jueves, 28 de marzo de 2019

Al pasear, celeste,
el río olvidó su sonrisa
y la dejó en tu camisa.

Y la brisa dijo algo
que recuerdo, siquiera,
¿Sobre la magia era?

Flores brotaron de mi pollera
y crecieron hasta mi boca
dos besos de primavera.

sábado, 23 de marzo de 2019

Ansias

Aquella obra había empezado muchos años antes. Había gestado sus diálogos, que eran una transcripción más o menos fiel de mis propios pensamientos: conversaciones, siempre fantásticas, que mantenía en mi interior con ella. Esa noche los telones se abrieron con fuerza y el calor de los reflectores fue apenas un destello. 
Al bajar del escenario la llamé por teléfono. Quería escuchar su crítica sobre la función: la composición de los personajes, su cohesión y verosimilitud discursiva, y la calidad de las representaciones actorales. No atendió. La busqué entre la multitud. Nada. 
Me dirigí al camarín. El resto del elenco parecía disfrutar del éxito del estreno a sala completa. Yo, que todo lo había expuesto en cinco actos, eternos como cinco vidas, me quité el maquillaje y vi una nota con una rima, escrita en su puño y letra:

"¿Qué ansias te provoca
el mal que me reclamas?
¿Qué alivio buscas en tu duelo?
¿Acaso al ver el cielo
no ves que la luna es redonda?
¿No ves que mis pies
van detrás de otra sombra,
que mi mano no te toca
y mi boca no te nombra?"

viernes, 22 de marzo de 2019

¡Un día hermoso!

Más o menos, así fue el día: salí de casa volando. Antes, me pinté las canas con rímel (no tuve tiempo de ir a la peluquería en la semana), me puse el vestido más acorde que encontré, agarré un paquete de galletitas y salí, sin medias.
Subí al auto. “¿Cómo es esto? No debe ser tan difícil”. ¡Imposible! Primer llamado teléfonico de la mañana a mi marido para preguntarle cómo arrancar el coche. No contestó. Mensajes varios a ver si, con algo de suerte, alguna amiga me ayudaba. Nadie. Ya se me empezaba a hacer tarde. Tenía que estar a las 8:45 en un canal de televisión (por una campaña que ayudé a difundir).
“¿A quién llamo?”. ¡A papá! Diez minutos con papá de asistente remoto para arrancar y poner reversa. “Genial, esto es muy fácil”.
Panamericana. “¿Tengo que ir todo en D?”. ¡Qué miedo! Otra vez al teléfono, pero ahora, manejando por la autopista.
Me atiende una amiga:

- Boluda, escúchame, estoy con el Fit por Panamericana. ¿Tengo que ir todo en D o tengo que hacer algo si acelero y freno de golpe, por ejemplo?

Me explicó. Llegué a destino. Bajé del auto. Me resbalé y me caí redonda al piso. ¡Bloom! Torpeza en su máxima potencia. Me levanté con la mayor gracia posible e intenté desestimar el papelón que había hecho frente a unas colegialas:
- Señora, ¿está bien?
- Sí - pendeja- Gracias - por hacerme sentir como una anciana decrépita -.

Muerta de hambre (todavía no había desayunado) saqué las galletitas de la cartera. ¡Te lo juro! Mordí una y “track”, un pedazo de muela (de las de adelante). “¿Es joda?”
El teléfono en llamas. Mails y mensajes de Whatsapp. Todo por una noble causa. Los clientes del catering reclamando presupuestos no enviados y otras cuestiones laborales sin responder.
El asunto en el canal ok. Excepto porque una productora me llamó la atención por un asunto obvio:

- ¿Estás difundiendo la campaña de las dos medias y no te las pusiste?”
Sonrisa falsa y:
- Sí. Es cierto. Típico. En casa de herrero...

De ahí a una redacción y de ahí a una radio, y a otro canal. Una gira mediática con la muela rota, la rodilla lastimada y blanca como María Kodama.
El dentista, obvio, me dió turno para el 2054. 

- A ver, es urgente. Sí, ya sé que no dan sobreturnos. Pero es urgente - 
Agendado para dentro de dos semanas.

Llegué a casa, a última hora, a ponerme al corriente de lo que era importante: cotizaciones pendientes. Sin internet. ¡Fibertel y la que te re contra re mil! Y podría haber escrito toda esa letra, porque por un segundo la hice mía, “Maldición, va a ser un día hermoso”.

La razón

Cariño mío, espero que sepas disculpar, pero voy a tomarme la licencia de llamarte así en esta nota. Llueve y siento tristeza, aunque mañana vayamos a vernos y eso me haga tremendamente feliz. “Feliz”porque te quiero y este cariño me llena de una energía vital y creativa que es arrolladora. Y también, claro, me hace sonreír de una forma estúpida e inmensa (como hacía décadas que no me sucedía). ¡Qué boba! ¿No?
“Tremendamente”, además, porque perdí la cabeza por quererte. Y no es sensato andar (a mi edad), degollada por ahí, detrás de una pasión.
Creo que podríamos haber sido (quizá, lo fuimos) dos personajes memorables de un romance al mejor estilo Hollywood. Inolvidables. Ya sabés: él, un sexagenario con formato old school; ella, un torbellino anímico, pícara y (todavía) algo sexy. Ambos tenemos esos condimentos y esta es un historia adorable.
Adorable y compleja. Tanto que cuesta ponerle un punto final. Pero llegó el momento de tomar coraje y decir “adiós”. Es hora. Es difícil, pero necesario por motivos que son obvios.
No sé hacia a dónde iré a buscar nuevas emociones. En el peor de los escenarios, me esperará una vejez larga y aburrida. En ese caso, me conformaré con que Netflix actualice su programación de vez en cuando. Sino, ¡claro que tengo un plan B!: cursos o seminarios de floricultura, tapiz, arte en cerámica o cualquier cosa que llene las tardes vacías. A propósito de talleres, aprendí a hacer el punto cruz en mi clase del martes. ¡Si vieras qué lindo está quedando el suéter que le estoy tejiendo a María!
Quizá, con algo de suerte, Dios me bendiga con nietos que llenen mi casa de risas y pegotes de caramelo. Eso sería un entretenimiento ininterrumpido por al menos una década, pero un poco más costoso que el arancel de Netflix. De cualquier manera, es mi mayor deseo: vivir los años de vida que me queden rodeada del afecto de la familia que construí. Pasé mucho. Sufrí. Me esforcé más de 30 años para que eso suceda. María, Facundo y Marcos son la razón de mi existencia. No tengo otra.
Me casé con un buen hombre, un hombre que me ama y con quien compartí una vida con muchos momentos de felicidad y alegría. No voy a mentirte (ni quiero).
No te preocupes por mí. Voy a estar bien. Incluso, dentro de un tiempo voy a reírme de nosotros y de las tonterías que nos dijimos a lo largo de estos meses, y voy a recordarte con una sonrisa abierta y linda (¿Vos dirías: “Con cara de mucha sonrisa”?). Espero que también lo hagas. Y si un día nos cruzamos, cuando haya pasado el anhelo ferviente de encontrarnos en una esquina, acercate a saludarme.
Sabés que te quiero y que te quise.
Con la fuerza de mi corazón.

jueves, 21 de marzo de 2019

Día Mundial del Síndrome de Down

Eran lágrimas de madre, 
en los ojos de esas tres
orgullosas de las vidas
que nacieron de sus vientres. 
Eran lágrimas de amor
en los rostros de mujeres
que dijeron, de una vez:
"Mi hijo también puede".