño centro. En la esquina, una inmobiliaria. "Sherman propiedades", reza la marquesina que va de lado a lado. Luego, hay una verdulería, un kiosco, y un almacén. De la mano de enfrente, una heladería y la veterinaria.  

El aroma a boloñesa va directo desde la sartén de una vecina hasta mis fosas nasales para recordarme que es la hora del almuerzo. 

1. PABLO TIENE QUE IR A LA VETERIANARIA. AHÍ LE VAN A DECIR QUE EL VETERIANARIOI NO APARECE DESDE HACE UN TIEMPO. 

2. PABLO LO LLAMA AL VASCO PARA PEDIRLE INFORMACIÓN

3. EN EL MEDIO COMIENZAN LOS DESAGUISADOS EN CASA DE PABLO. SU RELACIÓN CON LAURA SE VE PERJUDICADA POR SU OBSESIÓN CON EL CASO.

4. EL VASCO LE DA LA INFO DE QUE VALVERDE ESTÁ CON PEDIDO DE CAPTURA POR PRÓFUGO. 

5. PABLO VA A LA IGLESIA Y HABLA CON EL PÁRROCO. El párroco le dice que se iba a contactar con él para saber de Benítez y pedirle la llave de la secretaría. En uno de los laterales, a donde están las criptas. Ahí, hay una mosca negra que da vueltas insistentemente. El párroco le dice que hace unos días que están las moscas ahí. Que ya no sabe cómo sacarlas. Esas moscas son las moscas de la muerte. Pablo le dice que llamen a la policía porque ahí adentro hay algo que se está descomponiendo. Efectivamente encuentran el cuerpo de Elena, en estado de putrefacción. 

6. Descubren que murió por sobredosis de anestesia. La idea de que murió como un perro. 
7. Liberan a Benitez por falta de mérito. Ahora las pruebas parecen indicar que Valverde mató a Elena y que él, como dijo desde el principio, producto de un shock emocional por encontrar a su mujer en ese estado, la enterró. 

8. La situación en casa de los Espina ya es sumamente tensa. Laura y Pablo no se escuchan, solo se recriminan falta de atención y exceso de reclamos. Laura decide irse con los chicos de vacaciones al campo de los tíos, con su madre, hasta que las aguas se calmen. Pablo habla con El Vasco sobre su situación matrimonial, su estado mental, la obsesión que le despertó el caso que no pudo resolver, etc. 

9. Pablo va a la casa de Benítez para dialogar. La propiedad ya está liberada y no forma parte de la evidencia. Pablo encuentra un pedazo de documento de identidad en el jardín. Inmediatamente se da cuneta de la coartada. Benítez mató a la esposa con una dosis de anestesia canina. Simuló el incidente del coche. Mató a sangre fría a Valverde y desapareció el cuerpo. Luego, tomó su documento de identidad y compró un boleto de ida al Paraguay, pero regresó con su propio documento. Y entonces, realizó la denuncia policial. 

10. Benitez lo mira absorto, como quien mira a un desquiciado. No sabemos si Pablo enloqueció. Benitez le pregunta dónde enterró el cadaver de Valverde. 

- Los perros, Benítez. Los perros. 


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"La Nación, 21 de junio 

Sobre la desaparición del señor Eugenio Valverde 

Se presume que el susodicho se dio a la fuga el 3 de mayo último. Fuentes policiales informaron a esta redacción que Valverde podría haber sido identificado por un conductor de ómnibus de larga distancia, quien habría confirmado que el sujeto fue trasladado por él la noche del 3 de mayo hasta el departamento paraguayo de Boquerón, en la ciudad de Loma Plata.

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"La Nación, 4 de noviembre 

La decisión del magistrado de dictaminar la falta de mérito en el caso Benítez se basó en la estrategia de la defensa que vinculó la causa con la denuncia por el desconocimiento del paradero de Valverde. 

Vecinos del barrio de Devoto afirmaron que Valverde, de profesión médico veterinario, tenía contacto estrecho con la difunta Elena Sofía Carrizo de Benítez, cuyo esposo fue recientemente sobreseído por el delito de "Homicidio agravado por el vínculo" por el Juzgado Federal N°12, a cargo del juez Dr. Celestino Ezcurra. 

Esto coincide con el aporte realizado por uno de los testigos, el señor Clever Villegas, vecino de Benítez, quien declaró ante las autoridades "haber visto a Valverde en plena gresca con la difunta el medio día del 30 de abril pasado" - fecha en la que se vió a Carrizo de Benítez con vida por última vez-. Villegas, también aseveró que "los vio discutir desde la vereda y que no le pareció que se tratara de una conversación profesional acerca de los perros que comerciaba junto a la Sra. de  Benítez". 


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domingo, 7 de abril de 2024

El mosquito

El cuerpo de esta mujer, las piernas de esta mujer, su cuello, sus manos. El cuerpo de esta mujer, sus brazos. Ella respira plácida en la noche. Su rostro descubierto es fresco y sus labios huelen a vida, huelen a sangre. Yo la visito en sus sueños. Danzo en su honor y la celebro. Beso sus sábanas, cada hilo que roza su tibio vientre. La deseo, la quiero. Ella puede sentirme como una epifanía y yo me enredo en sus dedos que vibran entrelazados como las sogas que redoblan las campanas en el cielo de los santos. La venero, la adoro. Es la casta novia que camina hacia el altar, es el sacrificio de una mártir, la hermosa virgen, la gloria. Yo bato mis alas de ángel en su habitación, bailo en silencio, giro sobre su lecho y la rondo incansable, lleno de ansias. El cuerpo de esta mujer será por mí profanado. Es un banquete, el festín que voy a obsequiarme en esta cena nupcial. Es, apenas, el néctar de una flor que empalidece. Una promesa en la víspera. Descenderé sobre su pecho profundo y abriré un surco con mi daga. Ella encenderá una lámpara al escuchar mi serenata como el zumbido de mi amor sobrevolando en sus oídos. 


miércoles, 27 de diciembre de 2023

Cómo convertirse en una hija de puta

"- Madre, él me dijo que pensaba que iba a ser un infierno vivir conmigo mientras estuviera estudiando derecho. Dijo que yo era una especie de infierno. Eso es lo que me dijo.

- Yo era como tú -dijo mi madre-. Estaba decidida a estar soltera y divertirme y salir con muchos hombres. No me importaba lo que pensaran los demás".

Lorrie Moore, Anagramas, 1986.

Si Lorrie Moore fuera la autora de este texto, su título sería "Cómo convertirse en una hija de puta". El decálogo escrito al estilo Moore vendría a ser más o menos así:

Necesitas un propósito, una razón que te motive y que invierta la carga de la culpa. Eso te permitirá cerrar los ojos y dormir. A fin de cuentas, nadie elige ser villano porque sí.

Podrás ser más perversa si en verdad eres una víctima. No importa de qué o de quién. Eso es anecdótico: del sistema, de la sociedad, de la época. Da igual. Lo importante es que te hagas de una gran carencia, una triste y dolorosa historia que contar. Así podrás generar empatía en un pegajoso cúmulo de adeptos lo suficientemente crédulos y bienintencionados como para entregarte su confianza. Con ella vendrán confesiones, secretos, confidencias, información. Poder.  

Considera que, aunque te llames Marcia, un apodo de "princesa Disney" será de gran utilidad para que tú misma creas el personaje que vas a interpretar, sin olvidar jamás tu objetivo de convertirte en un ser despreciable. 

Ahora bien, comienza desde el principio, en tu temprana infancia, rechazando la identidad que recibiste al nacer, y nace de nuevo, rebautizándote como Ariel o Bella o Nieves. Tu madre pensará que es un juego. Ella está demasiado ocupada discutiendo con tu padre para prestarte atención. 

Sé la adolescente que quieras ser. Nadie notará si te desvías. Rompe los mandatos familiares. Deja atrás la vida sin un peso de tus padres con sus divorcios de aristócratas. Estudia algo serio y prometedor como Contador Público. Fracasa mientras trabajas como asistente de producción en un magazine televisivo y animas fiestas infantiles los feriados. Luego, empieza cualquier otra cosa. Podría ser Publicidad o Dirección de Artes Escénicas. Tu tarareas los jingles de tu mostaza favorita mientras te bañas e imaginas que eres la estrella de un comercial que se estrenará en pantalla grande. Sin dudas, alguna de esas carreras te resultará mucho más fácil. 

Cásate con un separado con dos o tres hijos en edad escolar, un tipo espléndido y de apellido patricio - podría ser Álzaga o Anchorena-. Él te sumergirá de un chasquido en el ensueño von Trapp y tú dirás:

- Sí, quiero.

Múdate a una hermosa casa en Villa La Angostura. Toma varias fotografías al cortar el pastel blanco en el hermoso jardín donde celebrarás tu boda con los pocos que paguen su ticket de avión para asistir. Sé madre. Ten una encantadora vida horneando budines. Vuelve a ser madre. Descubre que tú esposo te es infiel. Descubre también que te estafó. Él lo negará y dirá que estás loca. 

- Creo que deberías ver a un psiquiatra -afirmará mientras le susurras (para no despertar a tus niñas) que, por un polvo, pensémoslo mejor, no hace falta romper la sociedad conyugal. Él no responderá.

Llega a tu casa al día siguiente y encuentra que el espléndido, infiel y estafador esposo de apellido patricio cambió las cerraduras. Intuye que no te hizo un juego de llaves. Visita a tu abogado. Descubre las irregularidades en las que estás involucrada. Recuerda la cantidad de papeles que firmaste. Piensa en lo estúpida que fuiste. Piensa durante horas.

Decide volver a Buenos Aires, de donde nunca debiste haberte ido. Sube a tus hijas al auto. Verifica a mitad de la desértica ruta que no tienes plata ni gasolina. Verifica que las niñas tienen hambre y sed. Seduce a un extraño y ruégale que llene tu tanque. Maneja 8 horas más con las niñas hambrientas. Llega a casa de tu madre. Ella vive en un pequeño departamento palermitano que huele a moho. Acuesta a las niñas en su dormitorio. Ve a la cocina a tomar el té que tu madre te ha preparado. Escucha el gran sermón que ella también te ha preparado. Pensarás que ya estás grande para una charla de chicas. Pensarás que la conflictiva relación que tuvo con tu padre no la califica para darte consejos, pero estarás demasiado desesperada y sin fuerzas como para luchar contra el único ser dispuesto a ayudarte.

Duerme un par de días en su sillón verde impregnado a caldo de gallina y tele chimentos. Llama a todos tus contactos. Localiza a anteriores jefes y colegas.  Ve a 15 entrevistas. Falla. Ve a 15 más. Vuelve a fallar. 

- Todas las mujeres divorciadas que conozco son infelices.  

- Nómbrame a una, mamá.

- Tú. 

Escucha más sermones de tu madre. Escucha los sermones de tu padre. Él cree que no debes seguir viviendo en casa de tu madre. En eso se ponen de acuerdo, los muy bastardos. 

Recibe llamadas telefónicas de tus amigas de Villa La Angostura. Escucha los chismes sobre la actual novia de tu ex. Escucha a tu abogado. Escucha los insultos de tu ex cuando le pidas dinero para la manutención de las niñas. Él se negará a dártelo y dirá que estás loca. 

Consigue un empleo. Trabaja duro. Consigue un departamento. Trabaja duro. Cría sola a tus hijas. Trabaja más duro. Acepta la ayuda de tu madre. Trabaja horas extras. Ahorra dinero. Ahorra más. Llega cansada a tu casa. Llega cansada a tu empleo. Duerme poco. Duerme mal. Lidia con tus hijas y con el resto del mundo. 

Conoce algunos hombres. Decepciónate. Ten con ellos relaciones ocasionales.

- Creo que voy a venirme, Marta. 

- Es Marcia. 

- ¿Qué?

- Mi nombre es Marcia.  

- Oh, sí, eso... Marcia.  

Cómprate un vibrador. Odia a tu ex por tu desdichada vida. Odia a tu jefe. Él mira mira tus tetas cuando le hablas. Odia a tus compañeros de oficina. Odia al sexo opuesto. 

Muévete a un mejor empleo como Analista Comercial para la categoría de Bebidas Espirituosas de una segunda marca de origen nacional. Mira esmeradamente los correos en tu ordenador. Observa a la gente. Es conveniente que pases un tiempo desapercibida. Escucha de qué y de quién hablan. Aprende. Sabes que tienes un gran talento y que llegarás a ser una extraordinaria hija de puta. Espera algunos meses y anímate a dar el siguiente paso. 

Acuéstate con el Gerente General. Él también mira tus tetas cuando le hablas. Eso no te disgusta. Necesitas un patrocinador, un visionario que esté dispuesto a invertir en tu potencial. Practícale sexo oral en el palier de su apartamento el sábado a la mañana. Él empujará tu cabeza para que se la mames entera y tú pensarás en el adelanto salarial con el que pagarás la matrícula de preescolar. 

- Tenemos un balance negativo del 5,7 por ciento en este último cuatrimestre. Dile a Recursos Humanos que ticket de almuerzo, mis dos huevos, ¿sabes, cariño? ¿Y qué pasó con la instalación en el predio de San José que te pedí el jueves? ¿Todavía no tienes al negro que lo hace? - te dirá el lunes como si tal. Y tú pensarás en esmerarte más en la próxima mamada. 

"¡Felicidades por tu ascenso como nueva Jefa Comercial!" - celebra el letrero impreso con tu cara a escala gigante que está colgado en la pequeña cartelera al ingreso de tu sector. 

Descansa un poco. Diviértete. Conoce gente en los eventos nocturnos en los que eres auspiciante. Conoce el vértigo y algunos famosos. Descorcha champagne con ellos. Desliza cocaína sobre la mesa. Inhálala. Deja a tu hija de 11 años a cargo de la de 5: Sean buenas, mami las ama y debe irse al trabajo. Ellas piensan que es normal cenar soda, pochoclos y Snickers. Rúegale a tu madre para que se quede con las niñas el próximo fin de semana. Rúegale a alguna vecina para que te cubra en casa por la noche mientras consigues una niñera. Odia al padre de esas chicas. Almuerza con tu padre domingo de por medio. Él te hablará de su tercera esposa y tú te reirás de la vida de mierda que tiene esa perra. 

Mira departamentos a la venta en los clasificados de los sábados. Compra un espacioso tres ambientes en el Once. Múdate con tus hijas al 6to. Asiste a todas las reuniones de consorcio. Conoce a los vecinos. Habla mal de muchos. Habla bien de pocos. Consigue una buena ubicación en la cochera. Cambia el maldito auto que trajiste hace una década del sur, tiene el tapizado quemado por todos los cigarros que fumaste en la autopista. Estaciona con facilidad el nuevo utilitario naranja que pagas en cómodas cuotas. 

Asiste a los actos escolares. Compra los regalos navideños. Pasa las fiestas con tu madre. 

- Con la menopausia me di cuenta de que el único hombre que me hizo realmente feliz fue el instalador del aire acondicionado. - Algunas mujeres tienen la menopausia antes de tiempo. ¡Salud, querida! ¿Tú ya estás menopáusica? 

Hazle un juicio a tu ex por la cuota de alimentos. Pierde el litigio. Piérdelo en todas las instancias. Ese malparido nunca debió nacer, pedazo de sorete. Entérate por medio de tu abogado de que tu ex despilfarra su dinero en una colección de Harley Davidson que está a nombre de su novia de turno. A ella le faltan por lo menos 20 años para la menopausia. Llama a tu amiga del 5to para que te acompañe al bar de la esquina por un whisky. Las chicas están dormidas, por suerte. 

Lleva a tu hija mayor a terapia todos los martes. La directora te ha informado de algunas conductas atípicas dentro de lo que se considera el desenvolvimiento normal de una preadolescente.

- Es algo retraída y tiene severas crisis de angustia - Afirmará. 

Cumplirás a rajatabla con el régimen. Lo que menos quieres es que se corra el rumor de que eres una madre irresponsable. La psicóloga te ofrecerá la ayuda del servicio social. Tu le dirás que tuviste algunos problemitas pero que estás trabajando en ello y romperás en llanto mientras le cuentas sobre los malos tratos que recibes de tu ex, la falta de compromiso afectivo y material que tiene con sus hijas y lo difícil que es la crianza para una madre sola y sin apoyo. Ella te dará una suave palmada en el hombro izquierdo y te pondrá en contacto con una organización de especialistas que acompañan a familias disfuncionales. Tu agradecerás y maldecirás por tener que vincularte a un grupo de fracasados. 

Deja de maldecir. Conoce a otras madres en situaciones adversas. Conoce sus injustas vidas. Vuélvete una activista en defensa de los derechos de las mujeres y abraza la causa. Consigue asistencia legal gratuita para obligar al sorete de apellido patricio a pagar, de una maldita vez, la cuota alimentaria. Él expondrá documentos que acrediten su insolvencia y cruzará la cordillera a Chile en un nuevo moto raid, mientras dice que estás loca. 

 

Mueve la pieza y avanza otro casillero. Ocupa tu posición como nueva Gerenta Comercial y graba tu nombre de princesa Disney (Ariel o Bella o Nieves) en las doscientas tarjetas corporativas que encargarás a tu muy bienvenido asistente. Él no mira tus tetas cuando le hablas. Él baja el volumen de la voz y responde como un suflé mal preparado que acabará en la basura. 

