Cuando terminó de hablar se hizo un silencio, de esos de los que cuesta salir porque uno se va a otra dimensión y queda como en un limbo, hasta que alguien vuelve y continúa a la charla.
Estaba oscuro y era una noche hermosa de verano, en los primeros días de diciembre, cuando los turistas todavía no llegan y nosotros podemos disfrutar de nuestra playa.
Corrimos tan rápido que no nos dieron las patas del susto, hasta que llegamos a la intersección con la 59.
Nos detuvimos al llegar a la plaza del centro, frente a una confitería que estaba abierta.
Entramos al café, compramos una botella de agua y le pedimos al muchacho de la caja que nos prestara una birome.
Agarró una servilleta de papel de la mesa e hizo el retrato. Fue tal cual. Lo que habíamos visto era la figura de una mujer, una sombra más negra y más oscura que la noche, una silueta de cuatro o cinco metros de altura, erguida sobre las aguas, levitando, con el pelo largo hasta la cintura y un vestido como de tules harapientos formados por una bruma espesa y abominable.
Unos cuatro meses después, merendábamos en lo de la María y su abuela, la doña Gloria, que siempre tenía el tele encendido en la cocina, nos chista para escuchar las noticias: un guardavidas de Claromecó en Canal 11, que decía que había visto un ánima maligna surgir de la nada y elevarse sobre el mar.
- Era tu suegra, Lau - bromeó Pico, con la boca a medio llenar.
Y después me puse seria porque era grave el asunto:
Todos saben que yo trabajo en Necomar hace un montón de años, al menos 15 serán. Frente a la esquina de la 159, al lado de la casa de náutica Don Julio, vivía un tipo: el Gitano.
De vez en cuando, se cruzaba a comprar a la pescadería y ninguna de las dos empleadas, ni Paula - la otra chica- ni yo, lo quería atender porque nos daba la sensación de que el tipo era raro, de que vibraba bajo. Tenía una onda que cuando se cruzaba se te ponía la piel de gallina.
Una mañana de julio, a eso de las 8, estaba abriendo la pescadería. Hacía un frío y había una niebla... Bue, en eso, mientras enciendo las luces oigo un tole tole bárbaro en la vereda: era el Gitano que discutía con uno de sus vecinos en la puerta de su casa.
Al día siguiente, el Gitano cayó a la pescadería con unos escarpines blancos de regalo.
Sentí un chucho, un erizo, te juro: