Walter fue a hacer un campo a Santa Fe. Tenía información de que el
dueño, un tal Gutiérrez, había vendido unos 60 caballos. Iban a ir juntar esa
guita entre cinco: Walter “el Negro”, Poche -un pibe de Córdoba bastante
profesional, con el que Walter había trabajado varías veces- y otros tres tipos
de Rosario, los hermanos Santillán, que manejaban una movida en el puerto.
El operativo se pinchó porque un rati lo llamó al Negro para avisarle
que el viejo había garpado de custodia a una yuta de otra jurisdicción. Le dijo
que no habían podido arreglar, que robar la estancia de Gutiérrez era para
bardo. Pero le dio el dato de que iban a liberar la autopista durante la
madrugada, a la altura de Zárate.
¡Había que hacer un camión de caudales! Ese era el nuevo plan. Los pibes
estaban ahí. No eran piratas del asfalto, pero tenían que traer algo de vuelta.
El Negro no estaba convencido de que fuera una buena idea. Esa noche me
llamó desde un locutorio:
- ¿Por qué no estás acá, má? ¿Por qué?
Tenía la voz rara. No era común que se comunicara conmigo antes de un trabajo.
- ¿Qué pasa, pá? ¿Por qué no te volvés?
- No, Negra. Olvídate. Esto se hace. Lo único que te digo, es que si a mí me
pasa algo, vos levantate porque los cuervos se alimentan de la carroña. ¿Me
entendés?
- Sí, Negrito. Quédate tranquilo. Yo voy a estar bien. Te amo.
Lo amaba. Hablo y se me hace una cosa acá en el corazón, te juro. Hacía
diez años que estábamos juntos. ¿Sabés la cantidad de noches en las que no pude
pegar un ojo pensando en que me volvía a casa en un cajón? Era difícil. Creo
que por eso no tuvimos hijos, para que no quedaran huérfanos.
Era complicado, además, porque tenía que proteger a la familia, tenía
que preservar a mis sobrinos. Por ejemplo, cuando iba a tomar mate a lo de mi
cuñada, no lo llevaba -iba sola-. ¿Entendés? No quería que los chicos supieran
ni cómo se llamaba.
Yo laburo desde los 14 años. Me fui de mi casa porque mi vieja murió y
mi viejo era borracho y golpeador. Entonces, me rajé y me puse a laburar. Hice
de todo. Y cuando pude me llevé a mis hermanos y los crié. O sea, trabajé toda
la vida. Por eso no quería la guita sucia, la plata a la que nosotros le
decimos “del lavado”. ¿Entendés?
Esa noche, mientras hablaba con
el Negro tuve un pálpito. Ahí nomás, fui a la pieza del fondo, a donde él
escondía la guita, debajo de una baldosa floja sobre la que había un aparador.
Corrí el mueble y la metí en un bolso. No la conté. Serían unos 500 mil pesos.
Lo llamé a Sergio, un remisero amigo que estaba terminando su jornada, para
pedirle que me llevara a lo de mi comadre - a unas 30 cuadras de casa- y subí
al auto.
- ¡Abrime, boluda! Soy yo, Marcela.
- Ahí bajo, madre. ¿Estás bien?
- No. Vine a traerte algo. Apúrate. ¿Querés?
- Tomá, para que le pagues a Romina una educación - le dije apenas entornó la
puerta. Le di el bolso y subí de vuelta al coche.
Mirá como son las cosas, el día del aniversario de Walter es la misma fecha del
fallecimiento de mi vieja. Walter murió en la madrugada del 5 de agosto.
Le metieron tres tiros el día que fueron a limpiar el camión de caudales. Hubo
un enfrentamiento con la policía. Tenían 20 minutos para hacer el choreo. No
llegaron. Dijeron que les pasaron mal la información, que fue una cama porque
Raúl Santillán - el cabecilla del trío-, se había hecho el piola con un
comisario. Hubo varias versiones. No quise saber nada con ninguna. No quise
escuchar a nadie.
Durante mucho tiempo me acordé de lo que Walter me dijo la última vez
que hablamos: “(...) si a mí me pasa algo, vos levantate porque los cuervos se
alimentan de la carroña”.
Tenía razón. La tarde del 5 de agosto, mientras yo estaba con mi comadre
cremando sus restos, acá en el cementerio de José León Suarez, su papá fue a
donde vivíamos, con dos medios hermanos que tenía Walter. Revolvieron toda mi
casa, hasta le hicieron un tajo al sillón buscando la guita que le había
entregado a la mamá de mi ahijada hacía unas horas.
Del Negro me quedaron recuerdos. Algunas fotos, nomás, y un recorte de
la sección “Policiales” del diario La Capital.
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