Despliega el organigrama e identifica aliados estratégicos. Planifica almuerzos casuales con los jefes de Administración y de Sistemas, ellos controlan la caja y la información. Será conveniente que, bistec mediante, les hagas tragar un poco de tu mierda y que endulces el café con edulcoradas preguntas sobre la vida de sus esposas y mascotas. Ese será el pase VIP para disfrutar de beneficios corporativos inigualables como fondos al día y acceso ilimitado a correos de colegas y directivos. Siéntate y disfruta de la función. 

 

El suflé mal preparado te contará algo como que su madre sufre de una atípica y compleja enfermedad bronquial que requiere de costosos tratamientos, que el seguro médico se niega a pagar, etc. Tú comprenderás su enfado y las trágicas razones que lo obligan a ausentarse para luchar contra el caótico sistema de salud, pero cuanto menos trabaja él, más tengo que hacer yo. 

 

El Gerente General, con quien aún te acuestas, te pedirá que vayas a su oficina y mirará tus tetas cuando le hables. Luego, seguirá revisando sus correos y dirá:

-Haz lo que quieras con tu recurso. ¿De acuerdo, cariño?

 

Volverás a tu escritorio y hablarás con tu asistente. Le dirás que lo lamentas, que tú no haz querido exponerlo pero que la partida de las cien mil etiquetas para la edición Aniversario ha salido mal, que es lógico que dada la situación familiar que está atravesando cometa este tipo de errores, pero que desde hace meses que te preocupa su falta de atención. Di que en verdad lo sientes pero que ellos te han pedido que lo despidas. Incorpora a una nueva asistente. 

Lidera un grupo de cazadores. Ellos son arqueros con un talento innato para atravesar el corazón de los clientes con desgarradoras propuestas comerciales. Viaja de una ciudad a otra. Ve a ferias y convenciones. Vende cajones de bebidas espirituosas hasta embriagar a Cristo. Vende a pequeños mercados, a asociaciones mayoristas y a cooperativas rurales. Vende mucho. Vende más. Viaja por el país en la avioneta privada del director de la compañía. Ruega que las chicas estén cuidando de tu madre. 

Termina de pagar la secundaria de tu hija mayor. Ella te culpa por la vida que tuvo y conseguirá un trabajo de mesera que le permita huir de tu casa. Tú odiarás al idiota del novio con quién se mudará dentro de algunos meses. El tipo no tiene roce social y es un perdedor que ascenderá cuánto mucho a barman en los próximos tres años. Tú hablarás del tema con tus amigas y les dirás lo ingrata que resultó esa hija. Ellas te aconsejarán que pongas tus expectativas en la menor. Tiene menos traumas y no se parece al sorete de apellido patricio. Además, tiene dotes para la actuación y el baile por lo que podría ser una excelente artista. 

 

Conviértete a tiempo completo en la empleada del mes. Inaugura una nueva oficina con un nuevo ficus y una nueva insignia profesional como Directora de Nuevos Negocios. Sube a la cima. Ve a exclusivos cocktails con exclusivas carteras violetas. Obtén bonificaciones a fin de año. Brinda por el éxito de la compañía, paga y cobra abultadas comisiones, y lleva a tus hijas a Orlando los próximos veranos. 

 

Entérate de que el Gerente General será despedido. Haz una llamada telefónica. Habla con el CFO. Él te contará lo de los sobreprecios con absoluta discreción. Tu dirás que es imposible que Villegas esté involucrado en algo tan turbio y pensarás que el muy cretino va a salpicarte con su mierda. Vuelve a tu departamento en Belgrano. Sube a la cima del estrés. Asiste a un exclusivo y urgente té en lo de tu madre el sábado a por la tarde y luce tus exclusivas ojeras de color violeta. 

Ella te dirá que no puedes seguir así y te invitará a una cadena de oración a la que asisten algunos divorciados los domingos en la parroquia del Santo Espíritu. Tú iniciarás una cadena de oración para salvar tu pellejo. 

El lunes llegarás a primera hora. Deberás anticiparte o quedarás desvinculada. Irás directo al departamento de Recursos Humanos y presentarás una prescripción médica con el pedido de una extendida licencia psiquiátrica. Si lo logras, renuévala tantas veces como te sea posible e iníciale una demanda a la compañía durante el proceso. Finalmente, regálate una generosa indemnización y vuelve a llevar a tus hijas a Orlando durante el verano. 

Lorrie hablaría con su editor y presentaría un borrador con dos o tres versiones de tu historia. Incluso llegaría a escribir una en la cual el sorete de apellido patricio no es tan sorete (al menos no lo es desde el principio). 

