viernes, 19 de junio de 2015

Confesiones de una desprolijidad


Lo que voy a narrar no es ficción, sino el relato de una serie de acontecimientos que fueron forjándose como hierro, tejiéndose como seda, antes de que me fueran confesados. Es una historia de seducción y de placer, que como tantas otras narraciones eróticas tiene lugar en un hotel porteño. 

Contiene escenas de sexo explícito y de violencia; así que, si no están dispuestos a conducir sus limpias conciencias por estos oscuros senderos, simplemente enciendan la televisión y miren otro capítulo rosa de la telenovela rosa de las quince. Si por el contrario continúan con la lectura, quedarán con ganas de más. Elijan, señoras, su propia aventura. 

Bajo ningún punto de vista revelaré la identidad de quien la confesó: la protagonista, alguien a quien aprecio y admiro, y a quién denominaré en adelante, "Perra Sexy" o "ella".

Adelanto algunas de sus características: ya dijimos que es una perra sexual en todos los sentidos en que una mujer puede serlo. Un lindo quilombo. Original, efectiva, independiente y con una dosis XL de pimienta. Una mina intensa. Un terremoto, con el culo y las tetas perfectas. ¿Piernas? Maravillosas ¿Ojos? Amarillos como los de una fiera en la noche. ¿Boca? Carnosa. Un animal.

¿Él? Un jeque occidental con gustos excéntricos. Dueño de propiedades en Miami y en Nueva York, un Mr. Grey modelo 504. Un gánster a la vieja usanza, dedicado a los negocios, al lifesyle, al whisky, a las putas y al lujo. Un cincuentón sibarita y amante del bon viviant. Caprichoso hasta los huevos. Una máquina de opulencia, demandante y decidido. Un seductor. Prolijo, impecable, perfumado. En dos palabras: un cazador. Lo llamaremos "Hunter" o "H".  

El cazador y su perra están a punto de encontrarse en el lobbie de un hotel de Recoleta. El asunto: negocios. El mundo ejecutivo brinda oportunidades magníficas para encuentros sexuales entre desconocidos. 

Ya en el lobbie del hotel, se ven a lo lejos y se gustan. Él carga una bala y pone el ojo en la mirilla. ¿Se gustan? Recalculando... Se encantan. ¡Boom! Explotan como pirotecnia en la ropa interior.

Ella se presenta: "Hola, soy Perra Sexy" - dice su nombre y un par de palabras introductorias a una reunión laboral-. H ni siquiera la escucha. Ve cómo su boca articula, pero sólo puede pensar "¡Qué hija de puta!". Ya hay entre ellos una tensión sexual suficiente como para no resolverla.

Ella se muerde el labio, él le roza la rodilla con su mano ancha y masculina, y - sin preguntar- pide café. Lo beben sin prisa.

Luego, se retira el tercero en discordia, un socio irrelevante y molesto, que no tiene nada que hacer ahí más que irse de una buena vez. ¿Un socio? - pensarán- Sí. Un sujeto cuya presencia en escena es decorativa y desatinada (motivo por el cual no fue introducido en el relato, aunque tal decisión viole las normas de la narrativa convencional).

H ordena dos vodkas. Los toman, se ríen, hacen contacto visual, se miran los labios. Otro gesto al camarero.

- Dos vodkas más - sin consultas ni por favores.

- Sí, señor.

El mismo coqueteo potenciado por los efectos del alcohol y el estómago vacío. Son las 12 del mediodía. Se despiden. Saben que se van a coger fuerte.

Perra Sexy llega a su casa. Se desviste y enchufa el Iphone que se está quedando sin batería. Apenas tiene tiempo para darse un baño y almorzar, antes de volver al laburo. Todavía está un poco ebria. Entra a la ducha y enjabona su espléndido trasero, mientras piensa que el tipo del hotel aparecerá por la tarde. Si hay algo que esta bestia tiene es olfato con los machos.


Son casi las siete cuando recibe un nuevo mensaje de whatsapp:

- Hola. Voy a estar hasta el martes en Buenos Aires y no me quiero ir sin dártela, pedazo de hija de puta.

Ese no fue el verdadero mensaje. Aunque no hace falta ser un exegeta para interpretar el texto - que a todas luces tiene ese significado-.

Se encuentran en el mismo hotel a las 9 pm. Ella no quiere atrapar la sortija. Fue a lo seguro con el vestido más corto y escotado que encontró en su placar, una prenda minúscula que apenas cubre sus partes íntimas a falta de ropa interior. Pretende que él no haga esfuerzos adicionales para quitarle la tanga. Después de todo, H no tiene que hacer algún mérito, excepto cumplir con el único requisito que le demanda el contrato implícito que firmaron, reducirla y hacerla estallar.    

H: - Señorita, quiero esa mesa.

Metre: - Está reservada, señor.

Hunter saca de su billetera un fajo de dólares. Diseney es magia; la mesa está disponible. Se sientan. Ella se quita el tapado y lo apoya en el respaldo de la silla.

 H: - Señotita - a la camarera -, dos whiskys. ¿Qué vas a comer? - a ella -

PS: - Gracias. Ya cené.

H: - No. Algo tenés que comer.

PS: - Bueno. Lo que vos quieras.

Toman un par de copas y la conversación empieza a elevar el tono:

 PS: - ¿Me querés coger?

H: - ¿A qué viniste, sino?

Pausas como sorbos y nervios como risas. La química es evidente, pero es más que una simple calentura. Hay un componente erótico vinculado al poder. La experiencia de la sumisión es más excitante cuando el sometido intenta revelarse.

PS: - Si podés, digo... Tenés la edad de mi viejo.

H: - Tu viejo nunca se imaginó que le iban a coger tan bien a la nena. 

Se abalanzan, se besan, se muerden, se tocan, se excitan en público como si no hubiera nadie en el salón o como si el hecho de ser mirados por la gente los excitara todavía más.  

PS: - Vamos a un cuarto.

Si ella da un paso. Él, dos. 

H: - Terminá de comer.

Hunter paga y deja una abultada propina sobre la mesa.

H: - ¿A dónde tenés el auto?

PS: - Lo dejé en un garaje a tres cuadras.

H: - ¿Por? Se lo hubieras dejado al valet parking.

PS: - Sí. No me avivé.

H: - Despertate, bonita. La vida pasa rápido.

Están en la habitación 1208, una suite exquisita, pero no es suficiente. Hunter levanta el teléfono para comunicarse con la recepción.

- Hola, ¿quién habla?

- Buenas noches, señor. Habla Vanesa.

- Hola Vanesa, estoy en la 1208, pero quiero una suite con jacuzzi, ¿Cuáles tenés disponibles?

-  Con jacuzzi... 1508, 3356, 5895 y 1047, señor.

- Ok, Vanesa. Nos pasamos a la 1047 y te pido que me suban un Don Perigon.

Perra Sexy lo lee. El cambio de dormitorio es parte de una estrategia meta- discursiva. "Todos van a hacer lo que me canten las pelotas. Vos también". El mensaje subyacente: el poder tiene indiscutibles propiedades afrodisíacas.

H: - Quiero mirarte.

H se reclina sobre un chesterfield de cuero marrón. Se quita los zapatos, también de cuero marrón. Lo atrae la idea de verla desnuda durante un rato. Verla sentada, sin ropa, indefensa, al borde de la cama, mientras hace bailotear el hielo en su vaso de trago largo. Algo está elucubrando. Es un tipo a quien hay que temer cuando parece que su mente entra en reposo. 

Ella se desviste. Tiene las tetas perfetas, los pezones rosados y la caída justa de las lolas operadas; las piernas firmes, el pelo lacio le cae hasta debajo de la cintura. Linda, sensual.   

H: - No comimos postre. ¿Te gusta el helado de crema con frutillas?

PS: - Sí.

H: - Entonces vas a comer helado de crema con frutillas.

PS: - ¿Y vos?

H: - No. Vos sos mi postre.

H vuelve a llamar a conserjería y pide que le traigan un kilo de helado con frutillas naturales. Un pedido exótico para esta época del año en Buenos Aires.

Perra Sexy está recostada sobre la cama cuando ve que H deja ingresar al cuarto a un camarero. Al tipo se le van los ojos como si estuviera frente a una pantalla gigante con imágenes del carnaval de Brasil. Imposible no desviar la vista. El espectáculo incomoda lo suficiente al mozo, que apoya la bandeja sobre una mesa y se dirige con la mirada hacia abajo, hasta llegar a la puerta. Antes de cerrarla, pregunta con voz tímida: "¿Necesita algo más, señor?". No tiene respuesta. 

H se abalanza sobre Perra Sexy y le empieza a chuparle el clítoris con su lengua tibia y frenética. Cuando ella alcanza el climax detiene el movimiento.

H: - ¿Estás lista? 

PS: - Sí.

H se quita la ropa con elegancia, toma el pote de helado y las frutillas y embadurna el metro sesenta que ella tiene de carne. Después, toma las frutas con la boca y, de a una, se las deposita entre los labios. Perra Sexy va masticándolas y tragándolas. Experimenta. Siente agrado y displacer al mismo tiempo. La piel helada y el roce de la lengua haciéndole cosquillas al pasar sobre la entrepierna. La situación es extraña y fascinante.

Se miran. Se desafían. Él la toma fuerte del pelo detrás de la nuca y sin preámbulos, la da vuelta y la penetra. Se cogen como perros y se muerden y se babean como en una cacería; y gimen y sudan y se lastiman en un ambiente viscoso y reñido. Hunter dice muchas y tupidas palabras sucias y la abofetea, con una fuerza calculada que puede infringir un dejo de dolor. Hasta que amanece. 

H: - ¿Qué vas a desayunar?

PS: - Nada. No desayuno.

H: - Algo vas a desayunar.

Desayunan desnudos café con leche y medialunas de manteca.

H: - ¿Necesitás plata?

PS: - Me estás faltanado el respeto -le dice con absoluta sorpresa.

H: - No, no. No lo tomes a mal. Pero pienso que podés necesitar efectivo. Sólo eso. Por favor no te ofendas.

PS: - Ok. ¡Un poco fuerte tu comentario! -se ríe nerviosa-. Solo por curiosidad, ¿qué día cumplís años?

H: - El 18 de diciembre.

Perra Sexy sonríe. 

H: - ¿Y vos?

PS: - El 18 de diciembre.

H: - ¿En serio? ¡Qué loco! Me quedo hasta el martes en Buenos Aires. Quiero que te quedes conmigo. Por favor. Te lo estoy pidiendo por favor y creeme que nunca pido favores. ¿Qué decís?

PS: - No puedo, tengo que laburar. 

H: - Cuando vuelvas de trabajar te podés quedar a dormir.

PS: - Hoy tengo el cumple de mi mejor amiga.

H: - Decile a tu amiga que estás con un tipo que te está cogiendo bárbaro y que no rompa las pelotas. – Piensa un instante - ¡Ya sé!, le compramos un regalo muy costoso, una cartera o unos zapatos bien caros en el shopping de enfrente. Así compensás. Se lo llevás el martes, cuando me vaya.

Perra Sexy se vuelve a reír.

PS: - Gracias, pero no.

Esa misma mañana me llamó para contarme la historia. Dijo que se había metido en la cama con un cincuentón atrevido y ricachón, que la había seducido, sometido y humillado. Me contó que salió del hotel y caminó por la Recoleta despeinada y con el maquillaje corrido como una prostituta, a primera hora de un viernes. Me comentó que las tres cuadras hasta el estacionamiento fueron larguísimas, que tuvo miedo de que la detuviera la policía, que los porteros de los edificios la miraron con cara de asco y que casi provocó un accidente entre un colectivero y un ciclista que se distrajeron cuando ella, también distraída, cruzó la calle. 

Además, me dijo que era la primera vez que había ido a una cita con el claro propósito de ser subyugada, y que el tipo cumplió a la perfección con sus expectativas.

- ¿Entendés? Fue así: ¡Puf - Puf - Puf! Te juro, demencial. Hubo fuegos artificiales -Me explicó del otro lado del teléfono.

A la noche vino a mi cumpleaños. Cuando se fue faltaba un rato para que sopláramos las velitas. Antes de irse, me saludó y en un susurro me dijo: "Recién le mandé un texto. Vuelvo al hotel".   

 


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