En ella los von Trapp llevan una pacífica vida en Villa La Angostura hasta que tú te aburres y te encamas con su socio y mejor amigo. Él juega al tenis y hace el amor mejor que tu esposo, y tú intuyes que el semisorete de apellido patricio no es el padre de tu segunda hija.  

La escritora desestimará la exploración de esta trama porque vulnera la esencia de tu personaje. Tú eres una víctima. ¿Recuerdas?

Pensarás en todas las combinaciones posibles. Nada más imperfecto que lo ideal, dirás, y te enfocarás en tu segunda hija. Ella también tiene dotes para la actuación y las tetas grandes, y necesitará una buena y conmovedora historia para contarle a los productores teatrales. 

 

 

 

 

 

 

 

Un chocolate de pistacho rosa

 Un terrón de luna 

Un pompón de azucar en el cielo.

- ¡Eso no es poesía, niña!
¿A qué el desvelo?

- Quizá un café, mañana 
Un turrón de caramelo.

Descalza el alma en la noche
Danza y gira, y en un lucero
Detiene la cadencia del reloj, el relojero: 

- ¿Quién pudo haber sabido 
Un chocolate de pistacho rosa? 
- La criatura más hermosa. 

jueves, 12 de octubre de 2023

El bautismo de no sé quién

RELATOR: Tan - tan - tan - tan. El órgano parroquial suena con entusiasmo. Nadie lo escucha. Ni el cura ni los novios oyen el armonioso sonido de la marcha nupcial. Los tres perdieron el oído hace tiempo. 

Los bancos de la iglesia están a medio llenar. El resto de la nómina pasó para el otro plano. Punto a favor: 50 por ciento off en cotillón y en catering. 

El sacerdote, un gordo que fue algo picante y macanudo hace al menos dos décadas, hoy reza dos veces los misterios gozosos en sus oraciones diarias y toma una docena de remedios: píldoras amarillas, verdes, rojas. ¿Las azules? No, esas mejor las guardamos para otro momento.   

Ahora, junto a los novios en el altar, el anciano sacerdote se pregunta quién es el joven monaguillo que le hace indicaciones. Al monaguillo no se lo describe en el presente relato porque los monaguillos son más o menos todos iguales: siempre van de túnica blanca, etc., y siempre intervienen cuando es debido.

MONAGUILLO: La celebración ha comenzado.

RELATOR: El sacerdote no sabe de qué le habla. 

SACERDOTE: ¿Esto es un bautismo?, ¿Quiénes son estos los feligreses junto a mí en el altar? 

RELATOR: ¿Habrán de pedir a Dios por su artritis cómo él?, piensa. 

MONAGUILLO: Son los novios, Padre.

RELATOR: El monaguillo hace todo tipo de gesticulaciones e  insiste en hacer señas que el sacerdote no entiende.

SACERDOTE: ¿Cómo pueden ser los novios? ¿Habrá querido decir los abuelos de los novios?

RELATOR: se pregunta el sacerdote. (Pausa) El órgano suena muy enérgico, cada vez con mayor fuerza hasta que los invitados se ponen de pie.

NOVIA: ¿Quién es la novia?

RELATOR: dice la mujer con el tul blanco en la cabeza.

MONAGUILLO: Es usted, señora. Prosigamos, Padre. 

RELATOR: El cura inicia la boda. Los novios se ponen ansiosos. Ella se quiere sentar ¡ya! Y El también. Por fin llega el momento clave, en dónde los caminos de los hombres se unen ante Dios. 

SACERDOTE: ¿Quiere usted tomar por esposo a este hombre hasta que la muerte los separe?

RELATOR: La mujer con el velo responde:

NOVIA: ¿Por qué no responde la novia? ¿Lo habrá plantado? Y ¡Qué feo es el novio!

RELATOR:  Y el novio pregunta:

NOVIO: ¿En dónde estamos, querida? 

RELATOR: Entonces, dice el cura: 

SACERDOTE: Los declaro unidos en Sagrado Matrimonio, en el nombre del Padre y del Hijo, y del Hijo, y del Hijo, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Demos gracias a Dios.

RELATOR: Los novios salen del altar uno del brazo del otro. Los invitados aplauden y se ponen de pie. Tras una larga fila… bueno… larga en un 50%, se enfilan los invitados de la pareja de flamantes tórtolos. (Pausa) Fuera de la Iglesia, ya como recién casados, la mujer del velo blanco sobre su cabeza mira al marido y dice: 

NOVIA: Buena la película, ¿no?

RELATOR: Y él responde:

NOVIO: Sí, ¿cómo se llamaba el actor?